Israel Sánchez
Agencia Reforma

CIUDAD DE MÉXICO.- La salida de nuevos equipos con software más avanzado y mayor potencia, o el haber rescatado a todas las princesas y completado el Pokédex, no son motivos para deshacerte de esa antigua computadora o de tu viejo Gameboy.
Considerados por muchos como obsoletos frente a las nuevas tecnologías, estos y otros dispositivos se tornan herramientas de creación artística en las manos de quienes logran llevarlos más allá de sus funciones originales, como la gente del Colectivo Chipotle.
«El Colectivo Chipotle es el más grande de Latinoamérica que se dedica a la cultura digital, tanto al chiptune como al netart, como al live coding o al arte digital como tal», señala en entrevista Óscar Gutiérrez, músico e integrante del colectivo.
Actualmente suman alrededor de 40 miembros de toda la República en esta iniciativa, que nació en 2008 con apenas un par de personas interesadas en reflexionar sobre el consumo y desecho de aparatos electrónicos a partir del reuso y la experimentación.
«Se trata de encontrar que todavía tienen un uso, que tienen un fin mayor que el que uno creía», dice Gutiérrez, destacado artista Chiptune que crea música con un Gameboy, aparato que en su carácter de consola portátil de videojuegos -la primera de Nintendo- quedó rebasado ampliamente desde hace varios años.
«Sin embargo, puede ser utilizado de muchas otras formas; hay gente que incluso lo utiliza para rastrear satélites», expone.
Recientemente ofrecieron en el Laboratorio de Ciudadanía Digital del Centro Cultural de España en México un taller de creación de música en 8 bits, o chiptune, que consideran una ventana retrotecnológica ideal para incentivar el potencial creativo de los aficionados a la música electrónica, en especial a la de los videojuegos clásicos.
A través de software libre y hardware hacking, el taller propicia un reencuentro con las propiedades no explotadas de la tecnología del pasado.
«Prácticamente cualquier aparato que tenga un chip de sonido -de ahí el nombre de Chiptune- puede ser utilizado», explica Gutiérrez, poniendo como ejemplo consolas de videojuegos de antaño, como el Nintendo Entertainment System (NES) o la Atari 2600, así como la computadora Commodore 64, calculadoras o las extintas agendas electrónicas Palm.
Mediante su propia disquera, 56kbps, Colectivo Chipotle ha lanzado compilados de este tipo de música tanto en formato físico como digital, y también organiza eventos donde los artistas abocados a este género pueden presentarse y mantener viva la escena, como el festival Format.

El virus que infectó a México
Con un sonido que remite a cualquiera a esa primera vez que recorrió el reino de Hyrule, o que hace revivir la excitación de unas buenas sesiones de Galaga, el chiptune se esparce como un virus por todo el mundo, y México no es la excepción.
«En México sigue siendo algo muy impactante, a pesar de que ya casi tiene 20 o 30 años que existe este género musical. Pero la escena nacional ha ido creciendo últimamente, principalmente por el Colectivo Chipotle, que se enfoca mucho en promover el trabajo de artistas, no sólo musicales, sino también visuales, o programadores», sostiene Gutiérrez.
«Ahora ya podemos ir a tocar que al café o al restaurante que tiene temática de videojuegos. O, por ejemplo, en el Centro de Cultura Digital nos abren mucho las puertas para que estemos apoyándolos en sus eventos, o en galerías de arte, o eventos privados».
El músico cuenta que parte de la labor de quienes se dedican a hacer chiptune ha sido mostrar el género como tal, como algo independiente de la música de videojuegos, pese a que, de alguna forma, ahí radique su origen.
«La gente lo confunde con que es música para videojuegos y no lo aprecia como música», lamenta. «Para nosotros ha sido un trabajo de estar enseñando justamente eso: no es música de videojuegos; es música normal para bailar, disfrutar, estar en la fiesta, cantar».
Un género que, al valerse de dispositivos retroinformáticos, llegó a darle la vuelta a los altos costos de la producción musical. Una opción para creadores en ciernes, insertos aún en la escuela.