Yukón tiene mucho que ofrecer, sobre todo la paz y tranquilidad de un sitio remoto en donde puedes disfrutar de la naturaleza en plenitud.

Al territorio canadiense del Yukón se viaja motivado por la observación del fenómeno astronómico conocido como las auroras boreales.
Es una experiencia que se antoja fundamental, y que requiere de planearlo, de preferencia, con antelación. Yo desconocía sus implicaciones, así como sus consecuencias. Por ello no empaqué expectativas, sino toda la ropa cálida que poseo, pues suele hacer mucho frío en esas latitudes.
Las “luces del norte” o auroras polares han causado fascinación al menos desde que los primeros habitantes de América migraron de Asia hace unos 40 mil años, posiblemente aprovechando una glaciación y la subsiguiente congelación del mar en el Estrecho de Bering. Atesoro desde primaria la imagen de su travesía. Comenzaron asentándose en la región de Beringia, muy cerca del círculo polar, siguiendo a las manadas de Mammuthus junto con otras especies como los dientes de sable y los perezosos gigantes.
Para mí, fue la puerta de entrada a una región que a primera instancia se presenta como un reino de hielo, hostil, casi impenetrable. Pero aquí no sufren, sino que disfrutan del frío y también de la nieve, realizando actividades en trineos tirados por perros o en motos de nieve.
Whitehorse es el nombre de la ciudad capital de este territorio. Al aterrizar, en noviembre pasado, el termómetro marcaba los menos 20 grados centígrados. El paisaje se me figuró yermo, incluso aburrido.
El motivo principal de aquel viaje fue el de asistir al primer Vuelo 360° de Air North, con el fin de observar las auroras boreales desde el aire, en el territorio de Yukón.
Fue en el Centro Cultural Kwandin Dün, de Whitehorse, en donde se realizó una celebración previa al despegue.
“La idea es que vamos a volar en un 737 hacia el norte de Whitehorse para ir en busca de las auroras boreales”, me dijo emocionado Benjamin Ryan, director de Air North.
Luego de su ponencia, la Doctora Christa Van Laerhoven, me explicó que las auroras “se originan cuando el Sol sopla el exterior de su atmósfera, algo llamado viento solar, y cuando ese viento se estrella en nuestra magnetósfera la distorsiona, lo cual excita nuestra atmósfera, y mientras se relajan a su estado natural generan luz, y esa luz es la aurora”.
Antes de la medianoche nos llevaron en un camión hasta la puerta del avión, en el Aeropuerto Internacional de Whitehorse. Para ese momento, ya no cabíamos de la emoción.
“Para nuestra sociedad es importante compartir la experiencia con la gente de la mejor manera posible, por eso pensamos en un avión, pues está sobre el polvo y las nubes, así que no dependemos del clima”, dijo Anthony Gucciardo, miembro de la Sociedad Astronómica de Yukón y mi compañero de asiento.
Tan sólo diez minutos después de comenzar nuestro ascenso nos encontramos a babor con una primera marejada. La experiencia duró tres horas y media, a lo largo de las cuales miramos una aurora tras otra, de manera ininterrumpida.
Fue una suerte de orgía astronómica, la cual disfrutamos eruditos y mortales por igual. Al aterrizar la Doctora Christa Van Laerhoven suspiró, y dijo “la astronomía es fantástica al atraer a todas las ciencias juntas y ayudarnos a apreciar lo interesante y especial que es la Tierra al ponerla en contexto”.
Air North está considerando hacer más vuelos de este tipo, pero aún no hay fechas definidas. Ojalá sea pronto, porque la experiencia bien merece la pena. Sin embargo, siempre está la opción de testificar esta maravilla de la naturaleza desde la tierra.
La mejor temporada para ver auroras boreales en Yukón va de octubre a marzo y, a decir de los expertos, ahora estás justo a tiempo de ir planeando la que sin duda será una memorable travesía.