Por J. Jesús López García

62. Templo de los DoloresEl atrium romano era un espacio que servía para anteponer a un edificio un lugar acotado que se utilizaba; servía lo mismo de vestíbulo que como transición para cruzar de lo público a lo más privado, o bien, a un sitio que se buscaba estar apartado del bullicio de la calle.

El urbanismo prehispánico fue pródigo en grandes plazas de entre las cuales algunas están dispuestas como lo que la tradición arquitectónica occidental llama atrios. Fue en el periodo novohispano cuando se introdujo esa modalidad de espacio semipúblico que hoy aún antecede a una gran cantidad de edificios, en México, casi todos dedicados al culto católico; se considera semipúblico pues su acceso irrestricto en ciertas horas y se clausura para fines de control en la noche cuando no hay oficios religiosos, a diferencia de los lugares romanos.

Los atrios anteceden no a fincas de todo signo, sino a aquellas dedicadas al rito católico y en inicio para mayor diferencia con su origen urbanístico itálico, fueron constituidos afuera de las poblaciones en ese entonces mayoritariamente indígenas, para así disponer de solares despejados de obras de todo tipo, precediendo en espacio y en tiempo a la erección de los grandes conjuntos conventuales, que en algunas regiones de nuestro país, fueron realizados en el siglo XVI.

Esos primitivos y enormes atrios eran el sitio para la evangelización del vasto territorio novohispano. En ellos se catequizaba a la población conversa, misma que recibía todos los sacramentos del -para ella- nuevo orden religioso.

Al paso del tiempo, con una creciente población mestiza, con más moradores españoles y una sociedad plenamente católica, los atrios volvieron en la Nueva España a mostrar su talante urbanístico original. En Aguascalientes, fundado en el último cuarto del siglo XVI, y con habitantes de origen hispano importante, a los que se unió otro grupo poblacional híbrido e indígena católico, la implementación de los atrios ya no fue necesaria, pues el proceso de evangelización había concluido y el atrio en nuestra localidad manifestó dimensiones pequeñas; aunque hay que mencionar que lo reducido no está enfrentado con la manifestación simbólica de un espacio.

De esta manera, el atrio es una extensión que posee la significativa carga que personaliza un umbral; una transición que marca la comunicación de un ámbito a otro reconocido por la representación espiritual, y que para creyentes o no creyentes, tiene la connotación de un lugar donde la comunidad se encuentra para participar de un fragmento de la vida mística y ceremonial de la ciudad. El área delimitada por balaustradas, muros bajos, columnas y/o rejas, es preámbulo para acceder al templo y también es destino para manifestaciones de peregrinaje -danzantes por ejemplo- y otras circunstancias del ceremonial religioso.

La importancia urbanística del atrio se realza de forma tradicional con el encuadre del acceso mediante puertas monumentales que en nuestra ciudad, en ocasiones es lo único que sobrevive de la delimitación física del espacio: por ejemplo en los templos de San Diego y la Tercera Orden; en otros momentos desaparece por completo para establecer en el punto en que existía el atrio, una plazoleta de acceso para dar mayor potencia visual al edificio como en el Templo de San Antonio.

Lo anterior se debe en gran medida a los ordenamientos de la arquitectura y el urbanismo contemporáneos, donde se prescribe la simplicidad formal y espacial en búsqueda de una mayor funcionalidad. Quizás eso redunde en vías de circulación propicias para el rodar de los autos, tal vez eso crea perspectivas más diáfanas de los inmuebles destacados, provocando una pérdida del repertorio de experiencias que pueden vivirse comunitariamente en aquellos atrios tradicionales, donde el recinto cercado propiciaba una ocupación que marcaba los tiempos de la ciudad, así como los festejos dedicados a los santos patronos, independientemente de la religiosidad de los habitantes; las expresiones son culturales y sociales y su disminución tiene consecuencias en las ocasiones en que la comunidad puede convivir y reconocerse.

La manera contemporánea de tratar los atrios tiende a su visión como mera plazoleta de entrada, sin embargo, aún hay ejemplares donde se conserva su espíritu de sitio vinculante de una comunidad con su territorio público y su espacio de culto, abierto al acceso pero al mismo tiempo, de uso más definido por un ceremonial cultural y/o religioso.

De acuerdo a las tendencias actuales, los atrios de nuestra época cuentan con el campanario exento al cuerpo de la iglesia, como en el Templo de los Dolores, para así emplazar un factor de altura como punto reconocible en la cacofonía urbana imperante y complementándose con los espacios despejados para preservar en algo la espiritualidad comunitaria.

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