Por: Juan Pablo Martínez Zúñiga

En un universo de creación cinematográfica -el hollywoodense, por supuesto- donde la testosterona es la hormona predominante, el elemento que suele relegarse es el estrógeno. Ocasionalmente, de las entrañas de los grandes estudios surgen producciones que exploran con honestidad y bravura las posibilidades narrativas de un relato eminentemente femenino que ofrecen resultados ponderables e inteligentes, equiparando esfuerzos con los realizados en la zona del cine independiente, éste último siempre comprometido al desarrollo de relatos profundos, complejos, exóticos y/o viscerales sobre la mujer en diversidad de etapas y contextos. Entonces ¿Qué ocurre cuando la industria del cine estadounidense decide tomar cartas en cuanto al retrato fílmico de fortaleza femenina? Bueno, el director James Cameron ya lo manifestó elocuentemente con la representación que dio sobre la mujer en las cintas “Alien”, “Terminator” y “Mentiras Verdaderas”, donde las féminas sólo adquieren valor y respeto de sus contrapartes masculinas adoptando y adaptando sus componentes arquetípicos. Es decir, el cine norteamericano únicamente comprende la vitalidad femenina mediante el despojo a la identidad de su género y trasplantándolas a cuerpos e idiosincrasias de macho (a diferencia de “La Mujer Maravilla”, una cinta que muestra una protagonista robusta, vigorosa y decidida sin sacrificar su identidad genérica. Tal vez por ello Cameron no pudo evitar emular a Trump y tuitear su descontento al respecto…).
Es así que llegamos a “Atómica”, una cinta protagonizada por Charlize Theron, actriz versátil que proyecta dinamismo y pathos cuando la dirección es adecuada, en un papel que le exige sacrificar los aspectos glamurosos o dramáticos de interpretaciones pasadas para meterse en la piel de una ruda e ingeniosa agente del servicio de inteligencia británico -o MI6- que muestra su pericia en cualquier arte marcial en diversas escenas a la vez que se le exige explotar sus sensuales rasgos sudafricanos en candentes tomas de calistenia sexual lésbica. Por supuesto, nada de esto resulta reprochable para su servidor (o a cualquiera que vea la cinta, en dado caso), pero se echa de menos un elemento esencial para que el personaje principal logre liberarse del sometimiento producto del cliché más abyecto al que se nos tiene acostumbrados últimamente: personalidad a base de mínimos rasgos psicológicos. Y es que ahora en la era de acción estilo Marvel cualquier tragedia personal, pérdida familiar o dislocación emocional pretende pasar por psicología del personaje, cuando en realidad dista mucho de ser tan solo un mero trazo de muchos que deben delinear la estructura de un personaje. Y de eso adolece bastante esta coproducción alemana/sueca/gringa, pues todo ser que puebla este violento universo de neón ochentero no es más que un cartón animado únicamente por los caprichos de un guión plano e incapaz de ir más allá de los rudimentarios clichés de un thriller de espionaje directo al DVD.
La cinta se ubica en 1989 durante el furor de la Guerra Fría bajo el marco de la inminente caída del Muro de Berlín y Theron le da vida a Lorraine Broughton, quien narrará a sus superiores (interpretados por Tobey Jones y John Goodman) los acontecimientos vividos durante una misión en Berlín donde debía recuperar una lista de vital importancia tanto para el MI6 como para la CIA por incluir los nombres de diversos agentes y su ubicación en misiones secretas por todo el mundo arrebatada a un antiguo amante de ella, muerto durante la sustracción. Al arribar a Alemania, Broughton se encuentra con su contacto, un operativo estridente y desmadroso llamado David Percival (James McAvoy), quien le informa que, además de rescatar la mencionada lista, también deberá proteger a un miembro de la Stasi llamado en clave “Catalejo” (Eddie Marsan), todo mientras incontables agentes de la KGB intentan eliminarlos pues su líder, un tratante de armas llamado Aleksander (Roland Moller) quiere esa información.
El filme es un agasajo sensorial, pues las imágenes son bellamente fotografiadas por Jonathan Sela, veterano de exitosos videoclips que le han servido para imprimir una sensibilidad estilizada y cargada de elementos cromáticos a la puesta en escena a la vez que la selección musical es básicamente un compendio de hits ochenteros que poco o nada tienen que ver con las escenas que visten pero igual se disfruta. Las secuencias de pelea y persecuciones son delirantes y refinadas, la especialidad del director David Leitch, ex doble de acción y co-director de esa violenta joyita titulada “John Wick: Otro Día Para Matar”, donde ya mostraba su habilidad para la coreografía salvaje e intensa. Pero aquí terminan las virtudes de la cinta, pues de nada sirve que nuestros sentidos se vean estimulados de esa forma si el cerebro no recibe su ración, y “Atómica” desafortunadamente carece mucho de ello, ya que la historia se construye con base en las necesidades de la siguiente secuencia de lucha, como si los aspectos narrativos fueran secundarios y encaminados únicamente a la presentación cual escaparate de pura quinesia, que no sirve para algo sin sustento dramático o argumental, por lo que la cinta es el equivalente a una experiencia onanista que nunca suplirá a una seducción genuina. Ni siquiera los explosivos momentos de fornicación entre Theron y Sofía Boutella (“La Momia”, “Kingsman: El Servicio Secreto”), quien interpreta a una operativa francesa muy laxa en cuanto a su sexualidad, logran sostenerse por lo banal de su presentación y las gratuitas intenciones del director por generar impacto fácil con dos bellas y atléticas mujeres friccionando sus cuerpos en pantalla. Todo se percibe como una oportunidad desperdiciada, pero es innegable la capacidad de Leitch para sostener un proyecto de acción a la vieja usanza y tal vez la siguiente será la película que lo consagre como el nuevo creador de la violencia cinematográfica posmoderna. Por lo pronto, “Atómica” muestra muchas y creativas muertes en pantalla, incluyendo el del interés por la misma cinta.
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