Por J. Jesús López García

La Historia de la arquitectura es, en su mayor medida, la historia de la construcción; podemos hablar de estilos y tendencias, de corrientes intelectuales y principios filosóficos, sin embargo incluso estas cuestiones en apariencia etéreas, en arquitectura van siempre ligadas a la construcción. La construcción es una industria humana que nos asimila a tantas especies constructoras: nutrias, castores, abejas, golondrinas, topos y una enorme cantidad más que, con una pulsión natural en ellas, transforman su hábitat y con él todo su entorno.

La diferencia con la construcción de esas especies y la del Hombre, más allá de la obvia sofisticación técnica y tecnológica, su envergadura e impacto, es la capacidad de las creaciones humanas de desarrollar sentido y significados de repercusiones particulares, comunitarias e incluso mundiales, y para ello sólo nos basta poner el caso del golpe en la destrucción de las Torres Gemelas de Nueva York y su poder evocativo planetario, al margen de sus características arquitectónicas realmente poco memorables, comparadas al recuerdo de ese episodio que muchos creen, dio inicio al siglo XXI.

En ese sentido la actividad edificatoria, por sí misma, es un fenómeno que dota de significados a una colectividad, no es sólo una situación productiva, una actividad que da empleos y produce economía, o solamente una experiencia que ayuda a desarrollar el avance tecnológico por sí mismo. La construcción es una actividad humana que va marcando el pasar de los hombres sobre la faz de la Tierra y va ayudándoles a desarrollar una visión de su cosmos y del lugar que ellos ocupan en él.

Incluso las construcciones más utilitarias tienden, con el pasar de los tiempos, a crear un sentido. El sitio en donde se encuentran las instalaciones de los que durante años fungieron como los Talleres del Ferrocarril Central Mexicano -llamado actualmente FICOTRECE-, es un lugar que por sí mismo constituye una colección de edificios que dan una narrativa a la construcción industrial en nuestra ciudad y nuestro estado. Naves de planta basilical a dos aguas en el extremos sur del complejo, inician un recorrido cronológico que, al desplazarse hacia el norte va repasando modalidades cada vez más actuales, como las naves de dientes de sierra tal y como se puede apreciar en la de «carros».

En Aguascalientes varias fincas de inicios del siglo XX son en cierta medida tributarias a la construcción fabril de la que estamos hablando: edificios en la calle Venustiano Carranza que cuentan con un patio y un zaguán, por ejemplo, emplean elementos metálicos derivados de esa arquitectura industrial, no se diga de los inmuebles de estructuras de concreto y/o acero que han venido realizándose de manera habitual, o incluso hasta el mismo ladrillo cocido, todo ello proveniente de la construcción fabril iniciada desde fines del siglo XIX en Aguascalientes -pero que en el Mundo comenzó desde el siglo XVIII- y que en cada década se ha ido decantando hasta emplearse en edificios tan sencillos como las casas particulares.

La arquitectura industrial como la que aún permanece en pie en los citados talleres es de una simplicidad técnica y espacial que en mucho se puede equiparar a la racionalidad clásica de los templos griegos o de las catedrales góticas: estructura y materiales patentes en un diseño donde la técnica constructiva se exhibe como una comunión entre lo diseñado, lo construido y su poder de significación.

A este respecto, la nave para los «carros» como tantas otras en el lugar de todo el complejo ferrocarrilero, fueron veladas al público general por décadas, pues siendo parte de un lugar de trabajo, su acceso era restringido, sin embargo hoy en día, y ya a la vista de toda la población, nos encontramos con un sitio lleno de evocaciones, la más importante de ellas, la que atañe al Aguascalientes moderno que ahí se originó, volcado a la industria y a las actividades que esa acción produce.

La utilidad práctica de esas naves ya no se centra en las actividades de la industria actual que pudiera ser, sino en su poder de simbolizar el carácter de Aguascalientes desde el siglo XX a la fecha. No es casual que esos edificios sirvan muy bien como espacios de encuentro social, escuelas o recintos para el arte y la cultura, pues además de sus grandes espacios despejados, tal y como sucede con el famoso museo de arte contemporáneo del mundo, el Dia:Beacon -era la antigua fábrica de galletas Nabisco de 1929 en el estado de Nueva York, a una hora de distancia de Manhattan en tren-, su significación sigue viva en la memoria colectiva.

Lo anterior es sólo una muestra de cómo la construcción puede producir objetos que en esencia provechosos, terminan por representar poderosamente muchos elementos del imaginario que constituye el sentido de pertenencia de los miembros de una comunidad. Tal vez en ello radique su utilidad última y genuina. Las intervenciones llevadas a cabo en el complejo ferrocarrilero de Aguascalientes, nos brindan la oportunidad de conocer un mundo que durante décadas permaneció oculto para nosotros.