El Heraldo de Aguascalientes

Arquitectura para la salud

Por J. Jesús López García 

Arquitectura y medicina han sido disciplinas compañeras por siglos. Desde la ciudad de Epidauro en Grecia, del periodo helenístico, sede del culto a Asclepio, origen de los médicos, hasta los grandes balnearios modernos como los de Lausana en Suiza, o incluso nuestros baños termales de Ojocaliente, los espacios arquitectónicos se han ido adaptando a las diferentes técnicas para procurar la buena salud de una comunidad. En el proceso, estos ámbitos también han sido parte del enfoque clínico de la disciplina médica.

Sin embargo, es conveniente mencionar que no sólo se han construido espacios importantes para la curación como tal, edificios como las termas romanas, los gimnasios y algunas fincas de esa naturaleza, son parte de esa procuración clásica de la mente sana en un cuerpo sano, con la prevención, dicho sea de paso, como primer paso de la salud y la higiene.

Los hospitales fueron ya en la Edad Media, una prerrogativa de las órdenes religiosas, algunas de ellas adjetivadas incluso como «hospitalarias», aunque la palabra «hospital» poseía un espectro más amplio pues éste era también un sitio donde se ofrecía alojamiento provisional para descansar a salvo de la noche en aquellos caminos peligrosos de hace ya cientos de años, no por nada la etimología de hospital, hospicio, hostal y hotel es común.

Es así como a partir del Renacimiento los hospitales comenzaron a dejar atrás su aspecto de albergue dando inicio a la definición de la naturaleza en su especialidad. Para aquella época el conocimiento del cuerpo humano y sus particularidades patológicas empiezan a ser motivo de estudio cada vez más minucioso, basta traer a la memoria las ilustraciones anatómicas de Andreas Vesalius (1514-1564) o aquellas de Leonardo da Vinci (1452-1519), por lo que la revolución en materia de medicina, repercutió en la manera en que los nuevos hospitales deberían funcionar.

Sin embargo, no todo fue un camino lineal y sin retrocesos; no hace mucho tiempo -y en nuestros días también lo hay en algunos sitios-, se disponían en sitios alejados de la población general -geográficamente o ayudados por espesos muros- leprosorios, pabellones para enfermos mentales, tuberculosos y otras comunidades de enfermos que además de llevar a cuestas su mal, debían cargar con el injusto estigma de un padecimiento que en la mayoría de los casos era completamente ajeno a su voluntad.

También existen registros de hospitales en la literatura: como el Balneario Carlsbad Karlovy Vary en Ana Karenina de León Tolstoi, en la pintura: el patio del hospital en Arles de Vincent van Gogh, y en muchas otras manifestaciones artísticas donde la arquitectura o el espacio son parte de la curación o el empeoramiento de los pacientes.

En el siglo XX, con la fe casi ciega y sin cortapisas de la racionalidad cientificista, los hospitales se fueron convirtiendo en lugares menos cargados de simbolismo, sitios asépticos, higiénicos y ordenados, al menos en lo deseable. Si bien hubo obras maestras de la arquitectura que conjuntaron elementos técnicos sin detrimento de la humanización de los espacios médicos como el hospital para tuberculosos en los bosques finlandeses de Paimio por el arquitecto Alvar Aalto.

En nuestro país los hospitales aún siguen algunas de las pautas encaminadas desde los años treinta y cuarenta del siglo pasado, a otorgar una lectura racional y funcional a la ciencia médica que habría de desarrollarse en esos nosocomios. Esa racionalidad funcionalista era en buena medida parte del discurso pos revolucionario de aquellos gobiernos que trataban de dar una imagen diferente de México al mundo y a los mismos mexicanos. Institutos de higiene como el de Popotla por José Villagrán o el Plan de Construcción de Hospitales en el sexenio de Manuel Ávila Camacho, son buenos ejemplos de ello.

Los hospitales construidos como tales en Aguascalientes datan en los últimos años del siglo XVII con el Hospital de San Juan de Dios, continuando hasta el siglo XX en donde se les daría uso al ruinoso Hospicio para Niños, a través de una reconstrucción para convertirlo en 1903 en el Hospital Miguel Hidalgo y Costilla.

Sin embargo el problema de la salud en Aguascalientes no era resuelta con los hospitales públicos, por lo que aparecieron los privados: en 1925 el Sanatorio Ávila; el Sanatorio Moderno en 1946 y en 1948, la Clínica Guadalupe haría lo propio.

En su inauguración en enero 8 de 1948 se hizo hincapié que no era una obra terminada y se solicitaba la cooperación de todos los sectores sociales para llegar a feliz término, hecho que sucedió.

En el frente del conjunto se aprecia la repetición de vanos rectangulares con claras reminiscencias de vanos horizontales; el inmueble actualmente ha cambiado por aplanado su mosaico veneciano, sin embargo en lo básico sigue la misma disposición espacial y compositiva primigenia. Tal vez a muchos de los que nacieron ahí, ahora el edificio les parezca ya algo vetusto, pero el dinamismo apreciable en él y su reputación, aun en un medio tan competitivo, hablan bien de su naturaleza funcionalista original, lo mismo discurso que parte de un enfoque práctico de la disciplina médica y arquitectónica