Por J. Jesús López García

La capital de Aguascalientes experimentó hacia fines del siglo XIX un cambio en sus modos productivos, en su sociedad, en sus costumbres, en su manera de plantearse como ciudad -estatus que para ese momento tenía realmente poco de existencia- y en su memoria. La industrialización de la urbe y de toda la entidad de la mano de los talleres de la compañía fundidora y de los talleres del ferrocarril, fue un fenómeno que ha marcado a nuestro estado desde entonces con una manera de hacer economía mediante la industria de la transformación, diferente a la actividad agropecuaria tradicional precedente.

Pero acompañando al sector primario y secundario de la economía, no obstante la alternada forma en que se han venido presentando como los principales motores del desarrollo en nuestra entidad y su región desde hace ya varias generaciones, constantemente estuvo el sector económico terciario, el de los servicios, siempre colateral en Aguascalientes a los otros dos grupos de la producción.

El sector terciario, aun antes de ser llamado así, comporta de hecho otros procesos de la transformación, tal vez no tan radicales como los del secundario, pero si, igualmente dinámicos, generadores de riqueza, creadores de empleo, constructores de una buena parte del entorno edificado de ciudades como la nuestra.

El comercio y la prestación de servicios, presenta además una gama de actividades relacionadas bastante grande, algunas de ellas ya muy relacionadas con la industria de la transformación; algunas otras cercanas a ello, demandantes de espacios propios y especializados.

La bonanza, real o relativa, desatada por el aliento de una economía industrializada, contagia de ese vigor a otras industrias, digamos, colaterales: prestación de servicios de telecomunicaciones, de transporte, de procuración de algunos sistemas públicos y hasta de educación, y en todo ello, la arquitectura siempre está presente: hasta la industria organizada más pequeña o modesta requiere de un espacio, o de un conjunto de ellos alojados en un edificio donde se pueda desarrollar mejor.

Los espacios de esa industria «apacible» han estado presentes desde hace ya más de cien años: bodegas y harineras cercanas al contexto del ferrocarril, fábricas de paños y otros talleres familiares diferentes a los de los barrios tradicionales por ser usados por grupos de trabajadores más grandes, y así, ámbitos ya de una consideración urbana de mayor impacto.

En nuestra ciudad acalitana existen industrias de este tipo que vemos ya con familiaridad, sin embargo, entre ellas, algunas incluso se exhibían a la población como algo novedoso, mostrando la manera en que se realizaban sus procesos y en ese sentido, el edificio que les albergaba era una especie de vitrina. Quienes tuvimos la fortuna de ser niños hace ya algunas décadas podemos recordar la embotelladora de la mundialmente popular gaseosa Coca Cola, ubicada frente al Auditorio Morelos, por la Avenida Aguascalientes en su tramo suroeste. Una larga fachada con vidrio -originalmente transparente- exponía al público en general, lo que sucedía en su interior. De hecho la actividad era parte importante de la fachada; los recorridos para visitantes eran cotidianos y así se «sometía»  en algo la actividad del interior.

Esa cercanía física que impone la arquitectura actualmente ha sido desplazada por la distancia que obligan los medios actuales de comunicación: si quiero ver cómo se embotella un refresco puedo consultar YouTube -sitio web cuyo propósito principal es exhibir videos, a través de una diversidad de películas, programas televisivos, así como de música, entre otros- e incluso puede ser más ilustrativo y es posible visitar el sitio a la hora que uno requiera, pero indudablemente es casi seguro que la experiencia va a olvidarse a los cinco minutos. En cambio, lo otro, la visita al espacio físico, no obstante lo neutral que éste pueda ser, tiene la capacidad de hacer de la experiencia más simple -como el embotellar un refresco-, un recuerdo de larga duración, una experiencia que en el caso de muchos de nosotros trascendió nuestra memoria infantil y que aun hoy en día permanece como un aprendizaje novedoso.

Eso es el encanto de los edificios, los cuales pueden establecer en nuestra mente recuerdos sólidos a partir de vivencias sencillas, una serie de eventos que van trazando en nuestro Ser una ruta vital. No importa que sea una visita a un lugar espectacular o a una planta de embotellamiento, el traslado a un edificio real, es una experiencia más memorable que la visita instantánea a un sitio virtual.

Los inmueblesque encierran espacios donde se producen actividades de todo tipo, en que se inducen acciones y conductas, en los cuales se fabrican cosas, sin embargo más allá de ello y tal vez más importante, son los lugares donde se alojan los recuerdos. Las evocaciones  por su parte son piezas de nuestra producción privada. Una industria «suave» pero que gracias a la arquitectura -sea buena, mala o mediocre- puede mantenerse fuerte y bien cimentada en nuestra mente. Indudablemente, las remembranzas brotarán cuando se transite a lo largo de la Av. Convención de 1914 Poniente y se recorra el edificio de la Embotelladora Coca Cola.

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