Por J. Jesús López García

Por ser una disciplina que se despliega a través de siglos y por una repetición continua de experiencias constructivas que a largo plazo constituye los elementos de un estilo o una tendencia, la arquitectura presenta una serie de etiquetas clasificatorias que pueden, para quien se interesa en ellas, establecer un código de lectura de los edificios que permite ubicarlos en sitios, épocas, sociedades e incluso orientaciones cosmológicas e intelectuales más o menos precisas.

Algunos autores, historiadores de la arquitectura, han ido delineando un canon clásico al que se ciñen estilos devenidos a lo largo incluso de milenios. El “latín de la arquitectura” como le llaman los ingleses, consiste en las formas de la antigüedad grecolatina, que recogidas desde el siglo I por el arquitecto, ingeniero, escritor y tratadista Marco Vitruvio Polión (c. 80-70 a. C.-15 a. C., en sus Diez libros de la Arquitectura, fue consolidándose en el Renacimiento con la obra constructiva y crítica del también arquitecto Leon Battista Alberti (1404-1472), del que parten luego Sebastiano Serlio (1475- c. 1554)y posteriormente en el siglo XVIII durante el Neoclasicismo, teóricos como el abate Cordemoy (1655-1714), Winckelmann (1717-1768) y Marc-Antoine Laugier (1713-1769), para delinear una genealogía occidental para la arquitectura que se reconoce vigente incluso en la arquitectura Moderna, al margen de ya no presentar capiteles dóricos, jónicos, corintios o compuestos rematados por arquitrabes con entablamentos.

La manera de construir en occidente ha mantenido una línea directa con las enseñanzas ancestrales, en las que se reconoce el germen de la arquitectura que a pesar de mostrar un estilo definido -marcado por su situación geográfica y su tiempo- sigue siendo contemporánea. Para mostrar lo anterior basta observar el Museo Viejo de Berlín de Karl Friedrich Schinkel (1781-1841) y la Galería Nueva en la misma ciudad de Mies van der Rohe (1886-1969), donde éste último arquitecto rinde homenaje con acero y vidrio a la obra del primero realizada en clave clásica.

Nuestro Museo de Aguascalientes presenta rasgos clásicos inequívocos no obstante mostrar cierta libertad en los capiteles de orden indeterminado -pues poseen rasgos del orden corintio y del jónico-. Su filiación respecto a la arquitectura grecolatina es inobjetable con todo y utilizarse ya elementos metálicos en su estructura. Incluso en el templo de San Antonio del mismo Refugio Reyes Rivas (1862-1943), con toda la síntesis de elementos de diversas procedencias característica del eclecticismo, es claramente apreciable la composición general dentro de un esquema clasicista.

Otros edificios apuestan a la atemporalidad, a veces reinterpretando lenguajes pasados, como ecos de tiempos remotos. El Palacio del Congreso y el Edificio Della Civiltà de Adalberto Libera (1903-1963) o la obra de Carlo Scarpa (1906-1978), retoman la grandeza romana pero desde un ángulo posmoderno historicista. A la par de la arquitectura de clara filiación hacia tendencias y estilos troncales, se presentan obras que no se clasifican de manera sencilla. Escapan o parecen escapar a las etiquetas simples. Formas que parecen ser de una época se mezclan con otras tantas que no tienen una relación tan directa con el sistema compositivo general de la obra o bien, el conjunto completo parece evadir a una catalogación de estilo o tendencia. La obra doméstica de Luis Barragán(1902-1988) está en ese caso, aunque luego, imitado y reinterpretado se ha convertido en un nuevo manierismo. Hay también edificios que se alejan, sólo en apariencia, del cuerpo de obras de un autor, como la casa que el mencionado Adalberto Libera realizó para Curzio Malaparte (1898-1957) en la cima de un peñasco.

Esas obras que no se clasifican de manera simple son las que de vez en cuando salen al encuentro, a veces de manera contundente, a veces de manera discreta. En ocasiones la sorpresa es más que nada su modo de ordenar su entorno, en otras es el método en que se disponen sus formas, en otras es solamente su manera de ser ocupado y utilizado. En todo caso la originalidad premeditada o solamente ejecutada, se hace patente.

En nuestra ciudad acaliteña, existen un buen número de fincas, como aquella que se encuentra ubicada en la calle 16 de Septiembre No. 502 en el conocido Barrio del Encino. Es un inmueble que mezcla usos y que parece más grande de lo que es. Posee rasgos Déco en sus balcones que se combinan con remates y vanos en la planta superior relacionados al neocolonial californiano. En todo caso es su disposición en un entorno de casas de un sólo nivel y en una esquina estrecha lo que le hace destacar discretamente. El edificio presenta una muy buena conservación y aunque es una construcción del siglo XX, parece tener toda la vida en el barrio cuatro veces centenario donde se asienta.

No es necesario ser un iconoclasta para diseñar y construir un edificio alejado de la arquitectura canónica, basta un poco de sentido común y el gusto por construir algo a la medida de usuarios y lugar para escapar con fortuna de las clasificaciones simples. Somos afortunados el contar con múltiples casas de esta factura.