Por J. Jesús López García

Desde la antigüedad es de todos sabido que la arquitectura no es producida sólo y exclusivamente por arquitectos. El término «arquitecto» en su acepción original, designa a aquella persona que encabeza a un equipo de trabajo que se involucra en las labores de diseñar y construir edificios. El «primer constructor» -que es el significado de la palabra- entonces, fue el responsable en la creación de toda clase de fincas hasta el siglo XVIII, que es cuando inicia la formación técnica en escuelas especializadas o de educación superior; en ese sentido, originalmente, el maestro constructor, que ahora llamamos arquitecto, podía ser un maestro alarife, el primer albañil de una obra o cualquier responsable calificado para ese efecto por una cofradía o un gremio.

En el siglo XVIII, con los procesos de la Revolución Industrial, la especialidad en el campo de la construcción comenzó a hacerse patente la demanda de aquellos profesionales  cada vez más preparados. En el caso de los ingenieros constituyen una disciplina que se escindió de la arquitectura desde el siglo XV con la necesidad de fabricar ingenios de guerra, es decir, artefactos que los arquitectos diseñaban ante la creciente tecnificación bélica a partir de la innovación en la artillería que hizo inútiles a los viejos castillos medievales, propuestos para un tipo de conflicto defensivo. Los ingenieros en principio fungieron como arquitectos que ante la paulatina caducidad de las fortalezas emplearon su talento en la invención de otro tipo de dispositivos, los ingenios, para la nueva guerra ofensiva, de ahí el nombre de ingenieros y la distinción de civil del siglo XVIII para designar a un tipo de ingeniero cuya labor era la propia de los artefactos y las construcciones en tiempos de paz.

Ante la creciente innovación técnica en las centurias XVIII y XIX, todos aquellos profesionales y técnicos, de forma particular los ingenieros civiles, se identificaron como los artífices de una nueva manera de construir cimentada en la revolución de materiales y procesos constructivos. Primero el cemento y fierro de manera separada y luego el concreto armado, conjuntamente con las estructuras de hierro y acero fueron la punta de lanza de esa revolución edificatoria, la cual dio como resultado propuestas arquitectónicas que en un principio buscaban la similitud con los edificios tradicionales.

Grandes sistemas metálicos eran cubiertos con piedra para la «integración» y no diferenciarse, baste citar los conocidos casos del Palacio de Bellas Artes y el Palacio de Hierro, en su tienda primigenia, sin embargo poco a poco las nuevas modalidades de edificación fueron estableciendo una nueva plástica a partir de recientes métodos de composición derivados a su vez de esos tipos constructivos. El eclecticismo se entronizó como una tendencia cuya extrañeza o excentricidad fue en cierta forma causada por lo que podría considerarse una liberación de los sistemas y materiales de construcción tradicionales, al acoger los sistemas y materiales de la era industrial.

La arquitectura fue en el siglo XIX realizada en su acervo más importante por un buena cantidad de ingenieros, Eiffel fue uno de ellos, incluso la torre más famosa del mundo contemporáneo, icono de París y de Francia en su totalidad -país con arquitectura excelsa, cuna del gótico-, lleva su apellido. Las propuestas de los ingenieros comenzaron a fijar un nuevo rumbo para la plástica arquitectónica, pues sin sospecharlo, sus edificaciones establecieron una nueva manera de construir, y con ello unas actuales concepciones de espacio y forma que fue hasta poco antes del siglo XIX reinterpretada por los arquitectos quienes a los logros de ingeniería adjudicaron los perfiles de la modernidad, una modernidad con menos ornamentación, de líneas simples y fábrica sobria y lógica.

Hoy en día en nuestra ciudad aguascalentense aún permanecen de pie varios edificios que continúan mostrando a simple vista sus características constructivas, originadoras de la modernidad arquitectónica, que más que en los inmuebles de alto impacto -de presencia en los libros de historia de la arquitectura- en ellos se aprecia el germen de la contemporaneidad arquitectónica. Son edificios de uso práctico, de una lógica constructiva pura donde se expresa cada uno de sus componentes, tal como en el caso de los silos de concreto armado aparente que se pueden apreciar desde la avenida Mariano Escobedo, cuya presencia cotidiana tal vez les haga hasta cierto punto invisibles.

Más su verdadera presencia trasciende su realidad física y temporal. Este tipo de arquitectura no es sólo un testimonio de una época, unas maneras de producir economía y de encarar el diseño y la construcción, es el cimiento vivo de los procesos de edificación de nuestra ciudad, la cual inició como parte de una provincia agrícola y al paso del tiempo, sin olvidar ello, comenzó a adoptar los modos de una industrialización paulatina incluso en su producción agropecuaria -de la que estos silos son parte-, creando un acervo construido cada vez más sujeto a la técnica moderna. Esos almacenes dispuestos a pie de vía de ferrocarril son parte de un nuevo contexto aguascalentense que, a más de cien años de iniciado, continúa aún vigente.

¡Participa con tu opinión!