Por J. Jesús López García

En su libro “Constructores prodigiosos”, Bernard Rudofsky (1905-1988), relata como ha sido la labor constructiva vernácula de todo el mundo a través de la historia de la humanidad. La construcción es una industria que indica el desarrollo de una comunidad o de una sociedad. Es un indicador del nivel de sofisticación que una colectividad ha logrado en tanto utilización de sus recursos, su cosmovisión -pues ayuda a los grupos humanos a plantearse un lugar en el mundo-, su economía y su manera de organización social.

Pero de manera paralela, la construcción es una actividad que al margen de un ejercicio mas o menos homologado -pues materiales y procesos constructivos atañen a lo que hay disponible en el sitio, y a las redes de intercambio a las que puede acceder la región y sus habitantes-, presenta también modalidades constructivas muy particulares que apelan más a la manera de hacer arquitectura o edificar de un constructor en específico. Incluso habidas tendencias como el manierismo italiano antecesor del estilo barroco o el modernismo catalán -del que Antoni Gaudí (1852-1926) y Josep Maria Jujol (1879-1949) son sus exponentes más destacados-, pueden tener esos rasgos de excentricidad particular que poseen las obras  únicas, originadas de una concepción totalmente atañible al genio creativo de un solo arquitecto.

La arquitectura fantástica puede tener fundamentos canónicos como el altar de Pérgamo o bien, son parte de una serie de ensayos para definir una forma precisa, como la pirámide “deprimida” de Egipto en la que se corrigió a medio construir la inclinación. Sin embargo en otras muchas otras ocasiones, las edificaciones extrañas son parte de la personalidad de sus constructores u ocupantes tal y como sucede en Las Pozas -Jardín Escultórico- en el municipio de Xilitla en la Huasteca potosina, ideadas por el inglés Edward James (1907-1984), en la línea de las formas surrealistas del castillo del Marqués de Pubol, que no fue otro que el pintor Salvador Dalí (1904-1989).

Otros edificios fantásticos son los castillos del siglo XIX de Neuschwanstein de Luis II de Baviera (1845-1886) y las ampliaciones del de Sintra (Palacio da Pena) en Portugal que vienen en la línea del eclecticismo que sintetiza repertorios de procedencias diversas, en tiempo y geografía, como los bulbos de inluencia mogola del Royal Pavilion del rey Jorge IV de Inglaterra del arquitecto John Nash (1752-1835) (no confundir con el físico homónimo ganador del Premio Nobel), que también proyectó el conjunto con la aguja de reminiscencia medieval que remata la Iglesia de Todas las Almas en Londres.

Por otra parte, los edificios de parques de diversiones o de instalaciones para sitios de esparcimiento tienen una propensión casi natural a imitar formas y disposiciones de arquitecturas fantásticas de todo tipo con castillos, pirámides -y hasta esfinges-, palacios realizados con paneles de cemento o yeso y demás utilerías y objetos pasajeros. Las imágenes de Giovanni Battista Piranesi (1720-1778) o William Blake (1757-1827), sujetas a tópicos y temas oscuros, muy propios dentro del decadentismo característico del proto romanticismo también aluden a la arquitectura fantástica pero desde ángulos totalmente diferentes, donde la ansiedad, la melancolía o la incertidumbre son totalmente opuestas a la algarabía de la diversión.

Toda ciudad tiene ejemplares de arquitectura fantástica, nuestro castillo Ortega es una muestra muy evidente. Pero también hay pequeños edificios que muestran disposiciones y formas fuera de lo común que parecen haber surgido de un sueño. Como un digno representante de la arquitectura fantástica tenemos una finca en la calle De la Cruz No. 127 que como característica principal en su fachada ostenta un cabús realizado en lámina que corona la reja. Complementa el conjunto una serie de figuras metálicas varias -una estrella, una campana, ruedas- e incluso unos rostros que parecen asomarse por las ventanas.

La vegetación sale de los vanos y reja y eso le da un aspecto aun más vistoso al conjunto. No es arquitectura propiamente dicha, es algo que se relaciona más con la herrería, pero sí tiene una relación con la materia arquitectónica desde el momento en que es parte fundamental de la fachada y alude a una forma de la producción local -la relativa a los talleres ferrocarrileros-, que le ubica en un momento clave en la historia contemporánea de nuestra entidad.

Lo que hace interesante e incluso entrañable a la arquitectura de la fantasía es la unicidad de su propuesta, lo irrepetible que es, lo cual preserva su originalidad al margen de su calidad estética. Un castillo de Cenicienta al estilo Disney es un acontecimiento hasta que se repite en una mayor cantidad de parques.

En nuestra ciudad acaliteña contamos con varios inmuebles que facilmente pueden formar parte de la arquitectura fantástica aludida. Algunos de ellos, aunque seguramente no fueron inicialmente concebidas para formar parte de este rubro, como en el caso de una finca ubicada en la esquina de la calle Lerdo de Tejeda y la avenida Héroe de Nacozari, que presenta elementos arquitectónicos art déco: barda y herrería, columnas cilíndricas, azulejos en el pretil y un frontón con medio círculo.