JOSÉ LUIS MACÍAS ALONSO

Perdóneme, sé de su hartazgo que para estos momentos debe padecer por motivo de la saturación mediática que ha generado el despido de la periodista Carmen Aristegui de MVS Noticias, pero Sin Jiribilla no podía quedarse atrás; le prometo que encontrará un enfoque distinto de las miles de opiniones en contra y a favor que ya fueron expresadas de manera abrumadora.

“El poder es cada vez más débil, más transitorio, más limitado” apunta Moisés Naím en su interesante y famosa obra “El fin del poder”. La hipótesis es sencilla, pero de actualizarse, de efectos paradigmáticos: En un mundo donde nuestras expectativas de calidad de vida son mucho mayores de las nunca antes imaginadas; en donde la gente, las modas, los estilos y los pensamientos, viajan miles de kilómetros de distancia en cuestión de segundos; y en donde la mentalidad del hombre ha evolucionado de forma tal que todos tenemos expectativas crecientes e inagotables: el poder –entendido limitativamente- como la posibilidad de incidir de forma concreta y masiva en una colectividad, empieza a fragmentarse en micro poderes. En pleno siglo XXI los que habitualmente concentraban esta condición de incidir de forma estable, constante y eficaz en una sociedad (gobernantes, medios de comunicación, partidos políticos, jerarcas religiosos y concentradores de riqueza económica) cada vez enfrentan más barreras y al mismo tiempo, los individuos que se encontraban ajenos a esta posibilidad, ahora pueden incidir en el resto de los integrantes con mayor facilidad. Los efectos producidos por el caso de Aristegui es un buen ejemplo de la tesis de Naím: los poderes tradicionales fueron rebasados por los emergentes micropoderes.

Va mi argumentación: El punto central que ha polarizado las posturas en torno al caso es la presunción (un querido maestro me explicaba el martes por los pasillos de la UAA que tratándose de la opinión pública, el presunto infractor es culpable hasta que demuestre su inocencia) de que el gobierno de la república fue el autor intelectual del despido de esta periodista por considerarla incomoda. Sin existir pruebas al respecto, las cascadas de opiniones no se hicieron esperar. No me detengo a analizar la novela melodramática estelarizada por Aristegui, prefiero contrastar el trabajo hecho por los poderes tradicionales y el realizado por los micropoderes y ver cual pudo más.

En la esquina de los macropoderes tradicionales: El Gobierno emitió un comunicado oficial manifestando su deslinde absoluto de lo ocurrido entre los dueños de MVS Noticias y la controversial periodista; el PAN declaró que cuando eran gobierno esto no pasaba; las cadenas televisivas dieron poca cobertura al caso y los columnistas formales formaron dos bloques, unos que la hicieron víctima y otros que la hicieron victimaria.

En la esquina de los micropoderes: Personas sin formar parte de ningún medio de comunicación, se expresaron libremente en torno al caso, en la plataforma digital aparecieron: fotografías de Díaz Ordaz emulando el regreso de la censura, una inmensa gama de teorías conspiratorias de entre las que encontré una que explicaba que la CIA era quien realmente estaba detrás del despido laboral de la periodista, comentarios que alertaban la llegada inminente de un sistema totalitarista parecido al de la Alemania Nazi y comparativos entre Aristegui y una “adelita” revolucionaria, fueron entre miles de expresiones más, las que inundaron las redes sociales de los millones de mexicanos.

Ayer Coco, la que mes con mes me hace el favor de recortar mi cabellera y con quien disfruto más la plática que los resultados estéticos, me recibía diciéndome: -¡Pepe! ¿Qué van a postular a Carmen Aristegui para Presidenta de la República?-

Los micropoderes habían hecho de las suyas, las expresiones libres de quienes opinaron en redes tuvieron más poder que las manifestaciones de los poderes tradicionales. Sin poder calificar que unas son mejores que otras, lo cierto es que evidentemente, lejos de ser un aspecto negativo, esta realidad del siglo XXI, es positiva, la pluralidad de ideas y la condición de que todos sepamos lo que todos opinamos es una condición democrática que le debemos de agradecer a la tecnología.

En pleno 2015, es difícil conceder la hipótesis de que la libertad de expresión está sufriendo una reducción, nos guste o no nos guste, gracias a los sistemas digitales de la información, todos podemos expresarnos y todos nos pueden escuchar.

Irónicamente, del estudio del fenómeno de lo desencadenado por el caso Aristegui, se formula una idea al respecto: ¿Cuál es la intención de la periodista de montar esta campaña de victimización de un sistema represor si vivimos en una era donde no necesita de un medio de comunicación para expresarse libremente?

Le hemos hecho al “nostradamus” en este espacio y hemos vaticinado la muerte para América latina del sindicalismo como factor político, la extinción de las cargas ideológicas a cambio del fortalecimiento del pragmatismo como motor de militancia y afinidad en los partidos políticos de norteamérica y el inminente punto de crisis que acabarán por extinguir las viejas teorías del pacto social y las tesis de la representación política. Pues del mismo modo, también presagiamos la decadente muerte del macro poder de los medios masivos de comunicación y la unción de los nuevos micropoderes de las personas que sin necesitar un noticiero o un periódico retumbarán más hondo que muchos espacios tradicionales, las oficinas de prensa deben de evolucionarse o extinguirse, las primeras planas día con día pasan a segundo plano. Aristegui puede seguir con su labor de voz plural desde la comodidad de su casa, claro, sin su sueldo mayor a un millón de pesos mensuales que venía recibiendo.

@licpepemacias