Luis Muñoz Fernández

En el año y poco que ha transcurrido desde que circuló la primera edición, el país vivió momentos insólitos, particularmente en torno a las elecciones del 6 de julio de 1988. “El país cambió”, “México es otro”, son frases que se convirtieron en lugares comunes durante los meses siguientes. Amplios sectores de la sociedad quedaron sorprendidos, casi conmocionados; unos con entusiasmo, otros con temor, pero todos dispuestos a aceptar que era indispensable revisar visiones y convicciones sobre las que se fundaba la imagen misma del país.  Lo que ocurrió el 6 de julio, en efecto, mostró un México diferente, al menos para quienes no ven más allá del México imaginario. Y la pregunta queda flotando: ¿dónde residen, a fin de cuentas, los resortes que fueron capaces de movilizar una y otra vez a centenares de miles de mexicanos, de las condiciones más variadas, para expresar simultáneamente su protesta y su renovada esperanza desde una oposicion antes impensable? ¿Hasta dónde, preguntémoslo así, despertó en verdad el México profundo, las aldeas, los pueblos, los barrios que han permanecido al margen de la actividad política imaginaria impuesta por este otro México irreal, dominante, pero sin raíces, carne ni sangre?

 Guillermo Bonfil Batalla. México profundo. Una civilización negada, 1989.

No es lo mismo haber nacido en México y empaparse de sus esencias desde el mismo momento en que se emerge del claustro materno, que llegar a este país en la adolescencia o en la juventud para empezar a recorrer el camino en el que los demás nos llevan años de ventaja. En principio parece una dificultad insuperable, pero no lo es, por lo menos desde mi punto de vista.

Desde luego que no se llega nunca a ser igual que un mexicano por nacimiento, pero la asimilación puede ser tan completa (y en mi caso, lo es) que uno, si cuida su forma de hablar, puede pasar desapercibido entre una multitud de hijos del Anáhuac. Además, ser mexicano por adopción voluntaria (por naturalización, dice la carta respectiva) puede ofrecer algunas ventajas imprevistas.

Estudiar la historia de México con entusiasmo y como medio de lograr esa asimilación es un ejemplo de esas ventajas a las que me refiero. Uno se topa con aquellas contradicciones aparentes que surgen de vez en cuando a lo largo del relato histórico de un país. Recuerdo lo intrigado que estaba cuando me enteré de que Agustín de Iturbide, en un principio comandante del Ejército Realista y destacado enemigo de los Insurgentes, fue quien consumó el movimiento de independencia que antes había combatido. Claro que todo tiene su explicación y este no es lugar para exponerla, pero siempre me ha llamado la atención que este enigma tan relevante para el nacimiento del México independiente pueda pasar desapercibido para muchos compatriotas.

¿Se puede aprender a ser mexicano? Yo creo que sí, pero requiere tiempo, deseo y dedicación. La cultura mexicana, en su sentido más amplio, se puede aprender durante un período más o menos prolongado, cuya duración varía de acuerdo a las experiencias personales que nos toca vivir. La historia, como ya dije, pero muchas otras cosas más como el lenguaje, las diversas costumbres a las que llamamos reglas de educación, la inmensa variedad de paisajes y gastronomías, las peculiaridades regionales y hasta los temas de la agenda nacional, todos pueden aprenderse a lo largo de los años.

¿Se puede aprender a sentir como mexicano? También creo que sí, pero en este caso el proceso no es voluntario, si bien está condicionado a que uno lo desee, y su logro no depende de manera tan directa del estudio de la cultura, aunque se logra con mayor plenitud si esta se conoce bien. Pero hay una parte de este proceso que es completamente misteriosa. Viniendo de España, donde no existen los honores a la bandera y el himno nacional carece de letra y no se canta, el misterio puede revelarse el día que las lágrimas rebasan los límites de los párpados cuando uno entona el Himno Nacional Mexicano durante una ceremonia cívica en la escuela de los hijos. ¿Cómo puede ser? Todavía no lo sé, pero puedo asegurar que sucede de manera espontánea y sincera. En lo personal, encuentro en la música y en el cine mexicano una vía poderosa para la emoción. Y debo señalar aquí que, a mi juicio, el factor más determinante, como en tantas y tantas cosas de la vida personal, es la familia la que forja el sentir mexicano en quienes no hemos tenido la fortuna de nacer en esta tierra. A las costumbres adquiridas en la niñez se suman poderosas las de la nueva realidad vital en un hogar que, sabiamente conducido por Lucila, ha sabido combinar y disfrutar lo mejor de los dos mundos.

Y lo mismo se conmueve el corazón con los innumerables hechos del acontecer nacional, en especial en estos últimos tiempos, cuando somos testigos de la coexistencia de las expresiones más sublimes del espíritu humano con las acciones más bajas y mezquinas que se pueden concebir. Y aunque esto no es exclusivo de nuestro país, los hechos específicos que nos toca ver y a veces vivir sí ocurren entre nosotros y por eso nos importan.

No puede haber un mexicano consciente que esté conforme con el rezago que sufrimos en varios indicadores de desarrollo social, incluso en algunos de los más básicos y elementales. No podemos hablar de una sociedad democrática cuando uno de cada dos mexicamos sufre el azote de la pobreza e incluso de la pobreza extrema. Son lastres tan onerosos y milenarios que no se podrán resolver en muchos años, pero que urge enfrentar con energía y constancia hasta que desaparezcan o ya no puedan ser atribuidos a una disfunción nacional.

Ante lo dicho en los últimos tres párrafos, aprender a ser mexicano también es tener la paciencia del campesino que, enfrentando condiciones climáticas adversas, siembra su milpa cada temporada, sin perder la esperanza de que el maíz con el que alimentará a su familia habrá de germinar a pesar de todo.Quiero ser como los millones de mexicanos que habrán de acudir a las urnas este domingo 1º de julio de 2018 y depositar mi voto abrigando la esperanza de un mejor mañana y de un México más justo no sólo para mí y los míos, si no para todos y cada uno de mis compatriotas, estén donde estén. Nacidos o naturalizados.

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