Hoy me siento muy honrado por ser testigo del aniversario número 60 de EL HERALDO. De ser parte de su equipo de editorialistas, pero, sobre todo, por la fortuna de contar con la amistad de su Director Gerente, el Lic. J. Asunción Gutiérrez Padilla, hombre recto y amigo a carta cabal y que no ejerce la castrante censura de quienes escribimos los editoriales semana a semana. Para El Heraldo este aniversario no sólo es un orgullo sino un gran reto hacia el futuro. Representa un logro de 60 años lo cual significa haber vivido el desarrollo de las comunicaciones desde lo más ‘precario’, que podría ser la manera de informarse hace 6 décadas, y la sofisticación que es ahora. Para El Heraldo ha sido un reto el evolucionar frente a las nuevas tecnologías que se apoden del mundo de la información.

Ya que el reto es hacer que un periódico sexagenario no sea simplemente el símbolo de lo pasado, sino tener la posibilidad, la audacia, la astucia de poner al periódico en el camino de las comunicaciones del siglo actual.

Lo más destacable de la historia del diario, es que ha estado amarrada al desarrollo de Aguascalientes. Ha tenido éxitos, ha sido influyente y ha ido de la mano de la historia de Aguascalientes y del país. Destacando, sobre todo, el esfuerzo de orientar, de ser independiente, de no depender de ninguna de las fórmulas del poder.

Cumplir este aniversario lleva a hacer grandes reflexiones y sobre todo a entender lo que ha significado el periódico para los aguascalentenses. Entenderlo como un referente de tolerancia, de democracia, de pluralismo, de libertad de expresión en la historia local y nacional. Para El Heraldo ha sido este su referente y su reto es seguirlo siendo hacia el futuro.

Mi recuerdo a su fundador, Don Mauricio Bercún Menlic, y mi felicitación a León Mauricio Bercún López, Presidente y Director General, lo mismo que a J. Asunción Gutiérrez Padilla, Director Gerente, y a todo el equipo que conforma El Heraldo de Aguascalientes. ¡Enhorabuena!

 

2 DE OCTUBRE NO SE OLVIDA

EN JUNIO DE 1999, el periodista Julio Scherer García publicó el libro “Parte de guerra: Tlatelolco 1968”. Abajo, un subtítulo revelador: “Documentos del general Marcelino García Barragán. Los hechos y la historia”. Por años, Scherer se había referido a su amistad con quien fuera el secretario de la Defensa del Presidente Gustavo Díaz Ordaz, y uno de los tres principales actores gubernamentales en los sucesos del 2 de octubre de 1968. Los otros dos fueron Gustavo Díaz Ordaz y Luis Echeverría Álvarez.

Scherer había contado en uno de sus libros, que el gran pesar del general García Barragán, había sido guardar silencio sobre los hechos de Tlatelolco. Era algo que le quemaba. Narraba que a lo largo de sus muchos años de amistad con el general jalisciense, le había insistido que compartiera con él su versión de los sucesos.

–No es tiempo todavía, don Julio. –le contestaba, invariablemente.

Scherer suponía que el general ya había escrito sus testimonios sobre el 2 de octubre. Pero nunca quiso que se hicieran públicos.

Julio Scherer visitó en su lecho agónico al general, en Ajijic. Jalisco.

De nuevo le pidió que le diera sus memorias. No aceptó.

Muerto el general, Scherer pensó que si había unos documentos, éstos se los heredaría al más cercano de sus hijos, Javier García Paniagua.

El periodista era bien querido por Javier García Paniagua. Con él habló de los manuscritos. “Déjeme publicarlos, don Javier”, insistía el fundador de la revista Proceso. Y la respuesta, siempre era la misma:

–No es tiempo, don Julio.

Cuando Javier murió víctima de un infarto, don Julio se llevó una grata sorpresa.

Un día le llamó por teléfono el nieto del general, Javier García Morales. Le dijo que le entregaría los documentos de su abuelo. Y Scherer los convirtió en un libro.

Una mañana me introduje a una librería de Sanborns. Desde varios metros de distancia, descubrí el título y los nombres de los autores en la parte superior: “Parte de Guerra”, Julio Scherer García y Carlos Monsiváis. Con manos trémulas por la emoción, tomé el ejemplar y me dirigí a la caja.

Ese mismo día leí de un tirón la historia. Entonces comprendí por qué Scherer insistió tanto al general, primero, y su hijo Javier, después, por la publicación de sus testimonios.

García Barragán fue un general muy respetado dentro y fuera del Ejército. Las referencias que tengo de él, es que era un hombre de honor y cuya lealtad lo llevó a asumir toda la responsabilidad de lo sucedido en Tlatelolco, en una entrevista con los medios el 3 de octubre de 1968. Es decir, un día después de la tragedia. Los reporteros habían preguntado: “¿Quién es el responsable de lo de ayer?”

Y García Barragán respondió, con voz fuerte:

–Yo soy.

Pero él sabía que los responsables eran otros.

Textual: “Sí. Los habitantes de Tlatelolco estaban predispuestos contra el Gobierno, en primer lugar por las repetidas veces que terroristas habían ametrallado la Vocacional 7 poniendo en peligro la vida de los habitantes de dicha unidad”.

“Estos terroristas eran oficiales del estado mayor presidencial, que recibieron entrenamiento para este tipo de actos, concebidos y ordenados por el entonces jefe del estado mayor presidencial.”

En este punto, el periodista Julio Scherer, desliza:

“La razón se nubla. A fuerza de leer y releer lo hice nauseabunda memoria”. Y tenía razón.

El general Barragán develaba, al fin, años después de muerto, la verdad histórica de Tlatelolco.

Otro párrafo de los manuscritos del general:

“Como consecuencia de esta animadversión hacia el Ejército, la tarde del 2 de octubre, al presentarse el Ejército a darle apoyo a la Policía Preventiva, surgieron francotiradores de la población civil que acribillaron al Ejército y a los manifestantes. A éstos se sumaron oficiales del Estado Mayor Presidencial, que una semana antes, como lo constatamos después, habían alquilado departamentos de los edificios que circundan a la Plaza de las Tres Culturas y que de igual manera dispararon al ejército que a la población en general.”

SCHERER HACE UNA revelación en su libro “Parte de Guerra: Tlatelolco 1968”, que no deja lugar a la duda. Cita que en enero de 1978, bajo el título “La Verdad para la historia”, Marcelino García Barragán, de su puño y letra, escribió una carta a su hijo Javier García Paniagua.

Textual: “Javier: Has de recordar que el 2 de octubre, en el tiroteo de Tlatelolco, el general Luis Gutiérrez Oropeza, J.E.M.P., mandó apostar, en los diferentes edificios que daban a la Plaza de las Tres Culturas, diez oficiales armados con metralletas, con órdenes de disparar contra la multitud ahí reunida y que fueron los actores de algunas bajas entre la gente del pueblo y soldados del Ejército. Todos pudieron salir de sus escondites, menos un teniente que fue hecho prisionero por el general Mazón Pineda. Esto mismo me lo confirmó el general Oropeza en conferencia telefónica, diciéndome: ‘Mi general, de orden superior envié diez oficiales del E.M.P (Estado Mayor Presidencial) armados con metralletas para apoyar la acción del Ejército contra los estudiantes revoltosos. Cuando el Ejército entró en los edificios, ordené que cuanto antes regresaran a sus puestos, concentrándose, pero un teniente que no pudo salir y lo tenía preso el general Mazón Pineda’. (Oropeza) me preguntó: ‘¿Quiere usted ordenar que lo pongan en libertad?’. “Contestación mía: ‘¿Por qué no me informaste de esos oficiales a que te refieres?’. Y el general Gutiérrez Oropeza contestó: ‘Porque así fueron las órdenes, mi general’”.

Cuando leí por primera vez este libro, hace 15 años, tuve la certeza de que una buena parte del país se estremecería con los testimonios del general. Vislumbraba muchos foros donde las inteligencias más lúcidas de México analizarían esos meses sangrientos del México de los sesenta.

Por fin –imaginaba–, la verdad nos haría libres. Libres de odios, libres de especular y enjuiciar a inocentes. Libres de una pesada carga histórica de la que ni el Gobierno ni los historiadores nos querían liberar.

Me equivoqué.

García Barragán, nada menos que uno de los militares más prestigiados del Ejército, señalaba explícitamente el hombre que mandó a diez oficiales a edificios de Tlatelolco, para que, desde los departamentos previamente alquilados, dispararan lo mismo contra soldados –sus compañeros– que contra civiles –sus compatriotas.

Gutiérrez Oropeza, jefe del Estado Mayor de Díaz Ordaz, habría dicho a García Barragán, que mandó los oficiales fuertemente armados a Tlatelolco, por “órdenes superiores”.

Y el único que podía dar órdenes superiores era Gustavo Díaz Ordaz. La verdad ya la sabemos ahora. Pero ¿por qué nadie tomó en cuenta este libro de Scherer?

El pasado día 2 se cumplieron 46 años de aquel día aciago en la historia de México. Muchos de los líderes estudiantiles ya murieron. Díaz Ordaz ya murió. García Barragán, ya murió. Echeverría está en el ocaso de su vida. De Gutiérrez Oropeza no tengo referencias. Lo cierto es que, aunque cada año por estas fechas se dice que “el 2 de octubre no se olvida”, la verdad es que las nuevas generaciones y los nuevos políticos, no saben qué fue lo que pasó en Tlatelolco hace casi medio siglo. Y tampoco les importa.