RODRIGO ÁVALOS ARIZMENDI

Este domingo quiero compartirle, estimado lector, un evento muy bonito: El aniversario número 100 del profesor José Ortiz Gómez, quien el pasado 13 de julio llegó al centenario de su nacimiento ante el regocijo de familiares y amigos. El profesor Ortiz nació en el año de 1918 en Venadero, Municipio de Jesús María, en el Estado de Aguascalientes y sus padres fueron el señor Luciano Ortiz y la señora Jerónima Gómez. Un año antes de que él naciera se había promulgado la Constitución Política en la ciudad de Querétaro, con la que se sellaba el triunfo de la Revolución Mexicana. A pesar de eso en Venadero, como en muchos lugares del país, la vida para sus habitantes no cambió en nada, seguían viviendo casi igual como habían vivido durante la época que gobernó Porfirio Díaz. Venadero seguía siendo una hacienda, con un señor hacendado, una casa grande y junto a ésta la iglesia como símbolos del poder  que ejercían el hacendado y el señor Cura, una tienda de raya y un buen número de peones. Don José Ortiz platicaba sobre la vida miserable de los peones de la hacienda, quienes dormían en el piso de tierra y los cuales no poseían ni tan siquiera un burro. Sus jornadas de trabajo eran pesadas y largas.

El padre del profesor Ortiz se llamaba Luciano y él no era peón de la hacienda, era un campesino que trabajaba por su cuenta, poseía algunas cuantas vacas y unos cuantos burros. Había podido comprar en El Llano unas cuantas hectáreas de tierra y ahí sembraba maíz de temporal con una yunta de bueyes. Una vez levantada la cosecha, el resto del año se dedicaba a la arriería. Dicho de manera muy general ésa era la vida de los campesinos de Venadero. En ese ambiente se crió nuestro hoy festejado José Ortiz, que apenas con 5 años de edad, edad en que los niños de ahora ingresan a tercero de preescolar, él se inició pero como sembrador con Félix, su hermano mayor. El siguiente año, a los seis años, fue el sembrador de su papá y así en los siguientes años. A los 10 años empezó su vida de yuntero y de arriero. Detrás de la yunta de bueyes rompiendo, sembrando, escardando y asegundando durante la época de lluvias. Detrás de los burros el resto del año. Con su atajo de burros salían temprano el lunes, caminaban todo el día, en ratos arriba del burro, en ratos a pie. Por la tarde llegaban al lugar a donde iban a cargar el carbón. Al día siguiente preparaban las cargas de carbón y llenaban las barcinas. De regreso a casa, con los burros cargados hacían dos largos días de camino a pie. El sábado temprano cargaban y emprendían el viaje a la ciudad de Aguascalientes a donde iban a vender su carbón y regresaban. El domingo descansaban y el lunes se echaban a caminar nuevamente, y así semana tras semana. En tan larga temporada de arriería: ¿Cuántos días dormían y comían en su casa? ¿Cuántos días dormían y comían en el monte a la intemperie? ¿Cuántas horas cada semana caminaban a pie? Sin duda era una vida muy dura la de los carboneros de ésa época y esa fue la vida de pequeño del profesor José Ortiz, de los 10 a los 16 años, quien a sus cien años no olvida esa etapa en que largos seis años anduvo de carbonero.

Con muchísimas dificultades cursó la escuela primaria. La inició en una casa particular con una maestra, en Buenavista, y no ha olvidado que el primer lunes que lo llevaron a la escuela, asesinaron al líder agrarista Severo Morales, por el rumbo de Venaderito. Su delito fue haber promovido el ejido de Buenavista cuya entrega de la tierra fue en 1925. Buenavista fue el primer ejido de toda la región. El ejido de Venadero se creó hasta 1937, cuyo mártir fue don Pedro Valtierra, asesinado también.

Dos años después de haber iniciado la primaria llegó el profesor José Guerra Palos, quién promovió la construcción de los primeros salones de la escuela primaria de Venadero. Al profesor Guerra Palos el profesor Ortiz lo recuerda con mucho cariño, por su calidad de maestro, interesado en el aprendizaje de sus alumnos  y preocupado por su futuro. Un día, a finales de 1934, el profesor Guerra le dijo a José Ortiz:

-“Oye muchacho, tú eres listo, inteligente. ¿No te gustaría estudiar para maestro?

-“Sí me gustaría, pero dígale a mi hermano Félix, a ver que dice”, le contestó.

Y es que en ese tiempo el profesor José Ortiz ya era huérfano de padre, quién había fallecido ese año de 1934 a la edad de 56 años.

La respuesta de Félix fue: “Si quiere irse, que se vaya”.

El problema fue con su abuelita, que se negaba a dar el consentimiento, pero finalmente aceptó.

El profesor Guerra Palos se encargó de hacer los trámites y a principios de 1935, a la edad de 16 años cumplidos ingresó como alumno a la Escuela Regional Campesina de San Marcos, Zacatecas, encargada de preparar peritos agrícolas y maestros rurales.

Llegaron las vacaciones y regresó a su casa. Se puso a trabajar en la labor. Dos días antes de que se terminara el período vacacional le dijo a su mamá: “Arréglame mis cosas porque tal día me regreso a la escuela”. Su mamá le respondió: “Tu ya no te vas. Dice el Padre Benito (López Velarde) que esa escuela es comunista” fue la respuesta contundente. En obediencia a esa orden terminante, el día que debería regresar a San Marcos, no regresó. Sólo pudo ir hasta la estación del ferrocarril en Aguascalientes a despedir a sus paisanos que sí regresaban a la normal. Al ver partir el tren en que regresaban sus compañeros a la escuela se llenó de tristeza y le dieron enormes ganas de llorar tan sólo de pensar que a la vuelta de tres años ellos, sus paisanos y compañeros, terminarían como maestros mientras él seguiría tras los bueyes en la labor y tras los burros cargados de carbón.

Con esa pena pasó esa semana, pasó la segunda y al final la tercera y tomó una resolución: fugarse de la casa. Irse sin avisar y obviamente sin permiso; deseaba regresar a la escuela a ver si todavía lo recibían. Por la noche, cuando su abuelita y su tía María se fueron a dejar el nixtamal al molino para ser de las primeras al día siguiente, el jovencito puso en ejecución la primera parte de su plan: con una ganzúa abrió la petaquilla en donde le guardaban su ropa, la sacó y la acomodó en dos sacas de ixtle y las fue a esconder debajo de unos nopales que había en el corral. Cuando regresaron lo encontraron todavía cenando. Y se acostó cuando calculó que ya estarían dormidas, se levantó, se acercó sigilosamente a la puerta. Entonces puso en práctica la segunda parte del plan: fue por las sacas con su ropa y se dirigió a la casa de quién años más tarde sería su compadre, Herculano Serna, con quien previamente se había puesto de acuerdo. Lo despertó y aviaron los burros, cargaron la leña y salieron rumbo a Aguascalientes. En la calle de Guadalupe, que era donde entregaban la leña, sorprendieron al señor, porque no era la hora en que acostumbraban a llegar. Entregaron la leña y se despidió de Herculano Serna. Estaba queriendo salir el sol cuando él ya estaba en la estación del ferrocarril. Compró su boleto de Aguascalientes a Loreto, que entonces costaba 60 centavos. Ahí se encontró a Téllez, secretario de la escuela, quien le dijo: “¿Hasta ahora vas? Tu ya estás dado de baja”. Al escucharlo pensó: “Yo a mi casa no regreso. Si no me reciben en la escuela me sigo de frente a San Luis Potosí”. Producto de su trabajo llevaba 7 pesos. Pero enseguida Téllez le dijo: “Sube. Tú tienes buen record. Voy a hablar con el director para decirle que te reciba”. “Vamos a llegar a la hora de la comida. Después, cuando el director ya esté en la dirección te presentas”.

Tal como se lo había indicado el secretario, después de la comida se presentó en la dirección de la escuela. El secretario le explicó al director el motivo por el cual hasta ahora se presentaba, pidiéndole que lo recibiera. El director lo escuchaba, no decía nada, limpiaba y volteaba a ver al alumno. En ese momento llegó el Ingeniero Jesús González Pérez y le dijo al director: “Mire, maestro, vamos dando de baja a algunos, pero que se quede éste porque es muy inteligente y trabajador”. El director levantó la vista pero no respondió. En eso llegó el Ing. Fernando Macías, sub director de la escuela, y dijo: “¡Quihubo Ortiz, ¿Hasta ahora vienes? Y le dio un abrazo. Enterado de la situación, dirigiéndose al director le dijo: “Mira Simón, este muchacho se queda”. Y entonces el director le ordenó al secretario: “Hágale la orden a este muchacho para que le den cama y ropa”. Ya estaba de regreso. Su calidad de alumno y el sentido humano de sus maestros le abrieron nuevamente las puertas de la escuela. Y de ahí hasta convertirse en Maestro Rural, iniciando su vida profesional en febrero de 1939. 50 años y 3 meses después, en abril de 1989 se jubiló. En su casa siempre tuvo 2,3 ó 4 vacas ordeñando. De tal manera que nunca faltó en su mesa un vaso de leche, un plato de jocoque y queso. Daba gusto verlo ordeñar a dos manos, sentado en un banco de tres patas hecho por él mismo. La espuma derramándose de las cubetas, de sus vacas gordas, bien cuidadas, lo mismo que sus crías. Con la misma destreza manejaba el serrucho, la azuela, el berbiquí y otras herramientas de carpintería. La lezna, la aguja y la trucha de talabartero. Hasta medias suelas y tacones les ponía a sus zapatos. Tenía su pie de fierro de zapatero remendón.

La vida del profesor José Ortiz Gómez es muy bonita. Plena de capítulos interesantes, todos ellos dedicados casi siempre a servir a su prójimo. Fue líder agrario, líder sindical y nunca dejó de ser campesino, siempre se dedicó a atender sus actividades de campo: de agricultura y ganadería en pequeña escala, así como varios oficios. De él hay muchas cosas que contar, se pueden llenar y llenar cuartillas con todo lo que ha vivido. Hasta el día de hoy, a sus cien años, el maestro Ortiz ha permanecido muy activo en el trabajo de campo, pues le tiene un profundo amor a la tierra. Y como una muestra del cariño que le tienen sus compañeros maestros de la Escuela Regional Campesina de San Marcos, Zacatecas, le organizaron el día de ayer un festejo para celebrar “su primer centenario de vida” –así me lo dijo el profesor Francisco López López Velarde-, evento sin duda muy merecido para alguien que ha ofrendado su vida por el apostolado de la educación. Que Dios lo conserve muchos años más. Esta columna fue elaborada con información del profesor Ruperto Ortiz Gámez, hijo del profesor José Ortiz, a quién llevó también a estudiar a San Marcos y ahora es maestro en la vecina ciudad de Zacatecas.