Jesús Eduardo Martín Jáuregui

“Pero yo también nací en el ghetto y también mi sangre está colmada de esa atmósfera de ingenio infernal; por eso pude causar su perdición: del mismo modo que las fuerzas invisibles causan la caída de un hombre o que del cielo sereno cae un rayo”  El Golem, Gustavo Meyrink.

En una extraña leyenda judía se narra, con ligeras variantes en las diversas versiones a que ha dado lugar, que un rabino una determinada noche designada por un calendario secreto y prodigioso, podría infundir vida a una criatura de barro, inscribiéndole, luego de recitar oraciones perennes y poderosas, la palabra “emeth” (vida) en medio de la frente. La creatura viviente se convertía en un servidor del rabino, pero su naturaleza la inclinaba a crecer y creciendo a buscar rebelarse contra su creador. Para evitarlo el rabino habría de, valiéndose de la fuerza antes de que creciese demasiado, o de la astucia luego, borrar de la frente la letra inicial para transformar la palabra en “meth” (muerte) con lo que el Golem (así llama la leyenda a la creatura) volvería al polvo de donde procedía. El Golem era sin duda un formidable servidor pero, podría convertirse en un temible oponente, indomeñable y poderoso. La habilidad, conocimiento o maestría del rabino implicaba tomar la decisión de controlarle antes de que se volviera incontrolable. En su origen era tan semejante a los humanos, creado de arcilla y dotado de vida por una voluntad ajena y sin embargo como los humanos susceptible al pecado original: la soberbia.

Mary Shelley escribió en 1918 su novela “Frankestein o el moderno Prometeo”. Seguramente se recordará el mito de Prometeo en los albores de la civilización griega. Que por haber dotado a los hombres del instrumento maravilloso que es el  fuego fue condenado por Zeus a sufrir un castigo eterno. Encadenado a las montañas del Cáucaso cada día un águila le devoraba las entrañas, por las noches se le formaban nuevamente y otra vez el águila tornaba a devorarlas y así per saecula seculorum. Por querer hacer un bien sufrió un castigo ejemplar. En su novela Shelley narra como un científico el Dr. Frankestein con la pretensión de crear un hombre a partir de las partes de otros ya muertos, y lograr un avance para la humanidad. Su creatura llamada como él, Frankestein es convertido en un monstruo cada vez mas enfrentado a su propio creador.

Circuló hace algunas décadas (décadas de diez años no como las de Peña Nieto) un libro que finalmente resultó apócrifo titulado “Los protocolos de los sabios de Sión”, en donde se describía la supuesta conjura mundial del pueblo judío para apoderarse del mundo. En realidad según se descubrió fue una adaptación que se hizo circular desde Rusia de una obra del francés Maurice Joly llamada “Diálogo en el Infierno entre Maquiavelo y Montesquieu”. Es bien sabido que no fueron contemporáneos y que sus posiciones políticas son punto menos que antagónicas. Nicolo Maquiavelo en su obra cumbre “El Príncipe” por cierto dedicada a Lorenzo de Medici, describe los pasos, las estrategias y analiza las alternativas para conseguir el poder y conservarlo. La política no tiene otra finalidad que la de hacerse del poder y mantenerse en él. El Príncipe tendrá que dejar de lado todo sentimiento de debilidad, de culpa o remordimiento, los débiles no están hechos para detentar el poder. Charles Louis de Secondat, señor de la Brède y barón de Montesquieu alrededor de 200 años después escribió su obra clásica “El espíritu de las leyes”, en ella planteaba una estructura de gobierno en la que, dadas las tres funciones principales que tiene a su cargo, administrar, legislar e impartir justicia, se lograba equilibrarlas mediante el sistema de los tres poderes, en los que cada uno servía de control para los otros. La idea de Montequieu fue vista como la respuesta largamente anhelada, para evitar que los dirigentes sucumbieran a la tentación de ejercer el poder sin limitaciones. Delimitadas sus funciones cada uno de los tres poderes desempeñaría una actividad específica, que permitiría la operación del gobierno con eficiencia y con respeto absoluto a los otros poderes y por ende a la sociedad.

En el imaginario diálogo Maquiavelo va desarticulando cada una de las opiniones de Montesquieu, demostrando que finalmente el control del gobierno lo tendrá el que maneje las finanzas. No importa que tanta fortaleza puedan adquirir los poderes judicial y legislativo, finalmente quien perciba las contribuciones y las distribuya, tendrá la posibilidad de corromper conciencias, comprar voluntades, debilitar criterios y finalmente conseguir sus fines, pese a la actividad de los otros dos poderes. Desde luego la visión de Joly es coincidente con la de Maquiavelo, el poder se obtiene y se detenta y para ello no importa los medios de que se valga porque el fin lo justifica. Nada importa lo claras y precisas que puedan ser las leyes, nada importa lo severo e incorruptibles que puedan ser los jueces, siempre habrá dentro de las estructura de los poderes un eslabón que pueda ser roto, una cerradura que pueda ser abierta, un mecanismo que pueda ser aceitado. Mi papá, en paz descanse, solía decir “Todos somos honrados hasta cierto precio”.

México se ha caracterizado por la falta de controles gubernamentales o por su deficiente funcionamiento. No obstante las leyes que son objeto de constantes adecuaciones. No obstante los mecanismos legales burocráticos y ciudadanizados. No obstante la existencia de un instrumento jurídico extraordinario que es el juicio de amparo y no obstante la presión interna y externa, el gobierno mexicano sigue siendo uno de los que presentan mayor corrupción en el mundo y desde luego uno de los que presentan un nivel más alto de impunidad. Ambas la corrupción y la impunidad se implican, se retroalimentan, se fortalecen juntas y se multiplican como células cancerosas. Los esfuerzos (?) para lograr un combate efectivo a la corrupción se han estrellado con estructuras añejas, y, hay que decirlo con la complicidad de una ciudadanía, que no ha asumido que solo dentro de un marco de legalidad podrá avanzarse para lograr una patria ordenada, democrática, republicana, justa y libre.

Hace unos días escribí por qué pensaba que los electores votarían por López Obrador. No se requería ser muy listo. El hartazgo, la crispación, la desilusión hicieron más trabajo que Morena. Ahora, aún antes de ser formalmente declarado presidente electo, AMLO ha anunciado y empezado una serie de medidas, muchas de las cuales implicarían primero pasar por el control de las cámaras legislativas. Algunas más desde su planteamiento parecen tener vicios de constitucionalidad que tendrá que juzgar la Suprema Corte de Justicia de la Nación.

Hoy López Obrador está a punto de ser presidente de la república. ¿Elegirá a Maquiavelo o a Montesquieu?

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