Prof. Flaviano Jiménez Jiménez

El impactante caso de Torreón, Coahuila, es alerta en serio para padres de familia, maestros, psicólogos y autoridades. El caso del niño de 11 años que provocó la tragedia del centro escolar donde estudiaba amerita investigación exhaustiva y una serie de reflexiones de la vida familiar, escolar y del entorno social, para saber qué medidas preventivas deben tomarse en los ámbitos donde los niños, los adolescentes y los jóvenes, se desarrollan.

En Aguascalientes no ha sucedido una tragedia de tal magnitud y tampoco se quiere que suceda. Para ello, es de la más alta prioridad crear conciencia en los padres de familia para que siempre procuren brindar cariño y amor, y que propicien la armonía en el seno de sus familias. Lamentablemente, según datos estadísticos, hay una creciente tendencia en la desintegración de las familias; y en una destrucción de los lazos familiares los más afectados son los hijos, porque quedan a la deriva, sin el amor materno ni paterno, sin el cuidado que requieren para el desarrollo de sus vidas, sin la guía en su formación humana y sin apoyos para salir adelante en sus deseos y aspiraciones legítimas. Estos niños, así como los adolescentes de familias desintegradas, se desenvuelven, mentalmente, en medio de zozobras, nerviosismo, sustos, incertidumbres, tristezas, angustias, agobio, ansiedad, desesperación, malestar y rencor contra todo y todas las personas de sus alrededores. Cuando estos menores están inscritos en la escuela, con todas esas emociones encontradas en sus interiores, faltan con frecuencia; y cuando están presentes en la  escuela, generalmente, no atienden las clases, no quieren realizar las actividades académicas y no cumplen con las tareas; a veces, ni siquiera llevan consigo útiles escolares; su estado de ánimo nulifica el interés por el estudio. Las relaciones con los compañeros de clase son tensas y con facilidad generan pleitos en los pasillos, en los patios y en la salida de la escuela. ¿Con quién viven éstos niños? Con los abuelitos, con algún otro familiar, con alguna persona o con algún amigo. La mayoría vive con los abuelitos, pero éstos por su edad, ya difícilmente pueden establecer orden o disciplina en ellos. En tal virtud, estos niños y adolescentes se juntan en la calle con sus pares en igualdad de circunstancias, o con “amigos” que los inducen a los vicios, a la vagancia y a la violencia. En pocas palabras, estos niños y adolescentes son presa fácil de cosas indeseables y de hechos lamentables. No obstante, habrá que reconocerlo, a pesar de la vulnerabilidad y la difícil situación, hay jovencitas y jovencitos que logran salir adelante en la empresa de ser personas útiles a sí mismas y a la sociedad.

Los padres deberían pensar, seriamente, que la descomposición familiar incuba graves problemas en sus hijos, con las consecuencias predecibles. Los maestros, diariamente, tienen paciencia con ellos y hacen esfuerzos por encauzarlos hacia el buen comportamiento y hacia los estudios. En unos casos, logran reencaminarlos hacia la senda del bien; pero en otros no hay éxito, por ser ya casos muy complicados y complejos; éstos desertan de la escuela, dándose a la vagancia y a los distintos vicios. Es deber de los maestros seguir haciendo esfuerzos para redimir a estos niños y adolescentes tan necesitados de comprensión, apoyo, cariño y amor.

Después de la tragedia de Torreón, la mayoría, incluyendo a las autoridades, piensa que la solución está en darle nuevo oxígeno al programa de la mochila segura con el objeto de evitar desgracias. El programa puede ayudar en algo; sin embargo, la solución y la prevención está en evitar la desintegración de las familias, en evitar la descomposición del tejido social; porque, la raíz de los graves problemas de la sociedad está en esa pulverización. Es responsabilidad de todos contribuir en la solidez de la familia.