Por J. Jesús López García

Las circunstancias de los edificios cambian con el correr del tiempo al diversificarse sus usos, o en su caso cambiarlos por completo, al mudarse sus ocupantes y recibir a otros, al modificarse las características del entorno y al surgir nuevas maneras de percibir el mismo elemento arquitectónico.

Sucede como en la música, la literatura, la pintura o la escultura que las consideraciones para o hacia una obra realizada cambian a veces de maneras totalmente radicales y significan para cada generación cosas completamente diferentes. Recordemos que el llamado Palacio Negro de Lecumbérri –iniciado en 1885 y terminado e inaugurado el 29 de septiembre de 1900– fue considerado un monstruo urbano que desde el porfiriato, haciendo gala de lo que entonces se consideraba de avanzada en materia de internamiento penal por su configuración panóptica, recibió a prisioneros de todas las categorías, incluyendo a los presos políticos de entre los cuales los hubo muy célebres, también estuvieron detenidos como Heberto Castillo o José Revueltas; Siqueiros tiene una foto icónica tras sus rejas. Actualmente el edificio es el Archivo General de la Nación y su acceso ya no exclusivo ha ido domesticando su uso y su percepción.

Existen edificios considerados magistrales que en su momento tal vez no se alzaron de manera estrepitosa, y también hay por el contrario inmuebles que recién ejecutados, fueron perdiendo el brillo original y terminaron por parecerse a sus imitadores seguidores. El museo Guggenheim de Bilbao, del arquitecto canadiense afincado en Estados Unidos de Norteamerica y ganador del premio Pritzker en 1989, Frank Gehry (1929- ), fue un suceso excepcional a fines de los años noventa del siglo pasado, sin embargo el desarrollo de edificios tan llamativos por el mismo arquitecto, su novedad inicial se desvanece un poco.

Ocurre también que fincas de buena hechura y buen diseño van recibiendo un trato duro hasta modificarse físicamente de manera tan ostensible que los rasgos del inmueble ya no se distinguen de manera clara. Pero también pasa que la institución que alberga algún edificio va fortaleciéndose y el inmueble tiene que experimentar modificaciones para estar a la altura de la situación. Ejemplo de lo anterior lo comenta el Padre Ricardo Corpus en su historia de la Catedral de la Virgen de la Asunción de aquí de Aguascalientes, edificio que realmente es el tercero o cuarto pues los anteriores estaban dispuestos en otra parte del ahora primer cuadro de nuestra ciudad y satisfacían las necesidades de una pequeña capilla primitiva fundacional y luego de una parroquia humilde que al pasar el tiempo terminó por convertirse en sede de un obispado merced al ascenso en categoría urbana de la villa de Nuestra Señora de la Asunción a ciudad capital del Estado de Aguascalientes. La catedral actual se convirtió en basílica y se le agregó el cabildo catedralicio, sumándose a la original, una segunda torre igual.

Pero en el caso de inmuebles sin esa función comunitaria tan fuerte, los cambios también se suceden sin parar, a veces de manera sutil, en ocasiones de forma contundente. Las obras no sólo son un reflejo de lo que una sociedad es o quiere ser en el momento de su construcción; los edificios van reflejando los cambios que esa misma sociedad va experimentando. En nuestra ciudad encontramos varios ejemplos de lo anterior, como es el caso de aquel sobre la avenida José María Chávez No. 604, emplazado en una cuadra de una llamada coloquialmente cuchilla urbana con fachada a la calle posterior también. Es un inmueble posiblemente realizado hacia los años sesenta del siglo XX que manifiesta una clara filiación tardomoderna. Es un bloque bien compuesto, así como de una buena fábrica, ya que el paso del tiempo y su actual imagen así lo confirman, pues a su medio siglo no aparecen a simple vista cuarteaduras importantes y su lienzo con aplacado de piedra no ha perdido una sola pieza.

Apartamentos en la parte superior, locales para comercio y servicios en la planta baja, es un buen esquema para lo que ahora la ciudad requiere en materia de re densificación. La imagen se presenta sin la contaminación visual habitual de cables, postes, letreros mal dispuestos y viejos, factores que ocultan la verdadera fachada del edificio y que contribuyen a un posible y paulatino abandono. A veces con un “lavado de cara” las construcciones recobran si no su juventud, al menos algo de su apariencia y dignidad originales.

Los cambios en las edificaciones son un fenómeno ineludible, van a continuar suscitándose, pero cabe en nuestro papel como promotores o artífices de esos cambios el conocer bien al paciente y no recetarle remedios que en lugar de propiciar una mejor salud, lo enferman.

Conviene tener en mente que la ciudad es una entidad viva y requiere por tanto cuidados constantes, los edificios pueden ser mecanismos para establecer un régimen de mejoras urbanas que nos ayuden como sociedad, a tener un mejor entorno habitable; pero los bloques también requieren mecanismos propios para mantenerles saludables. Démonos la oportunidad de que continuen en pie.