La península Antártica se encuentra a sólo mil kilómetros de distancia. Todo luce blanco: el invierno en Ushuaia, la ciudad más austral del mundo, está en su mejor momento.
Hasta aquí, los viajeros llegan para contagiarse de la atmósfera que envuelve a este destino patagónico y entrar en contacto con la naturaleza.
“Ushuaia es la ciudad más increíble de Argentina, por su clima, su lejanía con el resto de la civilización, las calles que van de arriba hacia abajo, el hecho de tener la montaña de un lado y el mar del otro”, opina Nico, un viajero bonaerense que vuelve en cada oportunidad.
Navegar por el Canal Beagle es una de las experiencias más anheladas.
Con ánimo explorador, los turistas se reúnen poco antes del amanecer en el puerto. En invierno los días son cortos y el sol sale poco después de las nueve de la mañana.
Algunos ocupan los asientos dentro del bote, donde hay calefacción y se escucha la narración de la guía. Da la impresión de que quienes vienen desde más lejos prefieren quedarse afuera, absortos por la panorámica, aunque el viento helado les cale el rostro.
Poco a poco el bote deja el puerto y regala una postal única en el país con el canal, los barcos, la ciudad, el monte Martial y el glaciar del mismo nombre.
Durante el recorrido se avistan aves, especialmente cormoranes imperiales (Leucocarbo atriceps), una especie que habita el largo del canal durante todo el año y que la gente suele confundir con pingüinos, apunta Patricia Colombo, guía del recorrido. Se ven en vuelo y sobre las rocas de la Isla de los Pájaros, frente a ésta, la embarcación se detiene por algunos minutos.
Minutos más tarde hace un alto frente a la Isla Alicia y también frente a la Isla de los Lobos, donde se observan lobos marinos sudamericanos (Otaria flavescens) tendidos al sol y lobos marinos de dos pelos (Arctophoca australis), que sólo están en otoño e invierno.
El momento cumbre de la navegación llega al estar frente al Faro Les Éclaireurs, que data de 1920. Todos alistan sus cámaras para capturar esa prueba irrefutable de su paso por Ushuaia.
La estructura rojo y blanco se ha convertido en todo un ícono del destino, aunque no sea el Faro de San Juán de Salvamento, ese del que habla Julio Verne en su obra “El Faro del Fin del Mundo” y que se encuentra todavía más alejado, en la Isla de los Estados.
Es hora de que el bote regrese a puerto. Llegar al final deja un sabor agridulce. Nostalgia y, al mismo tiempo, emoción por lo que está por comenzar.