Unos verdaderos hijos de la… noche

COLUMNA CORTEComo el sarampión, hay filmes de condición virulenta que infectan de diversas formas la manera en que se aprecian diversos géneros. Hollywood se ha encargado de ello utilizando diversas fórmulas para diluir las propuestas intrínsecas contenidas en algunas manifestaciones cinematográficas ceñidas a la línea fantástica, mediante su construcción complaciente para su consumo masivo. Tal es el caso del cine terrorífico, el cual recientemente sólo produce más lástima que miedo con proyectos penosos o carentes de imaginación, como “Annabelle” o “La Dama de Negro 2”, u ofertándolo como alternativa juvenil rosa, despojándolo de todo componente pavoroso (la saga “Crepúsculo”). Aquí entra la relativa necesidad de rescatar mediante la revisión en formato casero, aquellas cintas que prefiguraron esta expresión primordial en filmes de víscera pura, donde el sometimiento al gusto popular no era un punto en su agenda creativa. “Al caer la oscuridad”, uno de los puntos álgidos del cine vampírico de la década de los ochenta y que se consolidó como carta fuerte de su directora, la ahora galardonada y respetada Kathryn Bigelow (“Zona de miedo”, “Punto de quiebra”), fue uno de estos elementos, piedra angular en el desarrollo perceptual del género durante una década pródiga en aciertos y en jocosos errores que depuraron lo que a la postre entraría en la percepción cultural como “filme de culto”.
¿Y de qué va esta cinta? Bueno, Caleb Colton (un enjuto Adrian Pasdar) es un granjero del medio este norteamericano que vive apaciblemente con su padre (Tim Thomerson, todo un veterano de la serie B) y su pequeña hermana (Marcie Leeds), hasta que su campirano cotidiano se ve alterado cuando se encuentra con la enigmática y atractiva Mae (Jenny Wright) en una heladería. Ella necesita un “aventón” y él tiene una camioneta, por lo que emprenden la travesía hasta llegar a su destino, donde Caleb sólo pide un beso a cambio del favor. Lo recibe, pero de fea manera: Mae es una vampiro y ataca gentilmente la yugular de Caleb para después huir (lo que inmediatamente trae a la mente la caduca y medieval resistencia sexual que muestran las cintas de “Crepúsculo”, donde incluso la entrega de un beso, por no mencionar la virginidad, equivale a empañar la pureza de la relación en la más anacrónica y moralina tradición de Carlos Cuauhtémoc Sánchez).
Caleb, semiconsciente, se dirige a su hogar para iniciar la dolorosa transformación que significa el abandonar la vida mortal (o como diría Louis en “Entrevista con el vampiro” (Jordan, E.U.,1994): “…despidiéndose de la luz del sol, aceptando en lo que se había convertido”) para después ser integrado a la fuerza por Mae a su disfuncional “familia” de vampiros: el patriarca Jesse Hooker (Lance Henriksen), la “madre” Diamondback (Jenette Goldstein, mejor recordada como “Vazquez” en “Aliens” (Cameron, E.U., 1986)), el demencial y psicótico Severen (un Bill Paxton que raya en la genialidad frenética) y el niño-hombre Homer (Joshua Miller), quienes viajan en una desvencijada RV con ventanas pintadas de negro y apariencia sucia, ropajes raídos, botas y sombrero de cowboy, desacralizando la figura aristocrática del personaje clásico a la Lugosi, ya que jamás muestran un solo colmillo, transformación a murciélago u otra manifestación supranatural asociada con los vampiros (incluyendo brillitos epidérmicos que semejan seborrea), tan sólo la desesperada búsqueda de sangre fresca por cualquier medio, volviéndolos más forajidos o criminales que monstruos en la tradición de Drácula y, eso sí, eludiendo la luz del sol, lo único que puede destruirlos.
De esta forma, la directora Bigelow desarrolla una narrativa llena de matices psicológicos y emocionales circunscritos en el lenguaje plástico del western, donde el polvo y los parajes desérticos hablan tanto de la condición existencial de los personajes como la implantación de atmósferas atípicas para los vampiros, apoyándose en una dinámica realista y poco convencional (Caleb empieza a verse seducido poco a poco por la vida bandolera de estos seres y, por supuesto, por Mae), sin descuidar la naturaleza brutal y sanguinaria de los protagonistas (cabe destacar la ahora legendaria secuencia en un bar donde el personaje de Severen se da vuelo con la ingesta de hemoglobina, la cual salpica la pantalla a raudales. Ciertamente no apta para estómagos delicados).
El truco radica tanto en la atinada dirección de Bigelow, quien controla los aspectos anecdóticos para no permitir que su excéntrica premisa no rebase las inquietudes temáticas, ya que en el fondo la historia explora aspectos de alienación, soledad y aceptación, como en el montaje, dotando a la historia de un ritmo adecuado que permite dosificar los momentos relativamente contemplativos con aquellos que pertenecen exclusivamente al género del horror, todo retratado con cierta inquietud estética que resalta, por increíble que parezca, la pavorosa belleza de las situaciones, debido en gran parte a la cuidada fotografía de Adam Greenberg.
“Al caer la oscuridad” es uno de los proyectos más inusuales parido en una época en que se veneraba al gore gratuito, pero sobresale precisamente por su inteligente tratamiento y sin concesiones a un personaje explorado hasta la saciedad. O tal vez, como dice Jack Crow (James Woods) en la también cinta de horror-western de John Carpenter “Vampiros”: “Porque los vampiros no son un montón de $%& maricas con ropitas elegantes que buscan seducir a cualquier jovencita en la habitación hablando en acentos europeos de m!#%$…”.
Por cierto, cabe mencionar que la cinta sólo se puede localizar a la renta en la Videoteca del Centro Cultural Casa “Jesús Terán” en copia importada, ya que por causas desconocidas jamás se ha editado en el país, ni en VHS o DVD. Tal vez un boicot de Stephanie Meyer…

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