Por Francisco José Aceves Díaz

A lo largo del siglo XX y principios del siglo XXI, el mundo atravesaba una fuerte corriente en la cual las fronteras se difuminaban, los países se conectaban, y el comercio crecía hacia todo el mundo: El “imparable” fenómeno de la globalización; o eso parecía. De unos años para acá, el resurgimiento de los gobiernos extremistas, sin importar si eran de derecha o izquierda, han dado marcha atrás a esta tendencia, dando paso al casi extinto aislacionismo.

Al final de la Segunda Guerra Mundial y ante una Europa devastada por la barbarie, los Estados Europeos reconocieron que la reconstrucción de sus países no podría darse sin un apoyo entre las naciones: se necesitaba trabajar el desarrollo social y un crecimiento económico mediante un comercio más equitativo. Estados Unidos por su parte, crea el Plan Marshall (el cual también tuvo la intención de frenar los avances de la influencia comunista) con el cual se dio a la tarea de brindar su ayuda a Europa mediante el envío de apoyos económicos, sembrando con esto el germen de lo que posteriormente sería la obra máxima de la globalización: La Unión Europea.

En el ámbito económico, en 1947 se firma el Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio (GATT por sus iniciales en inglés) que representó el acuerdo multinacional para que los Estados firmantes tuvieran acceso a igualdad de condiciones de mercado, así como la apertura de nuevos mercados, que a la postre se convertiría en la Organización Mundial del Comercio (OMC) órgano rector del comercio internacional.

En el ámbito diplomático el 24 de Octubre de 1945 se firma la carta de San Francisco que da origen a la creación de la Organización de las Naciones Unidas a fin de mantener la paz y seguridad en el mundo, promover la amistad entre naciones, y velar porque barbaries como la Segunda Guerra Mundial no volvieran a suceder, creando así una tendencia de protección a los Derechos Humanos (Declaración Universal de los Derechos Humanos), así como una corriente de protección al medio ambiente (Protocolo de Kyoto y Acuerdos de París).

Como resultado de lo anterior el mundo comenzó a hacerse pequeño, las cosas que pasaban del otro lado del mundo dejaron de sernos indiferentes, y decisiones de un puñado de personas comenzaban a afectar nuestra vida diaria. Hasta mediados de los años 90 la concepción de este fenómeno era imparable, y no había forma de escapar de él, y aquel que se oponía a éste estaba en contra del progreso.

Pero no todo fue miel sobre hojuelas, la globalización salvaje no trajo beneficios para todo el mundo, sino para unas cuantas personas, abriendo aún más la brecha entre los ricos y pobres.Para hacernos a una idea, el ingreso del 1% de la población más rica del planeta equivale al ingreso del 57% de la población más pobre. En consecuencia surgieron diversos movimientos anti-globalización, para la protección a los mercados locales, así como una mayor exigencia de autonomía para ciertas regiones, al oponerse a no ser dueños de sus propios destinos. Estas corrientes tienen un ‘boom’ en los últimos años con el ascenso de gobiernos proteccionistas como Trump en Estados Unidos, AMLO en México y Bolsonaro en Brasil, por mencionar sólo algunos ejemplos de políticos que avanzan con la bandera de proteger a sus países de las amenazas exteriores.

No podemos negar que la globalización es una realidad, y no hay forma de hacerla retroceder, pero está en nuestras manos hacer que ésta se lleve de forma ordenada sin dejar que los países más poderosos ni las grandes transnacionales atropellen la soberanía ni las economías de los países más desfavorecidos. Llega a ser incluso paradójico que estas corrientes aislacionistas, que se dedican a exhibir los errores de la globalización, sean al final las que ayuden a su perfeccionamiento y a alcanzar los verdaderos objetivos de la globalización.

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