Un puñado de cintas donde a sus protagonistas, literalmente, se los carga el payaso

De niño, disfrutaba la compañía de mis padres y primos durante las excursiones a los diversos circos que llegaban a la ciudad., pues no sólo representaba una ruptura a las actividades cotidianas, sino además era una válida alternativa al limitado esparcimiento que representaban los 4 míseros canales de televisión abierta con que contábamos y una cartelera cinematográfica en ocasiones ciclada por algún estreno de envergadura (recuerden, esto ocurrió en la era precable, preinternet y premultisalas). Ya se ha abordado -tal vez sin recato sobre todo por nostálgicos recalcitrantes como un servidor- las cualidades evocativas y lúdicas que posee una carpa pero, caray, realmente brotan con vehemencia y furor una vez que ésta es traspasada y nuestros pies rozan las etéreas superficies salpicadas de aserrín con su inconfundible aroma y tomamos asiento en las metálicas gradas que no garantizan comodidad pero sí una deserción al cotidiano para arrojarnos a los brazos de tan onírico universo, donde la fauna salvaje y el hombre conviven en una simetría casi pavorosa en su profundo toque a nuestro gozo más profundo, dando asilo a nuestras propias fantasías bajo el cónico techo al verse proyectadas en atuendos fulgurantes que se deslizan vertiginosamente a velocidades inauditas entre los elementos: agua, aire y fuego, dominando a las bestias o exponiendo la vida de quienes los portan complementando una simbólica recreación del imaginario colectivo manifestando sus más caros sueños y deseos… y entonces aparecen los payasos. Tanto la experiencia propia como la mera observación me ha dejado claro que la coulrofobia o miedo patológico a estos embetunados seres no es un mero temor adquirido o una puerta abierta a la exposición psicológica, pues al atestiguar los incontables rostros de terror que provoca la cercanía de estos personajes tanto en niños como adultos me hacen creer que es algo genético o inherente a la condición humana. Después de todo, ¿por qué habría de acercarme o permitir proximidad a alguien que aleja su personalidad de la nuestra mediante una desfiguración cosmética que maximiza nuestras peores pesadillas? Manos y sonrisas gigantes, ojos abiertos en demasía, pies descomunales… todas las deformes cualidades de cualquier monstruosidad que poblara nuestras pueriles pesadillas. ¿Lo más estremecedor? Sólo buscan hacernos reír mientras nos petrificamos ante su presencia, tomándonos de rehenes en un juego de poder semiótico. Las ilusiones existen para esfumarse, y los payasos son los que desvanecen aquella de ir al circo. Probablemente por ello fascinan a la vez que repelen, si no, ¿cómo explicar la longevidad de Cepillín? Por ello son antagonistas perfectos para el cine, ese otro universo escapista y ficticio donde sus payasadas pueden tener consecuencias mortales (si no me creen, vean “Milagro en el Circo”, cinta del ya mencionado Ricardo González “Cepillín”, tan turbadora y horripilante en su sacarosa cursilería como cualquiera otra producción de la misericordiosamente extinta Televicine).
Todo comenzó en 1928 con la atmosférica y macabra cinta “El Hombre que Ríe”, dirigida por Paul Leni y protagonizada por Conrad Veidt, quien no interpretaba un payaso per se pero sí a la principal atracción de una feria ambulante debido a su peculiaridad facial: una sonrisa permanente vía filo de navaja como castigo a su padre por no besar la mano del rey. Su presencia a lo largo de la cinta es escalofriante, pues la mueca se acentúa por los angulados rasgos producto de la conformación craneana en triángulo de Veidt y una oscura historia que involucra desamor, traición y muerte. La imagen del protagonista se tornó icónica y ha servido de modelo hasta la fecha para todo villano carnavalesco que more en las sombras de estos jolgorios (cabe destacar que su legado se extiende a otro personaje incrustado en la cultura popular: el Guasón, inspirado según Bob Kane en la interpretación de Veidt). Las puertas de la arena se habían abierto, y sólo fue cuestión de tiempo para que las pistas se tiñeran de rojo.
En el desarrollo de la historia cinematográfica, el payaso fungió primordialmente como representación de la tragedia, pues el ocultamiento de su humanidad vía maquillaje los tornaban figuras dramáticas ipso facto, destacando la casi fijación fetichista que de ellos tenía Federico Fellini para resaltar discursos de abrumadora humanidad. Pero al acercarse el fin del milenio, estos bufones comenzarían su trayecto a la oscuridad como adversarios temibles en diversos slashers de variada popularidad. En 1976 surge el primer asesino con careta circense en un filme canadiense simplemente titulado “Payaso Asesino” (“The Clown Murders”), donde el director Martin Burke construye un elemental relato sobre estudiantes perseguidos por ya-saben-quién en una casa abandonada. Tal vez la única virtud de esta cinta olvidada es que posee una de las primeras apariciones fílmicas de John Candy, otro payaso del celuloide pero de dimensiones diferentes. En los 80’s comenzó el germinado de arlequines homicidas gracias al furor causado por los psicópatas enmascarados de la época, por lo que las mentes maestras de Hollywood se aguzaron y percataron del truculento potencial de estos personajes cuya labor exigía el encubrimiento de su identidad. Así surgieron varias producciones que se han cobijado en la inmortalidad del culto, como “Killer Klowns From Outer Space” (Hermanos Chiodo, E.U., 1988), delirante sátira que, con una perversa astucia, manifiesta lo que siempre sospechamos: tan grotescas entidades sólo podían surgir del espacio exterior. La cinta posee un surrealista encanto en el diseño de sus personajes principales y utiliza prácticamente todos los aspectos emblemáticos del folklore circense pero en bis terrorífica (algodones de azúcar hechos con humanos, pastelazos ácidos, rosetas de maíz que engendran criaturas, etc.) de forma hilarante. “La Otra Cara del Terror” (“Clownhouse”, 1988), dirigida por Victor Salva antes de saborear el éxito con “Jeepers Creepers / El Demonio”, probablemente sea la obra culmen al respecto, pues su trabajo apuesta más por la construcción de ambientes ominosos y suspenso dosificado en una historia sobre tres hermanos (el mayor de ellos un jovencito Sam Rockwell) que, después de visitar el circo de su localidad, combaten en el transcurso de una noche a tres maniáticos que han escapado del manicomio cercano ataviados como payasos. Bien interpretada y desarrollada, el filme es un firme argumento para sustentar cualquier coulrofobia. Por su parte, la miniserie “Eso” (Wallace, E.U., 1990), adaptación televisiva al texto escrito por Stephen King, funcionó al afectar a toda una generación forjando su miedo a través de un referente inmediato y hacer de su amenaza titular, el abominable payaso Pennywise (un excelente Tim Curry), en leyenda cultural así como un grado de iconicidad en el género que ni siquiera la funcional versión de Andrés Muschietti de hace un par de años logró eliminar. El proyecto se fundamenta en una exploración a los pavores primigenios tomando como base un ser que toma la forma de nuestros temores más oscuros, con un resultado variado en calidad histriónica y escenográfica pero contundente en su sólida dirección y ágil decodificación, sorteando algunas restricciones que caracteriza al formato televisivo (la primera secuencia es particularmente memorable). Más oscuro resultó “El Payaso del Mal” (2014), filme producido por el sobrevalorado geek Eli Roth quien le da libertad creativa al joven director Tom Watts para contar su historia sobre un padre de familia que descubre a la mala el siniestro origen mitológico de los payasos cuando decide vestirse como uno y acabar mimetizado con ese disfraz, sediento de sangre núbil.
Entonces, si usted no gusta de ir al circo por las fétidas emanaciones a orina o desechos, o no gusta de contemplar a animales o personas haciendo ridículos inenarrables (para eso ya tenemos la Feria de San Marcos), entonces rente alguna de estas producciones, consuma algunas palomitas de maíz, apague la luz y deje que los circópatas hagan su trabajo. Se divertirá hasta morir.

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