Carlos Reyes Sahagún / Cronista del municipio de Aguascalientes

La ciudad, compendio de humanidad, el producto más acabado de civilización -o de falta de ella-. Prácticamente toda mi experiencia de vida está ligada a la ciudad de Aguascalientes. Viví unos cuantos años en México y algo le podría contar sobre aquella caótica y maravillosa metrópoli. También he estado en otros burgos y villas, pero invariablemente ocurre que cuando comienzo a comprender los mecanismos que rigen su funcionamiento; sus sensibilidades; cuando comienzo a medirles la presión, ya me estoy yendo; ya me fui, así que carezco de autoridad para hablar de ellas.

Es sobre Aguascalientes que quiero escribir hoy, aunque probablemente lo que plasme en estas líneas se aplique a cualquiera otra población; a despecho de que invariablemente el tema de esta columna sea esta automovilística capital y su región limítrofe.

Corre y se va. Tengo la certeza de que Aguascalientes, la ciudad, es, señora, señor, como nosotros; como usted y como yo. O quizá para ser más precisos, como nuestros ánimos; nuestros sentimientos y visiones de la vida, y entre más amplitud y diversidad tengan éstos, mejor.

No hablo de amplitud en términos de crecimiento, que para el caso sería sinónimo de algo tan burdo como el hacinamiento; el amontonadero de todo, de personas, de edificios, de vehículos, etc. No, no hablo de eso, sino más bien de que en la ciudad encontremos la mayor cantidad de opciones de vida; las mejores posibles.

Pareciera un pecado; casi, pero hoy en día la urbe es tan amplia, que podríamos no volver a salir de ella, y vivir nuestras vidas de principio a fin sin tener que trascender los límites urbanos, inmersa nuestra experiencia de vida en esta ruidosa babel, ciudad cosmopolita; pueblo grande. Porque en ella encontramos todo, de mercados a bibliotecas, de parques a hospitales; de burdeles a templos; todo está aquí. Aguascalientes, la ciudad, lo contiene todo, aparte de ser nuestro punto de observación del mundo; del universo, los anteojos que traemos puestos para verlo todo; experimentarlo todo.

Pero hay algo ficticio en esta afirmación; algo, digamos, pecaminoso. Es la tentación soberbia que posee al hombre moderno; al hombre tecnificado y visual, acorazado en sus teléfonos móviles, en sus computadoras y tabletas, de que puede prescindir de la naturaleza y del resto del mundo. No hay tal; no puede haberlo, y esto tendría que movernos a reflexión en torno a las actitudes que asumimos frente a algunos asuntos.

Digo que Aguascalientes, la ciudad, es como nuestros estados de ánimo. En ella encontramos espacios solemnes y serios; los que nos invitan a elevar el espíritu y aquellos otros que incitan nuestra diversión, generalmente efímera y banal. Lugares pletóricos de luz y otros oscuros; negros como la suerte de José Alfredo Jiménez. Sitios hermosos, agradables a la vista y otros horribles, llenos de basura, que contrastan con otros muy limpios. En la ciudad conviven la luz y la oscuridad, el silencio creativo y el ruido inútil; enloquecedor, la lucha por una vida mejor y la tontería del dispendio de recursos.

Así somos nosotros; así es Aguascalientes.

Ahora recuerdo algo que le leí al jurisconsulto Jesús Eduardo Martín Jáuregui, que a su vez recordaba habérselo escuchado al poeta Víctor Sandoval, que una ciudad se deshumaniza cuando uno camina una cuadra y no se encuentra con nadie conocido. Por mi parte agrego que, además de este hecho, una ciudad se deshumaniza cuando un día pasa usted por un lugar y se encuentra con un edificio que no estaba ahí la ocasión anterior que pasó y que, desde luego, no fue construido en un par de días.

Muchas cosas podríamos decir sobre Aguascalientes; quejarnos todo lo que queramos y gustemos, protestar por esto y por aquello, pero el hecho básico es que, pese a todos sus defectos, nos gusta la ciudad; nos sentimos cómodos en ella, y por eso vivimos aquí, y si no es así, pues entonces somos unos masoquistas irredentos, o no hemos tenido el valor de buscarle por otro lado -o en otras ciudades están peor-. Aunque nuestra percepción sobre la inseguridad se vea incrementada por los noticieros amarillos, por ejemplo, en realidad nos sentimos seguros en ella; protegidos, y aunque suframos de falta de agua, de amontonaderos, de tráfico pueblerino en el contexto de la gran ciudad, de la degradación urbana que padecemos; aunque ocurra todo esto, aquí seguimos.

Ahora me acuerdo de Las Pléyades, un cúmulo de estrellas que podemos observar en estos meses de otoño e invierno -son como 500, aunque sólo 7 son visibles a simple vista-. Me gusta pensar que se agrupan para protegerse del frío que hace allá arriba; muy arriba, en el espacio. Así somos nosotros. Nos hemos agrupado en la ciudad para protegernos, del frío, de la inseguridad, del hambre y de la soledad; para generar nueva vida y verla desarrollarse, para morir -por causas naturales o urbanas-.

Pero también debo decir que Aguascalientes es, sin lugar a duda, el ombligo de la luna, el centro del mundo, título que se adjudican también las ciudades de México y de Londres. Bueno, pues también Aguascalientes lo es ¡faltaba más! No porque sea la gran cosa, o la ciudad envidiada por todos, o la más famosa del mundo, que nada de eso es, ni lo será. ¿Qué me importa todo eso? Ni siquiera lo es porque algunos políticos cuya mirada ha trastornado el poder digan que es “el mejor lugar para vivir”. No por algo de eso, sino porque aquí nací y aquí he vivido prácticamente toda mi vida, y desde luego lo mismo puede decir usted, si quiere. Aquí está la gente que amo, las personas y lugares que enriquecen mi memoria, etc.

Entonces, disculpará usted lo pueblerino que me estoy viendo, pero me resulta prácticamente imposible imaginarme viviendo en otra ciudad que no sea Aguascalientes, aunque reconozca las virtudes y los haberes de otras urbes, aunque haya disfrutado de bosques urbanos, museos, organizaciones urbanísticas, etc., invariablemente regresaré aquí, y aquí estaré hasta que mis ojos se nublen definitivamente.

Amén. (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).