Cumplo con informarle que desde la ventana de mi estudio puedo contemplar un bosquecillo la mar de agradable… Entonces, en este momento en que escribo estas líneas, observo a un pájaro carpintero que puntualmente está cumpliendo con su instinto… Si es usted servido de permitirme el ejercicio de la imaginación, se me figura que el ave ha trepado a uno de los árboles para picotearlo con el único fin de hacerle cosquillas; a ver si sale de su mutismo y ríe un poco; o ya de perdida se estremece y baña el pasto con sus hojas.

Pero como el árbol pertenece a otro reino de la vida, ni se inmuta. De todos modos es este un espectáculo que la naturaleza me brinda de manera gratuita, algo digno de almas simples como la mía, un gozoso descanso en medio de los trajines propios de la ciudad…

Pero no era de eso de lo que quería hablarle en esta ocasión, sino del año nuevo 2013, que la familia de este servidor de la palabra, incluido él, recibió en la ciudad Oaxaca. Como podrá constatar en su momento, la remembranza del estado sureño no será arbitraria en esta columna dedicada a las cosas de Aguascalientes.

La verdad es que podría escribir mucho sobre las maravillas que vimos, las personas con las que hablamos, su suave dulzura, los alimentos que probamos, los paisajes que contemplamos; la grandiosa extensión del Valle de Oaxaca, los silencios que experimentamos, en particular en las zonas arqueológicas, la presencia de los seguidores de santo Domingo de Guzmán, a través de espléndidos conventos, entre ellos el rutilante de la capital; la de cosas que aprendimos… Escribir, por ejemplo, de las historias sobre la Historia, sobre el convento dominicano de Cuilapam, donde vio la luz última mi general Vicente Guerrero, aquel que dicen que dijo que la Patria era primero, e inauguró una época de golpes de Estado, apenas en el inicio del segundo gobierno constitucional, o el templo de San Felipe Neri, que arropó las sacramentales nupcias de la señorita Margarita Maza Parada y el señor licenciado Benito Juárez García. Sus retablos virreinales, magníficos, pese a necesitar una buena restauración, particularmente en las partes bajas, los techos resanados, despintados; o la casa donde nació el Héroe del dos de abril, mi también general Porfirio Díaz Mori, o los templos virreinales con piso del mosaico característico de los años cuarenta y cincuenta del siglo XX.

Escribir sobre el planeta Júpiter, coqueteando con esa luminaria de la constelación de Orión de nombre Bellatrix –buen nombre para una hija; o ya de perdida nieta–, o sobre la ropa, su exuberancia, ese torbellino de colores que serpea por las telas que cubren las bellezas oaxaqueñas, según la región de que se trate, los sensuales enredos, los majestuosos resplandores, etc. Escribir, en fin, sobre la elaboración del mezcal, o la suerte desgraciada de la princesa Donají y el príncipe Nucano, o del Palacio de Gobierno, convertido en museo, quizá a raíz del acoso magisterial al tristemente célebre gobernador Ulises Ruiz. Pero como no soy cronista de Oaxaca, sino de Aguascalientes, mejor me concentro en aquello que encontré, que me evocó una historia de nuestro estado…

El día previo a nuestro regreso, sábado cinco de enero, nos apersonamos en la plaza donde se encuentra la Basílica de Nuestra Señora de la Soledad, patrona de la antigua Antequera –así nombran también a Oaxaca–; fue ahí donde vino al caso el estado de Aguascalientes, que según he escuchado últimamente, es casi el ombligo del mundo; poco le ha de faltar…

Habíamos caminado desde la fantasmal estación del ferrocarril, dichosamente convertida en museo, y en cuyos andenes yacen algunos carros convertidos en murales contemporáneos, uno de ellos con una joven vestida a la regia usanza de Tehuantepec, resplandor incluido, pintada en el acto de quitarse los lentes oscuros –tehuana moderna, parienta de aquella otra, que apareció en el antiquísimo billete de 20 pesos, ¿la recuerda?– y mirarme con unos ojos inquisitivos; casi a punto de preguntarme si estudio o trabajo, y a los lados la leyenda, promesa y sentencia, afirmación perenne: El sur nunca muere

Anduvimos desde ahí hacia el santuario de la Doña Chole, yo con el recuerdo de aquella canción del uruguayo Alfredo Zitarrosa: Cierto que quiso querer/pero no pudo poder, doña Soledad/porque antes de ser mujer/ya tuvo que ir a trabajar… Recorrimos la populosa ciudady pasamos por un parque en el que había un puesto en el que se vendían exquisitos buñuelos oaxaqueños, atoles, champurrado blanco, vainilla, fresa, nuez, chocolate de agua y leche, de panela –¿De panela; chocolate de panela? ¿Y qué es eso?– ponche, café de olla, tamales… Y ahí estaban las grandes hojas, como pan bajado del cielo: redondas y rubias, debidamente arrugadas por el aceite hirviente, su paso por las llamas mitigado con miel. Fue una pena que acabáramos de desayunar, porque aquello atraía casi como los brazos de la mujer amada… Y bueno, el consuelo vendría más tarde, acurrucado en un vaso de nieve de garrafa de la plaza de la Mariquita de la Soledad.

Llegamos a la casa de la Patrona de Oaxaca por un costado, en donde encontramos a una quinceañera con un vestido color fresa, pero de una fresa que anteayer llegó a su punto de plena madurez, y rápidamente se dirige a su decadencia.

Entramos al templo por un costado, en tanto se celebraba el matrimonio de Alma y Adalberto, que así se llamaban este par de valientes. Bueno, me dije: vamos a la nieve y regresamos cuando el sacrificio haya terminado –sacrificio de la misa, por supuesto–, para poder ver el templo en paz, sin estorbar el rito matrimonial. Pero donde veo, casi en mitad de la nave única, una banda de música; una banda oaxaqueña de alientos…

Pero se acaba el espacio, así que será hasta la próxima semana cuando le diga dónde se aparece Aguascalientes en Oaxaca. (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a [email protected]).