Por J. Jesús López García

54. Edificio en la calle MorelosLèvi-Strauss en su libro Tristes Trópicos de 1955, se refiere a la ciudad como “…la cosa humana por excelencia”, en esa frase como en la ciudad misma, se cifra la palabra diversidad. Pluralidad manifestada en personas, significados, funciones, intereses, experiencias, entre otras. La actividad arquitectónica iniciada hace más de nueve milenios –hacia el periodo neolítico–, si bien comenzó en el medio rural acompañando al surgimiento de la agricultura y a algunas otras industrias humanas, que como factor de desarrollo requerían la sedentarización de una comunidad, pronto fue la causa formal de la conformación de las ciudades.

La naturaleza polimorfa de un grupo humano ya en proceso de establecerse de manera fija en un sitio, con sus grupos de edad, la especialidad cada vez más desarrollada de las actividades de la población, la multiplicidad de interpretaciones, intereses y visiones, se materializó en su arquitectura. De ahí que ciudades ricas en edificios diversos, hablan bien de la multiplicidad de perspectivas de sus habitantes.

El Aguascalientes tradicional, aquel de las huertas y los barrios, pautados por añosas iglesias y algunos edificios principales –casi todos, casonas de las personas poderosas del lugar, si bien el levantamiento del Teatro Morelos certifica el paso de villa a ciudad–, vivió a fines del siglo XIX una revolución urbana y arquitectónica que condujo a la urbe a una apertura cada vez mayor a la modernidad y a nueva población. El apacible letargo de casi 400 años dio paso a un creciente dinamismo económico, industrial, social y desde luego, urbano.

Mucho se habla del Centro Histórico de Aguascalientes pero al igual que el término, su frontera es igualmente difusa pues lo reconocido como tal, es más pequeño de lo que se podría pensar, por ejemplo: el conjunto de San Diego y el templo de la Tercera orden de los siglos XVII y XVIII respectivamente, está fuera de esa delimitación. Sin embargo, el centro –sin adjetivos– de la ciudad sí es distinguible, pues acotándolo al interior del primer anillo de circunvalación, podemos encontrar en muchos de los inmuebles acaliteños esa vocación de diversidad que sin embargo está abierta a la conversación con su entorno.

En ese diálogo toma parte importante la diferencia de los usos de suelo. A su proporción, Aguascalientes experimentó un crecimiento vertical, muy modesto pero evidente, a mediados del siglo XX, con una estrategia que en ciudades como Chicago o Nueva York (de ahí la modestia aludida) resolvió el alto costo de suelo con construcción en altura para tener en un solo terreno, la posibilidad de introducir usos de suelo repartidos y diferentes a lo largo de sus niveles. Estrategia que resultó en una vida urbana animada y heterogénea, dispuesta a la experimentación de vivencias muy variadas pues comercios, servicios, vivienda, y otros usos convivían sujetos a lo aleatorio de la contigüidad con las riquezas y riesgos que ello entraña.

Al margen de estilos y tendencias arquitectónicas, podemos apreciar en el centro de nuestra ciudad, en diversos lugares, ese patrón constructivo hecho a la medida de fines varios: una planta a nivel de la calle destinada a comercios o servicios, de acceso completamente abierto a clientelas indiscriminadas; un segundo nivel para comercio y/o servicios más especializados –lo que acota el acceso a menos usuarios– y finalmente en los niveles superiores una ocupación habitacional.

Esa utilización del suelo en niveles produce edificios en altura, cuya versatilidad de funciones da como resultado una animación en el entorno que permite esa diversidad de la que está construida principalmente una ciudad. Con eso se fortalece el conocimiento del “otro”, la capacidad de comprensión, respeto y tolerancia, y en términos arquitectónicos y constructivos, la capacidad del gremio para afrontar proyectos de envergadura superior a los que corresponden a casas unifamiliares y pequeños locales, pues desde lo que atañe al proyecto, la albañilería, las instalaciones y la estructura, estos edificios exigen mayor especialidad en sus participantes, lo que necesariamente resulta en una mayor calidad en la edificación.

A nivel urbano estos ejemplares, sin llegar a tener el carácter de hitos como las iglesias, palacios, museos o teatros, poseen las características suficientes, como dimensiones, emplazamiento, capacidad de recibir usuarios de múltiples procedencias, para ser una referencia de los habitantes aguascalentenses. Tal vez el común de los transeúntes no pueda enumerar los elementos que constituyen a estas fincas –simetría o asimetría, materiales, composición– pero si permanece en la mente la sensación que produce transitar por las zonas en que se encuentran: el estar bajo la protección de la sombra de una gran masa construida, la posibilidad de traspasar libremente el umbral del edificio a través de un establecimiento comercial, el divisar a lo lejos un perfil arquitectónico reconocible y sobre todo, el sentir que se está plenamente en la ciudad y no en un suburbio.