Carlos Reyes Sahagún
 Cronista del municipio de Aguascalientes

La semana pasada le conté de una visita que hicimos Armida, mi esposa, y este peregrino de la palabra; perenne buscador de eternidad, a un hotel ubicado en el rancho de Agua Gordita, Zacatecas; un hotel que es la vieja casona de la Hacienda de Agostadero, muy cerca del pueblo de Villa García, y le di santo y seña de los atractivos que existen en este lugar que, desde la perspectiva de los adoradores del progreso y sus acólitos, está en medio de la nada.
Por ejemplo, para mi gusto algo que es muy disfrutable que hay ahí, y que no hay aquí, es el silencio del campo; particularmente en la noche. Aunque claro, siempre se corre el riesgo de que en el rancho haya fiesta, porque entonces un equipo de sonido lanzará a los cuatro vientos el disgusto musical que difunden algunas estaciones de radio, las letras insulsas, las voces desentonadas, los gritos y sombrerazos, y como remate, las tonadas desangeladas, carentes de ingenio.
Desde luego el silencio no es exclusivo de la oscuridad luminosa de la noche. Por supuesto que no, y en el día el silencio es rey, pero también puede ocurrir que merodee por ahí una camioneta, que anuncia pollos rostizados, directamente desde Villa Juárez a su hogar. “Háganos una seña y depositaremos en sus manos un delicioso pollo rostizado con sus verduras, por ciento cinco pesos”, alcanzo a escuchar; o los omnipresentes caballos de acero con el escape abierto. Finalmente, muy cerca del hotel hay un espacio sin vegetación que los domingos se llena de beisbolistas debidamente uniformados, ansiosos de disputar un partido de pelota caliente; algo que rompa su rutina cotidiana, en el contexto de un pueblo en el que no hay cines, centros comerciales y todos aquellos otros entretenimientos que existen en las grandes y progresistas urbes -es decir, no hay crecimiento, ni juntos ni separados-, salvo este campito para jugar beisbol. Así que de vez en cuando escuchará el ruido del bate dándole lo suyo a Doña Blanca, no a aquella, sino a ésta; la chiquita durita y redondita. Si sucede esto, digo, sabrá que alguien pegó un doblete a lo profundo del terregal, porque ahí jardín no hay. También escuchará los gritos de “¡Vamos, vamos, corre!”.
Pero en verdad os digo que si usted está bien sintonizado consigo mismo y con el Universo, nada de esto obstruirá su meditación acerca del mundo y sus maravillas.
Por cierto, ¿se ha fijado que en la ciudad existe una especie de ruido de fondo, omnipresente y permanente? Lo encabezan el radio y la televisión. A ellos los siguen el tráfico automotor -de seguro ha oído la jauría de motociclistas nocturnos- el refrigerador, la lavadora, el horno de microondas, el ventilador, la podadora, el teléfono, el cartero, el del agua, la bomba del agua, los relojes de pared -en mi casa hay dos, que lleva de la mano mi esposa; igual que a mí, y que le otorgan al tiempo una grata musicalidad-, el compañero perrito bailarín, y si hay viento, las tuberías que cruzan de un lado a otro los techos de las casas, y luego, si se encuentra usted en medio de un conglomerado humano, el rumor sordo, omnipresente, de la conversación.
Todos estos elementos conspiran para dificultarnos una adecuada escucha del silencio, tan importante para refrescar el ánima. Pero en el campo las cosas son distintas, y la calma es tal, que puede uno oír perfectamente el estruendo magnífico de los aviones, opacado en la ciudad por los ruidos urbanos, los coros animales, los sonidos vegetales y la voz antiquísima de las piedras. Aunque, pensándolo bien, el silencio no existe; por lo menos no un silencio absoluto, al estilo del que, dicen, se escucha fuera de la atmósfera, en el espacio.
No existe el silencio porque, ya ladra un perro aquí; otro le contesta más allá, y un tercero se les une en dirección contraria -¿qué se dirán; dirán algo?-, y no hay que perder de vista, o más bien de oído, a las vacas, las chivas, los borregos, los gallos y, desde luego, los grillos y los pájaros.
A propósito de las aves, he llegado a la conclusión de que es el Sol quien les da cuerda… En verdad son sabios estos animalitos, porque todavía no se anuncia la llegada de ese monarca absoluto que es el Rey Sol, y ya están organizándole el concierto de bienvenida.
Pues bien, justamente esta es la experiencia que le ofrece un lugar de estos: salir del mundo urbano, un tanto artificioso, lleno de prisas y calores malsanos, y por unas horas incursionar en el rural, más apegado a la naturaleza, que ahí muestra su dimensión bondadosa.
Por cierto que también puede, desde el balcón de su cuarto de hotel, contemplar el paisaje montañoso -nada del otro mundo- de los alrededores, las protuberancias de la Tierra y las diversas tonalidades que adquieren los cerros con un cielo nublado, poblado de perezosas nubes que apenas si se mueven, y que van cambiando los colores de esta tierra de la bien llamada Aridoamérica conforme el astro va moviéndose en el cielo. Por otra parte, si le gusta a usted la fotografía, como a mí, que ando disparando a diestra y siniestra sin siquiera preguntar el ¿quién vive?, ahí se dará gusto con la infinidad de encuadres y las iluminaciones que ofrece la vieja casona de piedra y ladrillo, de patio central arqueado, con su fuente, alguna palmera, y una bugambilia de suave tonalidad anaranjada.
Por favor, le pido que no se me desespere, y que espere a la próxima semana, la reflexión que propongo con el título; a ver si es cierto. (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a [email protected]).