Carlos Reyes Sahagún
 Cronista del Municipio de Aguascalientes

¿Agua Gordita? ¿Habrase visto nombre más simpático que este; más gracioso? Yo había escuchado los de Agua Pesada –ideal para fabricar bombas atómicas–; Agua Puerca, que está en San Luis Potosí; Agua Prieta, Sonora; aguas tratadas, negras, grises, Ojo de Agua; pero nunca gordita. ¿Qué será eso, cómo será? ¿Significará algo así como agua aceitosa, grasosa, densa, pero nomás poquito?
Por cierto que en esta demarcación de las Aguascalientes y circunvecinas –otro nombre íntimamente relacionado con la principal fuente de vida–, hay varios poblados que llevan el nombre de Ojo de Agua, que de Crucitas en El Llano, que de La Palma, en Zacatecas, que de los Montes en Tepezalá. Supongo que estas poblaciones fueron llamadas de esta forma por la sed que la tierra y la gente de esos pueblos sienten, y más en esta época de calores de los malos y de cambio climático. Entonces, quizá a manera de evocación, así como para aumentar el deseo y la pasión; como si se tratara de una oración, les dieron estas denominaciones.
En fin. Ahora que termina el verano, quiero contarle sobre algo que hicimos casi a fines de la primavera pasada: Armida, mi esposa, y este servidor de la palabra y de ella –de mi esposa–, que dormimos una noche de sábado de principios de junio, que pasará a la historia como uno de las más cálidas de que se tenga memoria, en un hotel que está en la orilla del rancho de Agua Gordita, Zacatecas, a poco más de 50 kilómetros de esta caliente ciudad, que quizá en un futuro más próximo de lo que quisiéramos tendría que cambiar su nombre al de Sinaguas.
Para llegar a Agua Gordita, toma usted la carretera a Loreto, Zacatecas, y pasando Villa Juárez hay un entronque, a la derecha, que anuncia Palo Alto, El Llano. Se va por ahí, y unos kilómetros adelante encontrará otra carretera, ahora a la izquierda, que no me acuerdo qué anuncia; creo que nada, pero igual usted la toma y sigue hasta el poblado, que tampoco está anunciado, pero que se llama Agua Gordita –unos kilómetros delante está Villa García, menos anunciado todavía, aunque sí el hotel. Atraviesa el rancho de simpático nombre y toma un caminito que va a perderse entre los surcos, pero antes, ya llegó.
El hotel es la vieja casona de la Hacienda de Agostadero, cuya última propietaria fue María Concepción Moncada Hurtado de Mendoza –con esos apellidos no se puede ser menos que hacendada–, según se anuncia en la entrada. Es aquel un viejo palacete con cuartos de doble o triple altura, intervenido para dotarlo de las comodidades propias de este tiempo, y de esta forma salvado de ser derribado.
Se entra por un caminito que divide una nopalera y el edificio por un lado, y un gran jardín por el otro. A la altura de la entrada está una glorieta sembrada con lavanda, esa plantita aromática de suave color violeta, que tiene en el centro una escultura en cantera de la Virgen de Guadalupe en la que, dicho sea de paso, pero con todo respeto, abundan los desechos orgánicos de las palomas, que evidentemente carecen de religiosidad y se paran ahí para ya sabe usted qué, aparte de que difícilmente leerían un manual de urbanidad que les diría que eso no se hace. Lo único que desentona en este panorama bucólico es una serie de angelitos panteoneros diseminados aquí y allá, muy blancos ellos, las alas muy levantadas.
Pero fuera de esto último aquello es, créame, el paraíso inalcanzable, al alcance la de la mano, y más si cuenta con una compañía como con la que a mí me favoreció la vida, y que frecuentemente no merezco. Ahí, puede recorrer los andadores con piso de ladrillo, o caminar en un jardín en el que conviven esos iconos vegetales de México que son los pirules, los mezquites y los nopales, enmarcados en paredes de adobe deslavado, o sentarse debajo de los arcos del patio, y disfrutar del ir y venir, subir y bajar, de los pájaros, si es que no se le ha ajado el gusto con tanta modernidad; con tanto progreso. Es aquella una cantadera que no tiene fin, y un ir de un lado a otro del patio en graciosos brincos, que pareciera que las aves son movidas por la mano diestra de un titiritero. Van y vienen indiferentes a la presencia humana, o como si temieran despertar a alguien del sueño eterno. Luego están los que parecen pleitos, particularmente cuando los pajarillos se sitúan entre las vigas de los techos, en donde anidan. Entonces el estruendo se incrementa, en una demostración de que la vida se abre paso de maneras insospechadas.
En esos momentos, con la asociación de todos estos elementos, uno podría caer en la dulce tentación de creer que el mal no existe; que no tiene cabida en un lugar tan hermoso como lo es este mundo. Nada más no encienda la radio o la televisión, porque entonces sí, la ilusión se esfuma en la noticia del asalto del día o del suicidio de anoche.
Pero, ¿qué digo? En Agua Gordita –¿o es Aguagordita?–; por lo menos en este hotel hacienda, no hay ni radio ni televisión. (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a [email protected]).