Luis Muñoz Fernández

El género “Homo” evolucionó en África, pero su habilidad para dejar ese continente fue uno de sus primeros rasgos distintivos. Y es una de las claves de lo que significa ser humano. El primer éxodo humano de África ocurrió hace 1.9 millones de años y parece ser que los descendientes de esos homínidos tempranos poblaron regiones más cálidas de Asia hasta hace 100 mil años. Una estancia extraordinariamente prolongada, tal vez veinte veces mayor que, por ejemplo, la presencia de nuestra propia especie en Asia.

 Dimitra Papagianni y Michael A. Morse. The Neandethals Rediscovered, 2013.

Richard Dawkins es un biólogo evolutivo inglés que podríamos calificar de atrevido, al que no le asustan las controversias. Se hizo mundialmente famoso cuando publicó en 1976 su teoría del gen egoísta, en la que propone que los seres humanos somos meros vehículos al servicio de nuestros genes. Simples recipientes para su supervivencia y propagación.

Ateo militante, propuso en abril de 2010 llevar a juicio al papa Benedicto XVI –que visitaría Inglaterra en septiembre de ese año para atraerse a los fieles anglicanos–, acusándolo de crímenes contra la humanidad por encubrir a los sacerdotes pederastas. Como todos sabemos, su propuesta no prosperó.

En la foto de su perfil de Twitter aparece portando una camiseta con la leyenda “Todos somos africanos”, lo que hace a alusión a que todos descendemos de simios africanos, una hipótesis con sólidas bases científicas basadas en el registro fósil y en los recientes estudios de genoma de los seres humanos y los simios, actuales y extintos.

Nuestra relación con África no es un asunto de poca importancia. Todo lo contrario. Yo creo que tenemos una deuda inmensa, impagable con África, con su gente. Como la tenemos con otras regiones del mundo, por ejemplo, con América Latina. Ya lo decía Eduardo Galeano en la introducción de su famoso libro Las venas abiertas de América Latina (Siglo XXI Editores, 2007): “Es América Latina, la región de las venas abiertas. Desde el descubrimiento hasta nuestros días, todo se ha transmutado siempre en capital europeo o, más tarde, norteamericano, y como tal se ha acumulado y se acumula en los lejanos centros de poder. Todo: la tierra, sus frutos y sus profundidades ricas en minerales, los hombres y su capacidad de trabajo y de consumo, los recursos naturales y los recursos humanos”.

América Latina y África están íntimamente relacionadas. De hecho, ambas son parte de un mismo sistema de explotación. Hacia América fueron llevados a la fuerza alrededor de 20 millones de africanos para trabajar como esclavos en diversas plantaciones, minas y otros aprovechamientos. Uno apenas puede imaginar el horror de aquellas “casas de esclavos” como las de Gorée y Ouidah en la costa atlántica de África, en donde se les concentraba antes de ser vendidos y “almacenados” en la bodega de los barcos negreros. Uno de cada cinco moriría antes de alcanzar las costas americanas.

Comercio humano que, aunque oficialmente abolido, sigue prosperando hoy con otros nombres y métodos, que no se reduce a los africanos y que tiene como común denominador la necesidad y la desesperanza, hijas predilectas de la pobreza. Lo dice David Dusster en su libro Esclavos modernos. Las víctimas de la globalización (Tendencias. Editorial Urano, 2006):

El primer mundo necesita de mano de obra inmigrante e incluso precisa de colectivos foráneos que rejuvenezcan sus sociedades envejecidas, pero las restricciones de entrada abocan a la clandestinidad a buena parte de los emigrantes y por tanto facilitan un abuso sistemático y regular de quienes soñaron con abrazar el progreso que les estaba vedado en sus países de origen.

Añadamos, por ejemplo, los chinos que trabajan como esclavos en los talleres clandestinos de alta costura italianos gestionados por el crimen organizado para lavar su dinero. Basta recordar la pavorosa descripción que hace Roberto Saviano en las primeras páginas de su celebrado y condenado Gomorra: un viaje al imperio económico y al sueño de poder de la Camorra (Debate, 2007), cuando al abrirse accidentalmente un contenedor colgado de una grúa en el puerto de Nápoles empezaron a caer cadáveres de los esclavos chinos que en un principio a Saviano le parecieron maniquíes. Eso es lo que está escondido tras el glamur de la alta sociedad: la abundancia y el lujo de unos pocos que se finca en el sufrimiento y la muerte de miles seres humanos anónimos.

Y, sin embargo, de vez en cuando surge la esperanza. Así ha ocurrido con el tan inesperado como sorprendente e ilusionante gobierno español de los últimos días encabezado por el socialista Pedro Sánchez. Destellos que, por el momento, son sólo eso, señales de que las cosas no tienen porqué ser como dictan los templos de la economía mundial. Una lección de humanidad.

Es el caso del barco Aquarius, que surca el Mediterráneo con 629 refugiados africanos rescatados por las organizaciones SOS Meditarranée y Médicos sin fronteras. El barco intentó atracar en la costa italiana, pero le fue denegado el permiso por el gobierno de aquel país y lo mismo hizo el gobierno de la isla de Malta. Es lo que Màrius Carol, director del periódico catalán La Vanguardia, ha llamado “La geografía de los egoísmos”:

Europa no es lo que era. Nació para ser la patria de las libertades y el refugio de los expatriados, pero va camino de ser el territorio de la vergüenza y la trinchera de los miserables. El populismo que recorre el continente está consiguiendo que Europa no se reconozca. O que no nos reconozcamos en esta Europa. Al continente le sobran silencios y le faltan respuestas. Países que fueron el origen de nuestra cultura engendran discursos que parecen anunciar el fin de nuestra civilización. […] El presidente español, Pedro Sánchez, ofreció ayer como puerto seguro la ciudad de València, de acuerdo con su alcalde. El Aquarius atracará en la costa levantina durante el fin de semana, en un acto de liderazgo moral encomiable. Pero nos queda la amarga sensación de que Europa ha dejado de ser tierra de acogida para pasar a pertenecer a la geografía de los egoísmos.

Ante estas disyuntivas, los gobernantes xenófobos deberían recordar las palabras de Luis de Sebastián, economista y humanista de la Universidad Ramón Llull (Barcelona), que se encuentran en su obra África, pecado de Europa (Trotta, 2007):

Podemos estar seguros de que hoy África sería distinta, y probablemente no nos enviaría tantos emigrantes, si los europeos, hace varios siglos, no hubiéramos interferido tan brutalmente en los procesos naturales, biológicos, sociales, políticos y económicos de los pobladores de África. De haberlos dejado seguir el curso de su propio desarrollo político, económico, social y cultural, la historia los hubiera llevado a una situación, hoy quizás difícil de imaginar, en la que les hubiera sido posible conectarse positivamente y con gran ventaja para ellos con el progreso europeo (que, sin los esclavos africanos y las colonias, quizás no hubiera sido tan grande y tan diferente del africano).

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