José María León Lara

Para quienes nos observan desde el extranjero, es complicado comprender el cómo los mexicanos vivimos atrapados en una burbuja de tiempo donde el pasado, el presente y el futuro suceden al mismo tiempo, producto de una historia cíclica y de un carácter escéptico hacia todo aquello que nos rodea. Se nos caracteriza por tener un ingenio superdotado, pero por supuesto mal aplicado y pesimamente encaminado, si la cosa fuera distinta otro gallo cantaría; pero es así como sabemos hacerlo y lo que nos da cierto grado de felicidad.

Lo que para el resto del mundo pareciera producto de la fantasía o la ciencia ficción, en México es una realidad vista y arropada como normal; si no encuentras algo en México es que no existe, es así de simple. Nuestra capacidad creativa que siempre va de la mano con la destructiva, nos hace únicos en el planeta al reinventarnos cada día, dónde la vida es un mero trámite y la muerte es una vieja y entrañable amiga; donde es imposible describir a los mexicanos a través del pensamiento filosófico, siendo más surrealistas que el surrealismo mismo, dónde no compartimos la misma condición humana, compartimos la condición mexicana.

Vivir en México es sinónimo de asombro, un país donde todo es posible, una nación que no deja de sorprender en el día a día. Somos un pueblo tan original que sería difícil encontrar uno igual, en donde la diversidad cultural tiene dimensiones monstruosas, pero a la vez simboliza una perversa unificación del ser, del sentir y del vivir como mexicanos. Si se nos diera la oportunidad de volver a nacer, sin lugar a dudas elegiríamos nacer de nueva cuenta en México.

Sin embargo, existen ocasiones en que el genio del ingenio mexicano morfa en un grotesco derroche de estupidez. Llegamos a tal grado del absurdo que resulta ofensivo tanto para nosotros mismos como para el resto del orbe. Algo parecido a dispararse en el pie por accidente, o por descuido o simplemente por imbéciles. Sumado a esto, las corrientes internacionales de lo políticamente correcto y el doble filo que significa el uso de redes sociales, donde el opinar supone generalmente la denostación para todo aquel que no piense igual a tí.

Cierto es que somos creativos, pero también ignorantes, muchas de las veces por decisión propia. Y partiendo de que el país se encuentra dividido como hacía mucho tiempo no lo estaba, izquierda contra derecha como antes eran liberales contra conservadores, hoy son los que siguen con una fe ciega al virtual presidente electo, y el resto de los mexicanos que no votamos por él. No pretenden estas líneas herir susceptibilidades, sino simplemente invitar a la reflexión.

Es increíble lo surrealista que es este hermoso pueblo de México, donde el hoy próximo presidente cuenta con habilidades tanto místicas como sobrenaturales, al redimir y olvidar las faltas de muchos que en su tiempo fueron los mismísimos artífices de la tan criticada mafia del poder. El hecho de pretender nombrar a Manuel Bartlett Díaz al frente de la Comisión Federal de Electricidad, es un hecho aberrante, absurdo, perverso e insultante para todos los mexicanos.

Los hoy mal llamados “chairos” pretenden defender una situación indefendible sin conocimiento de causa, sin argumentos reales más que el creer en el sano juicio de la figura mesiánica de López Obrador. No olvidemos que la famosa “caída del sistema” se dio cuando Bartlett era el secretario de Gobernación, y hacía veces de juez y parte en los asuntos electorales, previo a la creación del IFE.

El virtual presidente electo está confiando demasiado en que sus seguidores apoyarán toda y cada una de sus locuras; pero quizás aún no se ha dado cuenta de que en el momento que les empiece a fallar (que seguro así será), su popularidad se le habrá de invertir, terminando saliendo el tiro por la culata. Mientras tanto, sigamos disfrutando de la absurda telenovela que se está tejiendo en este país enigmáticamente surrealista, esperando que el tema Bartlett sea solo el comienzo.