Gerardo Muñoz Rodríguez

15 de septiembre del 2008. En México, celebrábamos el centésimo nonagésimo octavo del comienzo de la Independencia; al mismo tiempo que en Estados Unidos, se desataba uno de los terremotos financieros y económicos más devastadores de los últimos años.

Ese día, antes de la apertura del mercado asiático, el banco estadounidense Lehman Brothers solicitó acogerse al Capítulo 11 de la Ley de Quiebras de Estados Unidos. El desajuste en los balances provocado por las denominadas hipotecas “supreme”, envió a la lona al cuarto banco de inversión más importante de nuestro vecino del norte.

Años previos, el pastel para los banqueros se maximizaba como pocas veces antes visto. Era indistinto que los clientes finales, tuvieran la capacidad de solventar o no la obligación, lo importante era continuar aumentando, las ya de por sí, infladas utilidades. Los bancos enfrascaban y vendían estos productos financieros en el mercado para tener liquidez y así poder conceder más préstamos. La desregulación del sector y la mala supervisión llevaron a esta burbuja al extremo de poner en riesgo el sistema financiero global.

Durante la jornada de la quiebra, se perdieron más de 600 mil millones de dólares en los mercados internacionales. Ante esto, un par de días después, el Departamento de Tesoro tuvo que rescatar y nacionalizar a la mayor aseguradora del país –AIG–, contagiada por la situación del sistema financiero por 85 mil millones de dólares. Y, finalmente, el 3 de octubre, el Congreso aprobó la ley de emergencia económica que incluía un programa de rescate de hasta 700 mil millones de dólares para comprar activos hipotecarios dañados y acciones. El gobierno iba al rescate.

La crisis había comenzado y lo peor aún estaba por venir. Según el Banco Mundial, Estados Unidos, para el año siguiente, presentó una contracción de su economía en 3.5%, ocasionando un contagio a nivel mundial. México decayó 6.5%.

Hoy, a diez años del suceso, aún existen ecos en la economía. Sin duda uno de los aspectos que dejo la crisis, fue una línea exponencial para la polarización y el populismo. A raíz del sismo financiero, en un gran número de países, se han presentado cambios inesperados en sus regímenes de gobierno; todo esto ante el descontento que aún persiste en la sociedad.

El presidente Donald Trump se aprovechó de las condiciones que generó la crisis económica para poder llegar a la presidencia de EU. Para el viejo continente, el surgimiento de fuerzas populistas se dio en Grecia, Italia, Eslovaquia, República Checa, Lituania, Hungría, Polonia, Estonia, Suecia y el duro golpe que represento para la Unión Europea el Brexit. La victoria de Morena en las pasadas elecciones, es el ejemplo mexicano.

El hecho de gastar el dinero de los propios contribuyentes, para rescatar el sistema bancario, el cual siempre fue acusado de que su ambición originó la crisis, no ha sido olvidado tan fácilmente. La confianza en las instituciones que nos gobiernan se evaporó. Por tal motivo, la firme intención de buscar un cambio general.

Ante esta dura sacudida, el mundo financiero se dio a la tarea de incrementar sus medidas regulatorias con la finalidad de evitar futuros exabruptos en la economía global. Esto ha permitido que los mercados estén más controlados y con ello lograr que el impacto de estos sea menor.

Sin embargo, aún persisten ciertos miedos a poder despertar estos fantasmas financieros. El primero y más importante es que las crisis económicas tienden a ser cíclicas. La historia nos demuestra que a pasear que una acertada política económica puede mitigar estos senderos inestables, la historia tiende a repetirse.

Aunado a esto, observamos como la inversión está muy por debajo de los promedios históricos del capitalismo y, por el contrario, se evidencia un enorme crecimiento de la deuda en los sectores público, privado e, incluso, bancario. A título personal del que esto escribe, esta es la razón del próximo colapso económico.

Según datos del Reuters, la deuda de las familias estadounidenses alcanza actualmente más de 13 billones de dólares, una cifra superior a la de la crisis de 2008.

De igual forma, los universitarios no dejan de pedir créditos y ahora ya deben 1.5 billones de dólares, mucho más que los 611 mil millones que debían hace una década. Los créditos para comprar un auto también se han disparado y superan los de 2008.

A una década de una de las peores crisis financieras y basándonos en la historia del capitalismo, pudiéramos encontrarnos en la ante sala de otro desajuste mundial. Sólo esperemos no sea de las mismas magnitudes.

Referencias:

@GmrMunoz