Noé García Gómez

El analista de la revista Forbes Steven Rosenbaum anunció hace cuatro años lo que se vislumbraba como “transformarse la libertad de expresión en un discurso de odio, ruin, enconado, amenazado, racista, con epítetos misóginos disparados como armas a los adversarios políticos.” En síntesis comenzó a notar que las redes sociales no solo dieron al mundo la posibilidad de comunicarse y expresarse, sino que pueden ser utilizadas como herramientas de encono y transmisoras de odio; todas escudadas en la bandera de la libertad de expresión; pero solapadas por el anonimato.

El articulista Raymundo Riva Palacio nos dice que “La polarización no es nueva, pero con las plataformas digitales, que socializan lo que antes parecía un coto de ilustrados y élites, se oye y ve más, con inédita sonoridad y belicosidad. El discurso de odio que se aprecia en el proceso electoral va aparejado de la degradación de la política y la ruptura de las normas de convivencia que dañan todo.” Los ánimos que antes se exaltaban en los cafés y las casas, hoy son amplificados en las redes sociales.

La semana pasada un peligroso exabrupto del articulista Ricardo Alamán como lo fue el de titular un meme que sugería el asesinar a un candidato con “hay les hablan” fue el extremo de lo que hoy se vive en el ambiente electoral en las redes sociales; simpatizantes y adversarios coincidieron que era un exceso y se exigió sanción, diversos medios optaron por terminar su relación y se mandó un mensaje de que hay límites para las figuras públicas.

Pero ¿qué pasa con los usuarios comunes y que se esconden en el anonimato de seudónimos y avatares?

Un análisis realizado por EjeCentral dio seguimiento a las respuestas que recibían los tweets de los candidatos a la Presidencia de la República; la encabeza Meade con 719 frases ofensivas, donde va desde ‘corrupto’, pasando por ‘rata’  y ‘mierda’, se burlan de su vitíligo; le sigue Margarita Zavala con 400 comentarios ofensivos que van desde ‘p***’, ‘asesina, ‘corrupta/corrupto’, ‘pende**; El tercer aspirante más denigrado es Anaya, con 264 comentarios rabiosos muchos repetidos de los arriba escritos; finalmente está López Obrador que contabiliza 168 expresiones de odio. Que van desde  ‘pen****’, ‘corrupto’, ‘mierda’, ‘pin*** viejo’ (11).

Ninguno se salva, en una democracia es fundamental la libertad de expresión, pero cuando escudados en eso se produce, incita y promueve el odio, esto genera una polarización, que alcanza magnitudes no calculables por el actual escenario de las redes sociales.

Las elecciones tendrían que ser una fiesta democrática y de exaltar civilidad, donde se contrasten propuestas y se ventilen fallas de los adversarios, pero todo en una sana correspondencia, donde los mismos actores y sus equipos pongan límites éticos. Que tengan el fin de contrastar, no de denigrar, ni mucho menos incitar al odio.

Hace unos años, por azares del destino escuché con atención el sermón de un párroco que decía informalmente a sus feligreses “si ya saben por quién van a votar está bien, pero no lo presuman ni lo exhiban, somos una noble comunidad, y créanme, he visto amistades romperse y familias distanciarse por las campañas electorales, ¿y saben? Esos políticos por los que discuten, comen en los mismos restaurantes y de nuestros impuestos, quitados de la pena, sin ser conscientes del odio y ánimo que provocan. Sí, voten, pero no discutan”; gran razón tenía ese cura.

Lo peor que se puede hacer es polarizar a nuestra nación. Gane quien gane requiere un país unido, posiblemente, desilusionado por que no ganó su candidato, pero consciente de aceptar cívicamente lo que viene.

Yo termino sintetizando la frase del sacerdote “sí votemos, pero no nos exaltemos”.

 

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