RODRIGO ÁVALOS ARIZMENDI

El pasado día 5 de este mes se cumplieron  9 años del fallecimiento del sacerdote y formador de sacerdotes: Luis Manuel Macías López. Un hombre que entregó por completo toda su vida a predicar con acciones la palabra del Señor. Hoy a nueve años de su partida a la casa del Señor, lo recuerdo con mucho cariño y lo recuerdo con gran admiración como el sacerdote que fue y como el amigo que otorgaba, sin reserva, su amistad y su cariño. He sentido que estos nueve años han pasado muy rápido. Me sorprendí cuando me di cuenta que falleció el 5 de octubre del 2010, o sea ¡hace nueve años! En mi mente sus recuerdos son todavía muy frescos, siento como si tuviera uno o dos años de fallecido y por ende viene a mi memoria muchas imágenes de tiempos compartidos con él. Luis Manuel, debo aclarar, no tenía el tiempo para dar mucho tiempo a los encuentros, pero los que daba los daba de mucha calidad. Era un verdadero placer platicar con él. Y para esto yo tenía dos maneras: Cuando platicábamos de manera coloquial. El padre platicaba de todos los temas, bueno de casi todos porque nunca lo escuché platicar de deportes por ejemplo, pero de ahí en adelante me gustaba platicar con él de política, estaba muy al día a pesar de sus múltiples ocupaciones. En una ocasión que lo invitamos a comer a casa, antes de pasar a la mesa nos sentamos en la sala para platicar acompañados de una copa de un buen vino tinto -a él le gustaba el Márquez de Cáceres- y salió el tema de la situación política que atravesaba el país en ese tiempo, cuando de pronto Luis Manuel me dijo:

– Fíjate que en el año de 1968, que fue cuando me ordené a los 25 años, estaba yo en el Distrito Federal y en una ocasión iba yo manejando un Volkswagen que tenía para moverme allá, cuando de pronto al ir por una de sus avenidas de improviso una caravana de autos me dan alcance y el automóvil que iba adelante me dio un fuerte golpe por atrás. Al bajarme del coche me asusté pues los ocupantes del vehículo que me pegó se fueron hacía mi muy prepotentes y molestos a tratar de hacer a un lado mi coche. Con sorpresa vi que en el segundo automóvil venía el presidente Luis Echeverría y alguien que venía junto a su chofer les hacía señas a los que se bajaron para que continuaran el camino, y sí, se subieron a su vehículo y ahí me quedé con mi auto golpeado.

En algunas ocasiones platicaba con él y le contaba sobre mis problemas y mis preocupaciones, de todo tipo. Él me escuchaba muy atento y de vez en cuando me hacía preguntas y me ayudaba a expresar mejor mis sentimientos. Al terminar de platicar cuando ya nos íbamos a despedir me decía: Esta conversación te sirvió también de confesión. Y me daba la absolución. O sea que eran confesiones que ni se sentían y la verdad es que salía yo con el alma muy gratificada, aparte de que mi cariño y admiración hacia el padre se engrandecía cada vez más.

El padre Luis Manuel nació en Encarnación de Díaz, Jalisco, el 22 de abril de 1943. Fue hijo del señor Manuel Macías Hernández y Conchita López de Macías. Él fue el mayor de seis hermanos: tres mujeres y tres hombres. Ahí en La Chona estudió hasta cuarto año de primaria en el Colegio “Pablo de Anda” que era de las religiosas llamadas “Hijas Mínimas de María Inmaculada”. El quinto y el sexto grado los estudió en la escuela La Salle de Lagos de Moreno, Jalisco. Luis Manuel me platicaba que a su mamá le daba mucho pendiente todos los días que él iba y venía a Lagos, pues era un niño de apenas 9 años y obviamente que se iba solo, su mamá lo llevaba a agarrar el camión tempranito y ya después del medio día estaba de vuelta en su casa. Eso definitivamente lo formó desde muy pequeño pues se hizo un poco más independiente. El padre de Luis Manuel tenía un amigo sacerdote que oficiaba en Aguascalientes llamado José Casillas y de vez en cuando iba a visitarlos a su casa. Ese Padre fue probablemente el que puso la semilla en Luis Manuel para que sintiera que él también quería ser sacerdote. A los trece años entró al seminario, un 15 de octubre de 1956, acabando de salir de la primaria. Obviamente que la separación de su familia fue muy duro para él, pero se sentía bien, sentía que era el camino que quería seguir. Y recordaba con mucho cariño a algunos de sus maestros: El Padre Galván, que les enseñaba latín y español, al Padre  Urbano Rizo, el Padre Jorge Hop y al Padre Salvador Romo.

Antes de entrar  Teología, quien era en ese tiempo el obispo de la Diócesis de Aguascalientes, Don Salvador Quezada Limón, lo envío al seminario de Montezuma y esta etapa de su vida fue muy dolorosa pues estando él allá falleció su papá, Don Manuel. Ya de regreso en Aguascalientes y estando en la etapa de Teología, Luis Manuel se enfermaba frecuentemente, yo recuerdo que siempre padeció de úlceras, y constantemente lo internaba en la Clínica Guadalupe. Y aquí viene una anécdota que platicaba Luis Manuel con cierta ironía:

– Un día que estaba platicando con el señor obispo Quezada Limón me dijo: “¿Sabes qué, Luis Manuel? Ya te voy a ordenar sacerdote pues no vaya a ser que te vayas a morir y no alcances a ordenarte”. Yo me sorprendí pero acepté y así el día 15 de septiembre de 1968 recibí mi ordenación sacerdotal en la Catedral de Aguascalientes. Junto con él se ordenaron otros cuatro seminaristas, de los cuales dos de ellos, al paso del tiempo, dejaron su ministerio.

Del Padre Luis Manuel hay mucho que hablar. De este formador de sacerdotes y guía espiritual de cientos de personas, de las cuales conocía sus tristezas y alegrías, hay mil cosas que contar. Y todo su actuar y dedicación fue para el beneficio de su comunidad, guiado siempre por la palabra del Señor. No tengo la menor duda que el Padre Luis Manuel está en una dimensión muy alta, muy cerca del Señor pues toda su vida la dedicó a actuar de acuerdo con el corazón de Cristo.