Luis Muñoz Fernández.

Cuando adviertas que para producir necesitas la autorización de quienes no producen nada; cuando compruebes que el dinero fluye hacia quienes trafican no con bienes sino con favores; cuando percibas que muchos se hacen ricos por el soborno y las influencias más que por el trabajo, y que las leyes no te protegen contra ellos, sino que, por el contrario, son ellos los que están protegidos contra ti; cuando repares que la corrupción es recompensada y la honradez se convierte en un sacrificio personal, entonces podrás afirmar sin temor a equivocarte que tu sociedad está condenada.

Ayn Rand.La rebelión de Atlas,1950.

Aunque es un lugar común decir que las crisis son también momentos de oportunidad, ya no nos podemos dar el lujo de desaprovechar lo que representan los desastres naturales que acaban de producirse en este “Mes de la Patria”. Este es un llamado a despertar las conciencias y a salir de nuestra habitual indiferencia y arraigado fatalismo para levantar la cabeza y exigir lo que nos corresponde. Y lo haremos con una propuesta muy concreta, así que no nos dispersemos ni demos oportunidad a que los de siempre a que se reorganicen para seguir chupándonos la sangre.

Tal vez parezcan crudas las expresiones, pero no se alejan ni un milímetro de la realidad cotidiana de nuestro país. Además, no se comparan con la crudelísima realidad de millones, no de decenas, cientos ni miles, sino de millones de compatriotas que por generaciones y por siglos enteros han vivido y viven en la miseria, atenidos a las limosnas que, para más escarnio, no vienen de los más acomodados, sino de los que están menos amolados que ellos, de una clase media cada vez más acosada y disminuida que muchas veces de buena fe entrega algo de lo que tiene suponiendo que con ello socorre a los más necesitados.

Sí, es verdad que los mexicanos sabemos unirnos ante la desgracia y que damos sobrada muestra de entrega desinteresada y de generosidad ilimitada, pero ha llegado la hora de impedir que hoy, ante las recientes catástrofes, se nos vuelva a ver la cara. Ya no, ya no.

Si leemos con atención el epígrafe, tomado de una novela de una filósofa y escritora norteamericana de origen judío ruso, diríase que es una definición exacta de México. Un país riquísimo, no sólo en lo cultural, sino también en lo material, en el que una oligarquía multifacética, despiadada e insaciable vive a todo trapo a expensas de la pobreza, la falta de oportunidades de superación y la carencia de buenos servicios públicos (como la seguridad, la salud y la educación, por ejemplo) de millones de compatriotas, a los que dejan sin pizca de piedad a merced de las enfermedades prevenibles o los condenan a enfrentar las enfermedades crónico-degenerativas sin los recursos suficientes y en las peores condiciones.

Acuden a mi memoria aquellas conocidas palabras que dicen más o menos así: “si será rico México que, aunque no dejan de saquearlo, sigue produciendo millonarios cada sexenio”. Tremenda desvergüenza y cinismo de quienes se han servido con la cuchara grande mientras que a millones de mexicanos no les alcanza ni para un kilo de frijoles y mucho menos para tratarse con los mejores y más modernos recursos terapéuticos enfermedades tan graves y caras como el cáncer o la insuficiencia renal crónica terminal.

Y ese es México, del que sólo nos cuentan lo bueno –que abunda, lo sabemos– mientras nos ocultan debajo de la alfombra toda esa podredumbre moral que ya no deberíamos estar dispuestos a tolerar. Y miren por dónde, se acaba de presentar una magnífica oportunidad para frenar esta locura. El que sea creyente verá en los desastres naturales la mano providente de Dios que ya se ha cansado de que nos sigan engañando. Y el que no lo sea, que se acoja a su humana indignación.

Nadie puede negarse a ayudar. Debe atenderse lo urgente de inmediato, rescatar a los supervivientes e identificar a los muertos para su disposición final. El problema es la profunda desconfianza que le tenemos a las instituciones oficiales, mismas que, al conmovernos con sus cantos de sirena, nos animan a depositarles dinero ya donarles todo tipo de artículos de primera necesidad para que sean ellas las que se encarguen de entregarlos a quienes viven hoy momentos de angustia, de sufrimiento y de pérdida.

Desde aquel terremoto de 1985, cuando el Gobierno Federal contemplaba estupefacto e inmóvil cómo la gente salía a la calle y se organizaba sobre la marcha para paliar tanta desgracia, son muchos ya los ejemplos del negocio y la rapiña que siempre se hacen con las ayudas que buenamente entregan los mexicanos a expensas de su limitado peculio. Y todavía es peor cuando nos enteramos de que, en varias ocasiones, esos artículos se pudren o perecen en bodegas olvidadas sin haberles dado ningún uso. Crimen de lesa humanidad.

Y ahora viene la propuesta. Dada la situación de emergencia nacional, del tremendo rezago en todos los órdenes de la vida social que hoy coronan los más recientes desastres naturales, se impone una reorganización urgente y radical de la hacienda pública. La propuesta específica es que, desde este momento, se tomen las medidas necesarias para no destinar ni un solo peso a la manutención de los partidos políticos y del Instituto Nacional Electoral y, por supuesto, al financiamiento de las campañas electorales del 2018. Y lo mismo respecto a los sueldos de los altos funcionarios de los tres poderes y de los tres niveles de gobierno: que se reduzcan por lo menos en un cincuenta por ciento. Y que ese dinero se destine a la reconstrucción de las zonas de desastre y al socorro de los damnificados. Hasta nos va a sobrar. Lo primero es lo primero y ya va siendo hora de poner orden en la casa común. Ya en www.change.org circula una iniciativa en este sentido.

Somos un país con más de cincuenta millones de pobres que, paradójicamente, se da el lujo de mantener uno de los sistemas democráticos (es eufemismo) más caros del mundo. Pues eso, más temprano que tarde, se tiene que acabar y destinar ese grueso chorro de dinero a quienes más lo necesitan, especialmente, aunque no exclusivamente, en trances como los que estamos pasando. Mientras que no se termine con la manera tradicional de administrar los recursos públicos (también es eufemismo), nunca habrá suficiente para garantizar la cobertura ininterrumpida de las necesidades más elementales de nuestra población. Otra vez: techo, comida y sustento, es decir, servicios públicos de buena calidad y no esos mendrugos con los que pretenden que nos conformemos.

Ante el clamor de que con unas medidas así el país se paralizaría, no hay que caer en el garlito. Por supuesto que el país puede funcionar sin ese dispendio. Es más, la economía (la real, no la de escritorio) se revitalizaría. No hace falta pasar por las aulas de las prestigiosas universidades de la Ivy League para saber que nuestra administración pública es poco menos que desastrosa y que favorece la acumulación de los bienes en unas pocas manos a expensas de su carencia en la mayor parte de los mexicanos. Aquí no hay secretos y estas matemáticas son muy simples.

No es que ahora enfrentemos una emergencia. La hemos enfrentado durante la mayor parte de nuestra historia, sólo que hoy se ha hecho visible con cada muerte, con cada derrumbe, con cada techo de lámina arrancado por los vientos desatados y con cada desaparecido bajo los escombros o arrastrado por las aguas enfurecidas de los ríos que se han salido de su cauce. Una historia que se repite una y otra vez como una maldición. ¿Que no va a servir de nada y que se volverá a repetir? Seguramente, pero no nos importa. Antes está el deber moral, cívico y, si me apuran, hasta patriótico de levantar la voz. ¿No estamos en septiembre? Pues bien, hoy decimos: ¡ya estamos hartos!

Y ni hablar, a grandes males, grandes remedios.

https://elpatologoinquieto.wordpress.com

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