RODRIGO ÁVALOS ARIZMENDI

La jornada electoral del domingo pasado fue algo increíble. Increíble no para quien haya ido por primera vez a un proceso electoral, pero como si el tiempo estuviera dando vuelta recordaba como hace doce años, por la noche del día de la elección todo era congoja e incertidumbre porque nos fuimos a dormir sin saber quién había ganado de entre Felipe Calderón y Andrés Manuel López Obrador. Esa noche hubo desazón porque el sistema electoral no estaba preparado para saber qué hacer realmente en un resultado tan estrecho como 0.5 por ciento, entonces de ahí surgió todo lo que ya sabemos y quienes vimos eso y después vimos la elección de Enrique Peña, que ya fue un poco más tranquila pero con rispideces de protesta, con eso de las tarjetas de Monex y todo aquel rebumbio que se armó. Pero en esta ocasión suponíamos que el domingo se iban a dar resultados a la hora que los había anunciado la autoridad electoral. Pero no contábamos con que los resultados electorales los dio realmente el grupo que competía por la presidencia. Si las casillas se cerraron a las ocho de la noche, José Antonio Meade terminó con cualquier especulación a las 8 con 11 minutos. A esa hora ya no había espacio para nada y después vinieron en cascada todas las demás declaraciones, unas más atentas que otras, unas más heroicas, unas innecesarias, como las del “Bronco” y luego el mensaje presidencial. ¿Y después qué? Pues la reconciliación. Pero no la reconciliación como un propósito de inicio de gobierno, sino la reconciliación como un terreno sobre el cual se va a dar el cambio de gobierno. Y algo que es sumamente interesante es que así como de manera instantánea y para beneplácito de todo el mundo y para tranquilidad de los mexicanos, los candidatos derrotados aplanaron el piso, pues así de inmediato empezaron las llamadas de los dirigentes políticos del mundo y aquí es en donde uno piensa sobre quién se enteró primero de los resultados, y yo digo desde antes de que hubiera resultados, porque el desfile triunfal del domingo por la noche, rumbo al Hotel Hilton, con patrullas, sirenas y motociclistas, no se arma en cinco minutos. Y no se arma en cinco minutos una concentración de ciento cincuenta o ciento ochenta mil personas en el Zócalo, que no salieron de sus casas corriendo sin saber que había una cita, ni se ponen las barreras metálicas a la mitad de la plaza para que pase el verdadero cortejo de la victoria. Lo que digo es que esta victoria ya estaba absolutamente programada, no porque se hayan truqueado los resultados electorales, sino porque se dijo en cuanto los resultados se den a conocer, porque no pueden ser otros. ¿Por qué? Porque las proyecciones se convirtieron en las realidades porque el trabajo de prospectiva se dio desde hace mucho tiempo. Lo que nunca supo nadie, ni siquiera el propio equipo del hoy triunfador Andrés Manuel López Obrador, fue que iban a pegar un home run con la casa llena pero que en cada almohadilla había tres corredores… ¡se llevaron todo!

A partir del domingo y luego de conocerse los resultados preliminares Andrés Manuel López Obrador está marcando con sus mensajes la agenda nacional. Desde el lunes pasado está saliendo luz del salón de luz allá en San Luis Potosí #48 en la Colonia Roma. Y esto que se puede interpretar como la captura de la agenda nacional que algunos otros podrían interpretar como el surgimiento de un nuevo sol en torno del cual giran todos los planetas ya que indudablemente solamente tiene un tema, un personaje, una idea o un conjunto de ideas centrales sobre las cuales todo mundo opina, analiza, habla, piensa, se congratula, se adhiere y es un fenómeno realmente novedoso porque si bien en los otros gobiernos de alternancias anteriores, el de Vicente Fox y el de Felipe Calderón como una continuación partidaria del primero, y quizás también con la recuperación del Poder por parte del PRI, no había esta especie de comunión generalizada en la cual se desarrolla hoy la palabra del candidato triunfante próximo Presidente electo y próximo Presidente de la República. Hay cosas muy notables en esto que llamo la captura de la agenda nacional, porque lo que hace un mes eran simples proclamas o promesas de campaña calificadas por algunos como ocurrencias, hoy son elementos que constituyen las futuras políticas públicas. Y una política pública es una política obligatoria. Si un señor dice que es una política pública aumentar el gasto social y disminuir el gasto corriente, millones de personas sufrirán los efectos de esa decisión, unos porque recibirán más dinero, otros porque no podrán ascender a las nóminas de una burocracia que se recorta. Por ejemplo, cuando el candidato triunfante, Andrés Manuel, dijo frente a los miembros del Consejo Coordinador Empresarial, con los cuales hizo un pacto de tutorías para jóvenes aprendices y reiteró su proyecto de duplicar las pensiones de los ancianos, dijo:”Esto lo vamos a hacer aunque nos quedemos sin camisa”, y finalmente la oferta del “descamisamiento”, obviamente del gobierno no de la gente, tiene que ver con esa austeridad que él ha proclamado. Por eso la agenda ya no es un conjunto de proyectos, la agenda que hoy todos observamos, el temario de las cosas, la lista de los proyectos nacionales ya es simplemente el anuncio de políticas públicas que no van a tener reversa. Podrá haber reversa en otras cosas, como en el nombramiento de funcionarios, como el caso de Vasconcelos, pero eso ya no es lo más importante, lo importante es la persistencia en el anuncio y la reiteración de las políticas públicas básicas de un gobierno que empezará en diciembre y que empezará con una adhesión mayoritaria del electorado y con una esperanza, diríamos también, mayoritaria de la sociedad. México empezará una nueva fórmula de administración pública. ¿Qué tan exitosa, qué tan difícil ira a ser? ¿Cuántos logros ira a tener? ¿Cuántos fracasos tendrá que enfrentar? ¿Qué va a ocurrir? ¿Si se puede manejar o no se puede manejar así un país? Eso lo vamos a ver y lo vamos a ver todos, porque todos hemos participado en la evolución de este sistema democrático en el que se le entrega el poder a una persona para que haga fundamentalmente las cosas que ofreció que haría si se le entregaba la oportunidad de manejar todo el aparato del gobierno que desarrolla todas las funciones del Estado. Ojalá y cumpla sus promesas.

Pero ahora las preguntas son: ¿Vendrá la reconciliación con AMLO?, ¿Es la hora de las vendettas? ¿Es la hora de cobrar cuentas pendientes? ¿Qué va a pasar con el Partido de Acción Nacional? Son muchas preguntas pero de un gran interés. En lo personal creo que es absolutamente necesaria la reconciliación nacional y que todos están obligados a impulsarla para que se logre en el menor plazo posible, pero siendo muy sincero por supuesto que no creo en la palabra de López Obrador. La mayoría de los electores se cansaron de los magros resultados de nuestra democracia y les quedó un atajo, una vereda, usar de esa democracia para entregar la presidencia de la república a un caudillo, no a un hombre de leyes, no a un hombre de instituciones. Esa es una realidad que habremos de empezar a vivir con el nuevo gobierno. Por supuesto que le deseamos a López Obrador para su gobierno el mejor de los éxitos. No somos mezquinos pero tampoco acabamos de nacer. Vamos a enfrentar tiempos difíciles como los que ahora tenemos o tal vez peores, pero todos estamos obligados a la reconstrucción del tejido social, a la reconciliación nacional que debe de partir de respeto entre disidentes; por supuesto sin claudicaciones ni sometimientos. Debemos estar preparados todos, los que votaron por él y los que no votaron por él a ejercer como ciudadanos una crítica sana y constructiva para apoyarlo, para disentir de él y para exigirle a él y todo su equipo, porque están de por medio los grandes problemas nacionales y debemos de tratar de encontrar, como auténticos ciudadanos las mejores soluciones para la pobreza, la corrupción, la impunidad, la educación, los servicios médicos y todo lo que ya sabemos. Si realmente queremos los mexicanos acabar con la corrupción y con la impunidad hay un esfuerzo impostergable de la mayor trascendencia: Hacer todo lo que esté en nuestras manos para que se limpien los partidos políticos, se fortalezcan y sean útiles y creíbles a la sociedad, empezando por el Partido Acción Nacional y desde luego siguiendo por MORENA; que nadie le diga que MORENA es un partido político, es una agrupación en torno de un caudillo y eso no está en la ley ni en los tratados de teoría política que sea un partido político. Será su problema ojalá y lo resuelvan.

Pero hay otro punto que creo que es todavía de mayor importancia en la reestructuración y fortalecimiento de los partidos: La lucha por evitar la corrupción y la impunidad en las Procuradurías de Justicia de los Estados, en la Procuraduría General de la República y en su próxima fiscalía, así como en el Poder Judicial. Recordemos que la impunidad ha llegado a extremos realmente inadmisibles porque hay fallas enormes en esas instituciones -y no estoy haciendo tabla rasa-, con las Procuradurías, en el Poder Judicial de las entidades y en el Poder Judicial de la Federación hay grandes seres humanos que hacen su tarea con probidad, pero también hay un margen de corrupción en donde queda, se fortalece y florece a sus anchas la impunidad con injusticias verdaderamente atroces. Solo deseo dejar en esta columna esta idea fundamental. Todo está por hacerse para que realmente salgamos adelante independientemente de los avances que ya hemos logrado, pero es importantísimo e imprescindible que pongamos la mirada, la acción y la decisión en el Poder Judicial y en el poder de las procuradurías. Si no logramos superar ese mundo de turbiedades, de maniobras, de abusos y de atropellos, todo lo demás se quedará a medias. Por supuesto que los mexicanos estamos obligados a cumplir como ciudadanos nuestros deberes, pero los gobernantes están obligados a cumplir y a hacer cumplir la ley. Como usted verá, estimado lector, hay muchos retos y todos ellos se reducen a uno: Que cada uno de nosotros trate de ser un mejor ser humano.

 

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