Luis Muñoz Fernández

Pero a finales de enero y principios de febrero de 1918, Miner tenía otras preocupaciones. Se presentó un paciente con lo que parecían síntomas habituales, aunque de una intensidad poco común: un violento dolor de cabeza y del resto del cuerpo, fiebre elevada y tos seca. Luego llegó otro paciente, y otro más. Venían de Satanta, Sublette, Santa Fe, Jean, Copeland, de granjas aisladas.

Miner había visto casos de influenza a menudo. Los diagnosticaba con ese nombre. Pero nunca había visto una influenza como aquella. Era violenta, progresaba rápidamente y podía a ser letal. Esta influenza mataba. Pronto, docenas de pacientes –los más fuertes, los más sanos y los más robustos habitantes del condado– caían enfermos con tanta rapidez como si les hubiesen disparado.

John M. Barry. The great influenza. The epic story of the deadliest plague in history, 2004.

Tras aquella epidemia de influenza del 2009, hoy en México somos más receptivos a la vacunación contra la forma estacional de la enfermedad. Aunque las autoridades sanitarias realizan puntualmente una campaña de vacunación que inicia después del verano, son cada vez más los ciudadanos que, conscientes de los beneficios de esta medida preventiva, acuden por su cuenta a los puestos de vacunación o le piden a sus médicos particulares que los vacunen.

Este 2018 se cumplen 100 años de aquella pandemia de la que me hablaba mi abuelo Luis. Hace muchos años que, conversando conmigo, recordaba cómo en su Galicia natal la “gripe española” (en España se usa la palabra gripe en lugar de gripa) había ocasionado la muerte de muchas personas y que él escapó a la oleada de contagio que en aquel entonces se extendía por toda Europa y luego por el resto del mundo gracias a que había emigrado a Cuba hacia 1916, dos años antes de que la influenza anunciara su presencia en el frente de batalla de la Primera Guerra Mundial.

La pandemia de influenza de 1918 fue una de las más letales de toda la historia de la humanidad, aunque no es tan conocida como otras epidemias históricas. Tal vez la más recordada sea la epidemia de peste negra que asoló Europa en el siglo XIV, sobre todo porque aparece en numerosas obras literarias y películas. Y, en nuestra época, tenemos también muy presente a la epidemia de sida que inició en la década de los ochenta del siglo pasado y que hoy es una enfermedad menos letal gracias a los nuevos tratamientos.

Como nos lo recuerda el periódico El País en una serie de artículos que están apareciendo estos días, tres años después de su inicio en 1918, la influenza había contagiado a 500 millones de personas y, según cálculos conservadores, ocasionó la muerte a 100 millones de seres humanos, más que los muertos ocasionados por las dos guerras mundiales juntas. La influenza de 1918 mató en 24 meses a más enfermos que el sida en 24 años y a más personas en un año que la peste negra en un siglo. De ese tamaño. ¿Por qué entonces es menos recordada?

La periodista científica inglesa Laura Spinney publicó recientemente un libro sobre esta pandemia titulado El jinete pálido. La historia de la epidemia de gripe que transformó el mundo (Crítica, 2018). En él da algunas claves sobre este aparente olvido:

Cuando se pregunta cuál fue el mayor desastre del siglo XX, prácticamente nadie responde que la gripe española. La gente se sorprende al conocer las cifras relacionadas con ella. Algunos se paran a pensar y, tras una pausa, se acuerdan de un tío abuelo que murió a causa de ella, de primos huérfanos a los que perdieron de vista, de una rama de la familia que dejó de existir en 1918. Hay muy pocos cementerios en el mundo que, suponiendo que tengan más de un siglo, no alberguen un grupo de tumbas desde el otoño de 1918, cuando se declaró la segunda oleada de la pandemia, la peor, y los recuerdos de las personas así lo reflejan. Pero no hay ningún cenotafio, ningún monumento en Londres, Moscú o Washington DC. La gripe española se recuerda de un modo personal, no colectivo; no como un desastre histórico, sino como millones de tragedias discretas, privadas.

Desde sus primeras páginas, plantea una forma muy interesante de contar esta historia. No desea hacerlo como un relato lineal. Cita a Terence Ranger, un experto en historia de África, cuando dice que “lo que se necesita es algo más parecido a la manera en que las mujeres del sur de África hablan de un acontecimiento importante para la vida la comunidad. Lo describen y luego trazan círculos a su alrededor, volviendo constantemente a él, ampliándolos e incorporando recuerdos del pasado y pronósticos del futuro:

Puede que haya otra razón para que Ranger propusiera una historia feminizada de la gripe española: fueron en general las mujeres quienes cuidaron de los enfermos. Fueron ellas quienes registraron las imágenes y los sonidos de las habitaciones de los enfermos, quienes amortajaron a los difuntos y acogieron a los huérfanos. Fueron el vínculo entre lo personal y lo colectivo.

La pandemia influyó decisivamente en el final de la Gran Guerra. En la primavera de 1918, al terminar el frente oriental con la firma del Tratado Brest-Litovsk, los alemanes lanzaron una ofensiva en el frente occidental a la que denominaron Kaiserschlacht (batalla de káiser), su última oportunidad de derrotar a los ejércitos de Bélgica, Inglaterra y Francia, a los que estaba a punto de sumarse el ejército de los Estados Unidos. La ofensiva alemana acabó fracasando. Ambos bandos sufrieron numerosas bajas por la influenza. Enfermaron hasta tres cuartas partes de los soldados franceses, más de la mitad de los británicos y 900 mil soldados alemanes.

Pero la segunda de las tres oleadas de aquella pandemia fue la más terrible. Empezó en la segunda quincena de agosto de 1918. Cuando los patólogos realizaban la autopsia de aquellos cadáveres, encontraban los pulmones agrandados, enrojecidos o francamente hemorrágicos, literalmente empapados en un líquido rosáceo y espumoso. Aquellos desafortunados morían ahogados en sus propios fluidos corporales.

Pero los síntomas iban más allá del aparato respiratorio. Algunos enfermos sufrían demencia y se registraron varios casos de suicidio. Otros notaban alteraciones en la audición y, cuando se inflamaban los nervios ópticos, tenían alteraciones visuales como la discromatopsia, una distorsión en la percepción de los colores en la que veían el mundo descolorido, deslucido. Según nos relata Laura Spinney, Katerine Anne Porter, una mujer norteamericana que sobrevivió a la enfermedad, escribió unas memorias a las que tituló Pálido caballo, pálido jinete.

Lo que más asustaba a las personas era la aparición inesperada de los síntomas. En las primeras horas, quienes estaban infectados lucían completamente normales, lo que permitía que contagiasen a aquellos que los rodeaban. Citado también por Spinney, un funcionario sanitario de Bombay, en la India, se refería a aquella enfermedad “como un ladrón en la noche, con una aparición rápida e insidiosa”.

Es importante aclarar que el nombre “gripe española”, que todavía usamos hoy, contiene un malentendido. La pandemia, como su nombre lo indica, afectó a todo el mundo, salvo la Antártida y algunas regiones aisladas del planeta. Pero como ocurrió durante la Primera Guerra Mundial, los países involucrados en ella no divulgaron lo que estaba ocurriendo en sus propios territorios para no alertar al enemigo. Como España se mantuvo neutral durante el conflicto, no tuvo que guardar el secreto, por lo que sus medios de comunicación dieron a conocer abiertamente lo que estaba sucediendo. Eso hizo pensar que la enfermedad se había originado o que se había ensañado particularmente con aquel país.

Esta epidemia, como las que ocurrieron antes y siguieron ocurriendo después hasta el día de hoy, es el precio que tenemos que pagar por lo que llamamos civilización.

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