Cronista del Municipio de Aguascalientes

En aquel tiempo, y por lo menos hasta fines de los años setenta, la empresa de transportes Ómnibus de México mantuvo una oficina de boletos y paquetería en su antigua sede de la Plaza de Armas, que hoy se llama Plaza de la Patria. Era este un edificio que luego fue sede de la delegación de Relaciones Exteriores y después nada, tejabán de las jacarandas.

Para no tener que ir hasta la Central Camionera; hasta allá, se apersonaba uno en esa oficina y pedía un boleto, digamos, para la corrida del lunes a las 0.15hrs. –media noche, pues– a México. Atendía el negocio una señorita de otros tiempos, muy amable ella, menudita, que usaba unos anteojos de aro negro, enormes. Entonces ella llamaba por teléfono a las oficinas de la empresa en la Central Camionera, y preguntaba si había boletos para la corrida solicitada. De allá le contestaban que sí, y luego mostraba al cliente un cartoncito impreso con un croquis del autobús. Elegía uno el asiento y ella preguntaba si estaba libre. Contestaban que sí, y recibían la indicación de bloquearlo, para que no fuera a venderse nuevamente. La señorita colgaba y sacaba su talonario de boletos y sobre lo impreso, en las líneas vacías, escribía los datos básicos: ciudad, hora de salida y asiento.

Hoy en día, por obra y gracia de las computadoras y la Internet, uno puede comprar, desde la comodidad de su hogar, boletos de un tren que lo lleve de, digamos, Burgos a Pamplona, en España, e incluso elegir los asientos que ocupará –en la zona preferente se va más cómodo, además de que le obsequian algunos diarios del día. Pero en aquel tiempo, aquí, había que hacer el circo que acabo de mencionar porque, es obvio decir que entonces no existían las computadoras ni la INTERNET.

En fin. Recupero ahora este tema del cincuentenario de la Central Camionera que, juro por la salud de su político favorito, no abandonaré hasta concluirlo; hasta hacer que usted escuche los aplausos, luego del corte del listón –es un decir.

En entregas anteriores me referí a la decisión de construir esta obra de infraestructura urbana. Luego la discusión pública del asunto se enfocó en la localización de terrenos en donde se levantaría la instalación.

La obra se inauguró en mayo de 1967, y se venía hablando de ella por lo menos desde fines de la década anterior, pero a fines de 1963 no había todavía definición en torno al lugar en que sería edificada, salvo que debía tratarse de una orilla.

El 25 de noviembre de este último año El Sol del Centro publicó una noticia que daba cuenta de la voluntad de un señor de nombre Antonio Lomelín, que había reiterado su ofrecimiento de donar una parte de los terrenos de su propiedad al sur de la ciudad, para que fuera utilizado en la construcción de la instalación transportista.

A decir de este rotativo, la obra debió haberse empezado antes, pero se había estado aplazando porque aún no se contaba con los terrenos adecuados. En este aspecto, lo que se buscaba era la convergencia de dos elementos contradictorios. Por una parte, debía estar situada en un lugar estratégico, no retirado del centro de la ciudad, pero al mismo tiempo se requería que fuera levantada fuera del perímetro urbano, y además contar con vías de acceso, para llegar pronto a las carreteras, y suficiente terreno para sus dependencias.

El diario informaba también que el citado señor Antonio Lomelín había ordenado la elaboración de un croquis para precisar la ubicación del terreno, que incluiría el proyecto de apertura de dos calles, una diagonal a San Marcos y otra que atravesaría la carretera Panamericana, para que los camiones pudieran llegar a la citada vía de comunicación.

Es interesante, o al menos así me lo parece, constatar que una obra de las características de la Central Camionera; de estas dimensiones, ofrece al observador una medida del crecimiento experimentado por la ciudad porque, fíjese bien, si en 1963 se planteaba la edificación de esta obra de infraestructura en las inmediaciones de la Huerta Games, donde hoy es el Parque Hidalgo, y se quería que estuviera en las orillas de la urbe, esto significa que hacia el oriente ese era más o menos el límite de la ciudad, o mejor dicho, la vía del ferrocarril, aunque ciertamente ya para entonces existían los Jardines de la Cruz, que no eran mucho más que un gran terreno urbanizado, con el Seminario Diocesano como isla.

En fin, que de los primeros pasos dados entre 1960 y 1963, se abre un nuevo lapso en que no ocurre gran cosa; por lo menos no que tenga noticia. El 24 de septiembre de ese año el secretario de Comunicaciones y Transportes, que lo era el ingeniero Walter Buchanan, firmó un acuerdo de otorgamiento de una concesión en favor de una empresa de nombre Central de Ómnibus en Aguascalientes, S.A. de C.V., “en formación”, con el objeto de “construir y explotar una terminal central de autotransporte de pasajeros … cuyo uso será obligatorio para todos los transportistas de concesión federal que en sus recorridos incluyan a dicha ciudad”.

Este diario anunció en su edición del 18 de febrero de 1964 que se iniciarían pronto las obras de construcción, para que la obra estuviera lista en un plazo máximo de 180 días, que habían comenzado a correr desde el uno de noviembre del año anterior. Y sin embargo, por razones que escapan a mis pobres luces, no ocurrió nada. Terminó el gobierno del presidente López Mateos y no pasó nada. (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).

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