Carlos Reyes Sahagún
 Cronista del municipio de Aguascalientes

Antes de que surgiera la Central Camionera, inaugurada en mayo de 1967, que concentró a la mayoría de las empresas transportistas que iban y venían por la entidad, las oficinas y terminales de autobuses foráneos estaban dispersas por el centro de la populosa capital. Una de las más importantes, porque comunicaba prácticamente a todo el estado, era la Unión de Permisionarios del Centro, que tuvo su terminal en la calle de Gorostiza, casi esquina con la de Guadalupe.
Era aquel un terregal enorme –por lo menos así me lo parecía desde mi visión infantil- sin más construcción que una garita de entrada. El suelo era tan irregular, que los autobuses entraban rodando como si se tratara de venerables ancianos: lentamente, bamboleándose de un lado a otro, casi a punto de caerse –es un decir-, inmersos en una gran polvareda. De hecho el terreno todavía existe, convertido en estacionamiento al que se accede también por la calle de Guadalupe.
Por cierto que en 1945, en el tercer número de El Sol del Centro -27 de abril- se publicó una nota que anunciaba que el Departamento de Obras Públicas del ayuntamiento capitalino realizaría labores de bacheo en las principales arterias –pero no nocturno-. Y sin embargo este trabajo sería provisional, debido a que se tenía la intención de pavimentar todas las calles de la ciudad. Como fuera, las primeras vías a ser bacheadas serían aquellas por las que transitaba el transporte urbano, “a fin de que estas empresas de transporte mejoren sus medios de comunicación y no aleguen la deficiencia del servicio achacándolo al pésimo estado de las calles”.Como se puede observar, el transporte urbano es un problema de nunca acabar; una enfermedad crónica que nomás nadie puede aliviar.
Debo declarar que tengo una duda… Quizá usted pudiera ayudarme a disipar las tinieblas que nublan mi entendimiento sobre el siguiente aspecto. Más o menos en la misma época también se hablaba de llevar a cabo reparaciones en la ex Cancha Juárez, que funcionaba como terminal de los camiones foráneos, debido a que el piso estaba lleno de hoyancos, ocasionados porque a la hora de lavar los vehículos, las aguas se estancaban en el suelo de tierra.
Quizá esta ex Cancha Juárez no fuera el terreno que recuerdo de la calle Gorostiza, los camiones entrando al lugar, meciéndose como un transatlántico en medio de la tempestad, y en vez de brisa marina, un terregal huracanado. ¿Dónde estaba exactamente esta Cancha Juárez, que era una cancha de baloncesto?
Tengo la impresión de que era la explanada del actual Mercado Juárez; el de la birria, las huaracherías, las jaulas y otras menudencias, pero no estoy plenamente seguro, y si escribo lo primero es porque años más tarde El Sol del Centro publicó una nota, el 11 de octubre de 1956, en la que anunciaba que la antigua cancha y terminal sería transformada en un mercado; supongo que fue entonces cuando la estación de los autobuses pasó a la calle de Gorostiza. ¿Será?
De regreso al tema que me ocupa, y pensándolo bien, quizá el término autobús sea excesivo para aquellos armatostes, que se parecían mucho al transporte actual, esto porque todo el mundo se quejaba de ellos. Fíjese, por ejemplo, en la siguiente nota, de El Sol del Centro del uno de diciembre de 1951. El rosario de lamentos iniciaba con la denuncia del pésimo servicio y la comisión de vejaciones e irregularidades en contra del pasaje, además de cobrar por hacer uso de los sanitarios, pese a que se encontraban en muy malas condiciones. Por otra parte, era común que los autobuses llevaran exceso de pasaje “y aún en esos camiones que asemejan a una verdadera arca de Noé, los sufridos y pacientes pasajeros, los callados, humildes y sensatos labradores y menesterosos, tienen que soportar las jaulas con gallinas, perros, cochinos, y toda clase de animales en una mescolanza que constituye un verdadero fastidio para los pasajeros.” Lo curioso es que el diario no se preguntaba quién metía en los camiones gallinas, perros y cochinos, si no el pasaje, ese mismo que debía soportar todo aquello. Para terminar con el rosario de quebraderos de cabeza, recuerdo haber visto una solicitud a la presidencia municipal, de retirar un puesto de fritangas, que estaba en la entrada, y que obstaculizaba el movimiento de los autobuses.
En fin. También me acuerdo que estos camiones tenían una escalera en la parte trasera, que permitía colocar bultos en una gran parrilla que ocupaba el techo; quizá fuera también espacio para las gallinas, debidamente amarradas por las patas, como formando manojos, así como para que no se movieran, o en jaulas.
Independientemente de lo anterior, la nota da cuenta de la clase de personas que utilizaban estos transportes; gente que venía de los pueblos, de los caseríos del estado y zonas aledañas de Jalisco y Zacatecas, particularmente los domingos; a misa a San Diego, al mercado, a los mesones y a las jarcierías de la calle 5 de Mayo, y a lo mejor hasta ir al Cine Rex; a ver la más reciente película de Pedro Infante, o del Santo contra alguna de las lacras de la época.
En esta calle de 5 de Mayo, entre Larreategui y La Mora, en la acera poniente, estaba la terminal de los Autobuses Estrella Blanca, una bodega oscura, con un andén para recibir varios autobuses, y una omnipresente pestilencia de diesel quemado.
Finalmente, en esta misma avenida, pero fuera del circuito popular del mercado, que abarcaba unas cuantas cuadras del centro de la capital, estaba la terminal de los Transportes Chihuahuenses, que en rigor ni siquiera llegaba a eso. El Hotel Imperial, que estaba donde sigue estando, actuaba de taquilla. Los autobuses con el galgo correlón pintado en los costados llegaban a las puertas de la hospedería, dejaban y recogían pasaje, y seguían su camino; buen viaje. (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a [email protected]).