Carlos Reyes Sahagún / Cronista del municipio de Aguascalientes

Ayer se cumplieron 51 años de la inauguración de la Central Camionera de Aguascalientes, una obra que en su momento enorgulleció a todo el mundo, y que hizo sentir a las élites políticas y económicas que la urbe estaba justamente encaminada hacia el progreso, porque además fue una de las primeras del país, incluso antes que cualquiera de las que se edificaron en la capital del país.

Con este pretexto dedicaré ésta y la próxima entrega para culminar la remembranza de este hecho, del que me ocupé una parte significativa del año anterior y de éste.

Así que corre y se va. Hasta la construcción de la avenida Circunvalación, la misma que hoy lleva el nombre de la Soberana Convención Militar Revolucionaria de Aguascalientes –mediados de los años sesenta del siglo anterior-, todo transporte que fuera de paso hacia el norte o hacia el sur, forzosamente debía atravesar la mancha urbana. Imagínese la escena… Nomás imagínelo, automóviles de turistas de mirada asombrada, ruidosos y humeantes camiones de pasajeros y de carga, tráileres conducidos por hombres de ojos cansados e indiferentes, todos debían cruzar la ciudad por el mero centro. Claro, en aquel tiempo había menos tráfico, por lo que probablemente no resultara tan extraño ver un tráiler virar en general Barragán y Madero rumbo al oriente; rumbo a la plaza, para ahí pasar frente a catedral –persignada obligada- y tomar por José María Chávez, hacia la salida a México. Otra ruta era por 5 de Mayo, hasta la llamada garita de Zacatecas, que estaba en donde hoy se ubica el Jardín Carpio, y de ahí por la avenida Petróleos Mexicanos, a entroncar con Barragán y la salida a Zacatecas. Por cierto que de la avenida Convención hacia el norte, ya era carretera. En rigor ahora el principio de la carretera se ha corrido hasta los antiguos viñedos Ribier; así de tanto ha crecido la urbe en los últimos 50 años. Pero, ¿qué digo carretera? ¡Autopista!, y me quedo corto: ¡Vía del progreso!, ¡acceso al primerísimo mundo! Bla-bla-bla.

A reserva de investigarlo con mayor detenimiento (o sea que no estoy plenamente seguro de lo que voy a escribir a continuación) una ruta alternativa a estas iba por Rayón, daba vuelta en Zaragoza y entroncaba con 5 de Mayo, Petróleos Mexicanos, etc. Lo intuyó porque en alguna ocasión me enteré de las protestas de los habitantes de esta calle, por el maltrato de los pavimentos, a manos –quizá mejor dicho a ruedas– de los grandes transportes, tráileres y camiones torton.

Por cierto que en esta época, digamos que hasta fines de los años setenta, y quizá un poco más para acá, todas estas calles eran de doble sentido, José María Chávez, Zaragoza, Madero. Así que bien podemos imaginar las trifulcas que se armaban, por ejemplo en ese giro tan forzado que se hace en el templo de San Antonio, yendo por Zaragoza.

Esto por una parte; por la otra, hasta la inauguración de la Central Camionera, las oficinas y lugares de salida de los transportes foráneos estuvieron diseminadas principalmente en el centro de la capital. La de Ómnibus de México estaba en el lado poniente de la Plaza de Armas, en un edificio que derribaron para erigir el tejabán de las jacarandas, no sin antes servir como delegación de la Secretaría de Relaciones Exteriores. Por cierto que en esa construcción, un poco al sur, estaba un restaurante que tenía toda la facha de los cafés chinos, las mesas contra las paredes y los asientos encontrados. Se llamaba San Francisco y me parece que lo atendía un señor con ancestros del país oriental; un hombre de nombre Salvador Leetoy.

Vale la pena agregar que Ómnibus de México mantuvo su oficina en ese lugar durante mucho tiempo, por lo menos hasta fines de los años setenta, aunque sólo para la venta de boletos y la paquetería. Me acuerdo haber comprado ahí periódicamente boleto para viajar a México, ciudad en la que concluí mi proceso civilizatorio -estudié en la universidad-. Atendía el negocio una mujer ya mayor pero señorita, de carácter suave, de pelo corto y grandes anteojos de aro negro. Uno pedía el boleto y ella llamaba a la central para que allá también anotaran el boleto vendido, y no cometieran el error de venderlo otra vez. Luego llenaba un papelito impreso, con la ciudad de destino, la hora y el día de salida; así de primitivo era el asunto.

La línea más populosa era la de los Permisionarios del Centro, que vino a menos cuando se inventaron las combis. Como su clientela era principalmente la gente que venía de los pueblos y ranchos, la terminal de esta empresa estuvo mucho tiempo cerca del Mercado Terán, en un baldío tan grande como polvoso, en la calle de Gorostiza. Hoy ese terreno es un gran estacionamiento y tiene salida por Guadalupe. (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a [email protected]).

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