Jesús Eduardo Martín Jáuregui

El 2 de octubre de 1968 volvió a salir el sol. Contra lo que muchos esperaban no se abrió la tierrra (eso sería muchos años después), la inmensa mayoría de la población de la Ciudad de México salió como todos los días a trabajar. Los alumnos de primaria fueron llevados (los mas pequeños) y, por su propio pie los mas grandes, a las escuelas. Las clases no se interrumpieron. No se habían interrumpido en las primarias durante las varias semanas que ya duraba el movimiento estudiantil. El sol salió como siempre, ajeno -siempre lo es- a las tragedias humanas, o casi siempre, porque las mitologías narran episodios en los que, sensible el astro rey a las peticiones, reaccionaba deteniendo su camino, como cuando imperativamente lo exigió Josué para poder despachar al infierno unas centenas más de filisteos, o como cuando Moisés hizo caer la noche de día para castigar al Faraón y de paso a los egipcios de a pie, y a los miles de esclavos que sin tenerla ni deberla experimentaron la ira de Jehová, gestionada por el guía de los israelitas. Ni la mitología persa ni la nórdica son ajenas a uno que otro milagro solar. La azteca también, pero el derramamiento de la sangre de unas decenas de estudiantes ilusos (ilusionados, digo, por la posibilidad de un México democrático y libertario), no era suficiente para motivar a los dioses a ordenar un cataclismo; o quizás el cataclismo tenía que ser producido por los hombres, esos mexicanos mestizos de 1968, provocados por la represión funesta de un neurótico con aires de justiciero, irascible, acomplejado y vengativo, un Tezcatlipoca redivivo, pero salvo el estupor, salvo la ira contenida, salvo la tristeza infinita, salvo el rencor, salvo el desamparo, salvo la desesperanza, no pareció suceder nada mas.

El dos de octubre de 1968 el espacio de la caricatura de Abel Quezada en Excélsior (el de la cooperativa que pocos años más tarde otro Tlatoani irascible habría de destruir para entronizar a un director falaz, traicionero y proclive a la presidencia imperial), fue sólo un espacio negro, luctuoso, con un título que condensaba el pasmo y la impotencia: ¿Por qué?

Antier por allí de las seis de la tarde o como ahora dicen tontamente “tarde-noche”, un puñado, no más de una cincuentena entre adolescentes y jóvenes, mayormente muchachas, desfilaron exiguamente por la calle Madero rumbo a la Plaza de Armas (me niego a llamarla de otra manera), profiriendo consignas libertarias y repitiendo el estribillo consabido: “2 de Octubre: No se olvida”. Presumiblemente la escueta tropilla remataría su valiente pero inconsecuente manifestación con alguna proclama en la Plaza, me dicen que habría tocado un conjunto representativo de lo que se llamaba hace una treintena de años movimiento jaranero, y quizás hubieron valientes discursos, encendidas protestas y emocionadas manifestaciones de profesión de fe en la libertad, que no fueron mas allá del área de la Plaza, o si lo prefieren de su perímetro, que ahora parece dar lo mismo Chana que Juana. Cerró la noche tras otro dos de octubre y ayer, tan campante, tan como si nada, volvió a salir el sol.

Entretanto el domingo pasado en la Plaza de Calvillo dos esbirros del Ayuntamiento impidieron que tres jóvenes (¿peligrosos? ¿exóticos? ¿disolucionadores sociales?), llevaran a cabo su propósito de juntar firmas para pedir al Congreso del Estado que reduzca las pingües dotaciones que los partidos políticos, a través de sus testaferros en las Cámaras se han autoasignado, para cumplir con su finalidad constitucional. Recordemos que son considerados de “interés público” por el texto que solemos llamar pomposamente “carta magna”. Los celosos guardianes de la “paz social” de Calvillo impidieron lo que podría considerarse ¿una provocación?, ¿una asonada?, ¿una incitación a la rebelión?, de tres jóvenes que “sin contar con el permiso correspondiente” pretendían recabar firmas de simpatía para su petición que, no lo duden, llegará al Congreso.

Uno piensa: ¿Desde cuándo se necesita permiso para ejercer las libertades que la Constitución consigna? ¿A quién se le ocurre que para el ejercicio de derechos consagrados en los ordenamientos convencionales suscritos por México, se requiera que un burócrata municipal dé su anuencia? Uno piensa: ¿De qué sirvió la sangre derramada “de los paladines” y de aquel puñado de jóvenes ilusos cuya muerte dizque no se olvida, si no es posible ni siquiera que tres jóvenes ejerciten su derecho de libre tránsito, de reunión, de expresión y aun, de asociación, en la cabecera municipal de un municipio, de uno de los estados que presume de mayor conciencia cívica y mayor nivel educativo?

49 años son muchos, haberlos vivido ha sido gratificante, haber participado en los procesos que han propiciado la alternancia ha sido de gran emoción, haber compartido el crisol de cátedra con cuarenta y tantas generaciones que ha enriquecido y mantenido activas neuronas que de otra suerte se habrían oxidado. En la perspectiva de esos 49 años recordar, por mencionar algo, la estimulante y esperanzadora marcha estudiantil encabezada por el rector Barrios Sierra, la manifestación del silencio, conocer de primera mano la terrible noche de Tlatelolco, marcó sin duda a los que de alguna forma participamos en esa explosión libertaria que terminó implosionando.

El México de 2017 se apresta a rehacerse de una tragedia, ésta, de los elementos, costó muchas vidas, costará muchos esfuerzos y mucho dinero reedificar las construcciones, pero costará mucho más reedificar la fe. La propaganda y la proclamación de la solidaridad y el sacrificio ejemplar de los mexicanos, no ha sido ni será suficiente para ocultar, la impericia, la improvisación, el desconcierto y el desorden en las tareas de rescate, ni el pillaje ni el aprovechamiento político y financiero de las ayudas espontáneas y de las formales han pasado inadvertidas. El signo lamentable de nuestro México es la corrupción y la impunidad, propiciada en el fondo por una tremenda injusticia social, por una inequidad en el reparto de la riqueza, por una desigualdad que profundiza las distancias entre grupos sociales y campeando por encima de esa nata, la carencia de un auténtico, sólido y eficaz estado de derecho.

¡Que se olvide el 2 de octubre! Pero que no se nos olvide luchar todos los días por el derecho, por la equidad, por la justicia hasta que sean una realidad en este nuestro maltratado, devastado, pero esperanzado país.

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