Carlos Reyes Sahagún / Cronista del Municipio de Aguascalientes

2 de octubre de 2018. En la Plaza de la Patria se realiza un Programa Político Cultural, de conmemoración del Movimiento Estudiantil de 1968 y su trágica culminación. Ha llegado ya la manifestación, integrada por unos 200 jóvenes, y la mujer que ha estado agitando la plaza, la maestra “Chuyita”, según me cuenta Juan Manuel Robledo, una mujer mayor, de voz dulce y palabra encendida, presenta a los contingentes participantes que proceden de Cañada Honda, la Asamblea Democrática de la UAA, la Universidad de las Artes, además de “contingentes del pueblo organizado, con luchadores sociales y maestros de base magisterial, con compañeros trabajadores del INEGI. Cada vez que anuncia a un grupo remata con un grito: “¡En pie de luchaaaaa!.

Luego cede el micrófono a un joven, para iniciar un programa político cultural. A su vez, éste entrega el aparato al padre de un joven desaparecido, mientras desde atrás surge el grito: “No están solos, no están solos”, que pronto se generaliza. El hombre se presenta como padre de Sergio de Lara Quezada, desaparecido en agosto de 2011, pero no puede seguir. La voz se le adelgaza, se le quiebra. “Es duro hablar, pero asimismo le pido al gobierno que nos volteé a ver, porque no nada más es mi hijo; somos más”.

Acto seguido intervienen otros jóvenes. Los discursos se suceden; las demandas son las mismas, propias de una democracia mínimamente funcional: que las autoridades hagan su trabajo, encuentren a los ausentes, los presenten con vida, y castiguen a los culpables de las desapariciones forzadas.

En una referencia a los de Ayotzinapa, un “hombre del pueblo”, es decir, un hombre que a las claras se ve que no tiene nada que ver con esto que recordamos, que nomás iba pasando por aquí, se acerca a las muchachas que están sentadas en el suelo y les pregunta agachándose un poco para hacerse oír por encima del equipo de sonido; les pregunta con un tono que en rigor no espera respuesta: ¿A poco creen que están vivos? ¡Fueron a dar a la fosa común!, les dice con un tono ligeramente autoritario y, sigue su camino rumbo a la calle de Juárez. Las muchachas se miran unas a otras, sonríen y vuelven a concentrarse en lo que ocurre en la Exedra, el discurso que se pronuncia.

El incidente con el hombre que no era ni estudiante ni maestro ni político; que era pueblo, me recuerda una reunión de amigos a pocos meses de los hechos de Ayotzinapa. A propósito del destino de los 43 y de la exigencia social de regresarlos vivos, mi amigo Alejandro Velasco Rivas, con ese tono cínico que lo caracteriza, dijo: “Sí, cómo no: de seguro los tienen en el Four Seasons de Acapulco a cuerpo de rey, y al rato los regresan.

El que desentona es el que representante de la Universidad de las Artes, que habla de la defensa de los derechos universitarios. “Por el derecho de poder expresarnos; por el derecho de tener una universidad digna, gratuita, de calidad; una educación pública verdadera; auténtica. Queremos… pues hacerles saber que no estamos conformes con lo que nos están dando; o sea, realmente nuestras autoridades nos están dando muy poco para lo que podrían ofrecernos. Entonces, queremos invitarlos a seguir luchando, y que… no olviden que estamos en la lucha.

La compañera del compañero aspirante a artista complementa al compañero y dice: “Estamos pidiendo lo justo ¿no?, entonces… no hay que… sentirnos… vergüenza, o algo así, por estar aquí, sino orgullosos de que estamos pidiendo lo que nos es justo, y que los alumnos de la matanza de Tlatelolco también lo hicieron, y también los 63… No: 43, perdón, estuvieron ahí, pidiendo lo que se les es justo y nosotros también queremos eso para nosotros. Gracias.

El conductor de este programa político cultural introduce al profesor… Me reservo el nombre por aquello de los “compas” de Gobernación. El profesor inicia con la proclama de las consignas del tiempo actual, que son como jaculatorias profanas, debidamente contestadas por el respetable. “Compañeros caídos en la lucha… Hasta la victoria siempre. Porque el color de la sangre, jamás se olvida… Los masacrados serán vengados. Por nuestros caídos juramos vencer. El pueblo unido, jamás será vencido”, etc.

Y sigue: “No solamente debemos honrar a nuestros muertos de la masacre del dos de octubre. En toda nuestra larga historia tenemos cientos de masacres cometidas por el poder y por el Estado en contra de los luchadores sociales, desde aquella matanza en el templo mayor, aquella matanza de indios a manos de los españoles encabezados por Pedro de Alvarado. Tenemos matanzas; tenemos masacres a nuestro pueblo, después del dos de octubre de 1968…

Debemos hoy aquí, refrendar nuestro compromiso de seguir en la lucha en la que ellos fueron quedando, hasta lograr libertad, justicia y democracia. Por eso, porque somos las autodefensas artísticas de Aguaskatlán vamos a decirlo en poema.

Y comienza la remembranza con la matanza del Templo Mayor de Tlatelolco, es decir, recorre la historia de México desde aquel asesinato masivo perpetrado por Pedro de Alvarado y cómplices en el templo mayor de Tenochtitlan, hasta los hechos de Tlatelolco…

“¡Preeeparen!”El relato es estrujante, y el tono inmejorable. “¡Apuuunten!”. El clamor del profesor se extiende por la plaza, rebota contra la fachada de Catedral; contra las torres, y regresa: “¡Fuego!”, y en la pausa; en el silencio que propicia el estupor de la escenificación y las imágenes que evoca, se escuchan unos cohetes. ¡Lo juro por la salud de su político favorito! ¡Lo juro! Pero no hay nada por qué preocuparse: son las llamadas a misa en el templo de San Diego, que está de fiesta por san Francisco de Asís. (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a [email protected]).