Carlos Reyes Sahagún / Cronista del municipio de Aguascalientes

2 de octubre de 2018. En la Plaza de la Patria se realiza un Programa Político Cultural, de conmemoración del movimiento estudiantil de 1968 y su trágica culminación. Luego de los discursos se realiza un performance a cargo de estudiantes de artes escénicas de la UAA. Los jóvenes corren de un lado a otro, se tiran al suelo, se estremecen, se ponen de pie, y entre tanto gritan fragmentos de la pieza “Nada pasó”, de Panteón Rococó: “Pobre de él, pobre de ella… Ahora viven en una estrella. México se ha manchado de sangre para quedar bien ante las cámaras de los Juegos Olímpicos.” ¡Ah, sí cierto! Ese año también fueron los juegos olímpicos. Enriqueta Basilio, Felipe El tibio Muñoz, el sargento Pedraza, los atletas negros con el puño en alto, protestando por la discriminación, que cayeron mal, y desde luego la gimnasta checa, Věra Čáslavská, “La novia de México”, que cayó bien porque era católica y se casó en la catedral de México…

“¡Quiero ver a mi madre! ¡Fueron llevados al Colegio Militar No. 1! (Sic) ¡Han muerto mil estudiantes! ¡Somos estudiantes, no criminales!”Y siguen los gritos, las carreras, confundidos con otra rola de los Rococó: “Pequeño tratado de un adiós”, a la que se suman los cohetes en el templo de San Diego, que no hacen sino incrementar el dramatismo al performance.

Ahora son las campanas de catedral las que suenan, llamando ¿a misa, al rosario?, y toca turno al grupo artístico independiente de “Autodefensas artísticas de Aguaskatlán”, pero quien habla no canta ni baila ni declama algún poema. Por el contrario, señala que “como autodefensas artísticas de Aguaskatlán, exigimos: alto al modelo malinchista de consumo, importación y arrendamiento cultural. Nos pronunciamos a favor de la producción cultural artística viva, y también la de la mejora de las condiciones para la producción artística de calidad, porque sabemos que tenemos la capacidad y las competencias para hacerlo, pero las condiciones nos son desfavorables. Por ese motivo nos reunimos todos los lunes y los invitamos, si quieren sumarse a la iniciativa”.

Son las 19 h. y el maestro de ceremonias anuncia el fin del evento, no sin agradecer la presencia del respetable. Ya por su cuenta, los presentes comienzan a contar: uno, dos, tres… hasta 43. “¡Justicia, justicia, justicia!”

Uno puede sentirse harto de estas cosas, de estas manifestaciones y/o rollos anacrónicos, setenteros, que no llevan a nada; que en el mejor de los casos obtienen un encogimiento de hombros en la mayoría de la población, y en particular en quienes tendrían que decir algo. Eso ganarían, si no es que la insolente indiferencia, pero señora, señor: ¿qué pasaría si el golpeado, o desaparecido, el muerto, fuera su hermano, su tío, su primo, su pareja, su hijo, su nieto, su amigo? ¿Qué pasaría? ¿Seguiría sintiéndose fastidiado?

La visión de la escena, estos jóvenes vestidos de negro, sus mantas pintadas con leyendas combativas, los puños en alto –el izquierdo, por favor– la música, y hasta la indiferencia de quienes pasan de largo, me recuerdan que como país traemos atoradas un montón de cosas; asuntos que no se han resuelto y que no han terminado por acomodarse en el alma colectiva; cosas que no han dejado de doler. ¿Por qué seguir recordando aquellos hechos 50 años después? ¿Por qué insistir con la misma cantaleta? Pues porque prácticamente no ha pasado nada y los culpables no han recibido su castigo. Peor aún: esta impunidad abre la puerta a que sigan ocurriendo esta clase de atentados. La lista es larga: Tlatelolco, 10 de junio, Aguas Blancas, Acteal, Ayotzinapa, Tlatlaya, y entonces, así como el 19 de septiembre se convirtió en el Día de la Protección Civil, en memoria de los muertos y la destrucción que causó el terremoto de ese día de 1985, así también el 2 de octubre debería transformarse en el Día de la Lucha contra la violencia del Estado y la impunidad.

Claro que a río revuelto ganancia de pescadores, y de seguro no faltarán aquí quienes aprovechan el viaje para exigir que se las pongan fácil; cualquier cosa, la vida, el estudio, el trabajo; todo fácil, mister nini, porque también, estar en este lado de la historia es una moda; como si de entrada se tuviera un compromiso con la justicia, la democracia y las mejores causas posibles, y por eso pago por ver. Capaz que no faltan quienes cruzan los dedos para que nada de esto se resuelva, porque si no, ¿de qué van a protestar?

Juro por la salud de su político favorito, en verdad lo juro, que estoy de acuerdo con todas las demandas, contra la impune desaparición forzada de personas, en favor del Estado de derecho, etc.; lo juro pero, perdón, tengo mis dudas en torno a la efectividad práctica, concreta, de esta forma de protestar. “El pueblo unido, jamás será vencido”, clamó el profesor teatrista. Pero, ¿de qué pueblo habla? ¿Del que abarrota los centros comerciales de moda; del que se las ingenia para evadir el cumplimiento de las leyes; de la de tránsito a la de Dios; del que se va de compras a los Estados Unidos; del que llena los templos los domingos y fiestas de guardar? ¿A cuál se refiere? ¿Cuál es ese pueblo que unido jamás será vencido? ¿Cuándo?

En fin. “Toca la marcha, mi pecho llora, adiós señora, yo ya me voy”… De seguro a esta hora el viejito Echeverría, acorazado por la impunidad, ya tomó su lechita. A mi casita de Sololoy, a comer dulces y no les doy. Luis Echeverría, prueba viviente de que no hay justicia, ya se va a dormir.

“Dos de octubre no se olvida” pasa al olvido, hasta el próximo año, y colorín colorado, esta protesta se ha acabado… (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a [email protected]).